Maes, seamos honestos: todo el mundo habla de Inteligencia Artificial como si fuera la segunda venida de Cristo o el apocalipsis zombi, no hay punto medio. Que si nos va a quitar el brete, que si ahora todo se va a hacer solo... Diay, la cosa es que un montón de gente ya la está usando para lo que sea, desde escribir correos hasta hacer memes. Pero una cosa es usarla de pasatiempo y otra, muy distinta, es que de verdad cambie para bien cómo funciona una empresa. Y ahí es donde la mayoría se está quedando botada.
Me topé con un artículo de la Revista Summa que cita un informe de McKinsey, y la vara es clarísima: de nada sirve darle a todo el mundo acceso a ChatGPT si no hay un plan detrás. Es como comprarle un dron profesional a alguien que no sabe ni volar una cometa. El informe dice que dos tercios de los empleados en el mundo ya le entran a la IA generativa, pero las empresas no ven el retorno. ¿Por qué? Porque piensan que la tecnología es el fin, cuando en realidad es apenas la herramienta. El verdadero despiche está en la gestión del cambio, en enseñarle a la gente a pensar diferente y a ver este chunche no como una amenaza, sino como el compa más carga que han tenido en la oficina.
McKinsey propone cinco pasos que, traducidos al tico, suenan a puro sentido común, pero que al parecer a muchos se les olvida. Lo primero es dejar de medir tonteras. ¿A quién le importa cuántas veces al día un empleado usa la IA? Lo que importa es si el brete sale mejor, más rápido y con menos estrés. Hay que poner metas que inspiren, no que controlen. Y para eso, los jefes tienen que dejar el miedo, entender la tecnología y guiar a la gente. Lo segundo es clave: la confianza. Si la IA se pone a batear y a dar datos falsos, nadie la va a usar. Las empresas tienen que alimentarla con su propia información, curarla y asegurarse de que las respuestas sean de calidad. Sin datos buenos y políticas claras, esa inversión se va al traste.
Luego viene el cambio de verdad: repensar cómo hacemos las cosas. La IA no es para hacer lo mismo de siempre, pero más rápido. Es para descubrir formas completamente nuevas de trabajar. Esto implica capacitar a la gente, y no con un cursito de dos horas. Se necesita entrenamiento real, integrado en el día a día, hasta que usar la IA sea tan natural como abrir Excel. Con esto, claro, la estructura de la empresa tiene que moverse. Algunos puestos se automatizarán más, mientras que otras áreas tendrán equipos humanos con esteroides de IA, gente que se vuelve más carga para resolver broncas complejas. El toque humano, especialmente de cara al cliente, sigue siendo irreemplazable, pero ahora con superpoderes.
Y el último punto es el que define el éxito o el fracaso: involucrar a la gente. Si la decisión de cómo usar la IA la toma un grupito cerrado de tres maes en una oficina, están destinados a jalarse una torta. McKinsey dice que las empresas que meten a un buen porcentaje de su planilla en el proceso de cambio duplican sus chances de éxito. Hay que convertir a los empleados en los principales embajadores de la vara, que ellos mismos experimenten, propongan y encuentren el valor. Al final del día, la transformación no es tecnológica, es cultural. Si se hace bien, ¡qué nivel de potencial se libera! Pero si se maneja a la carrera y sin estrategia, solo será el juguete caro de moda.
Y ahora, la pregunta para el foro: En sus bretes, ¿ya están usando IA de forma oficial o todo el mundo lo hace por debajo de la mesa? ¿Sienten que la ven como una herramienta para mejorar o más bien como una excusa para futuros recortes?
Me topé con un artículo de la Revista Summa que cita un informe de McKinsey, y la vara es clarísima: de nada sirve darle a todo el mundo acceso a ChatGPT si no hay un plan detrás. Es como comprarle un dron profesional a alguien que no sabe ni volar una cometa. El informe dice que dos tercios de los empleados en el mundo ya le entran a la IA generativa, pero las empresas no ven el retorno. ¿Por qué? Porque piensan que la tecnología es el fin, cuando en realidad es apenas la herramienta. El verdadero despiche está en la gestión del cambio, en enseñarle a la gente a pensar diferente y a ver este chunche no como una amenaza, sino como el compa más carga que han tenido en la oficina.
McKinsey propone cinco pasos que, traducidos al tico, suenan a puro sentido común, pero que al parecer a muchos se les olvida. Lo primero es dejar de medir tonteras. ¿A quién le importa cuántas veces al día un empleado usa la IA? Lo que importa es si el brete sale mejor, más rápido y con menos estrés. Hay que poner metas que inspiren, no que controlen. Y para eso, los jefes tienen que dejar el miedo, entender la tecnología y guiar a la gente. Lo segundo es clave: la confianza. Si la IA se pone a batear y a dar datos falsos, nadie la va a usar. Las empresas tienen que alimentarla con su propia información, curarla y asegurarse de que las respuestas sean de calidad. Sin datos buenos y políticas claras, esa inversión se va al traste.
Luego viene el cambio de verdad: repensar cómo hacemos las cosas. La IA no es para hacer lo mismo de siempre, pero más rápido. Es para descubrir formas completamente nuevas de trabajar. Esto implica capacitar a la gente, y no con un cursito de dos horas. Se necesita entrenamiento real, integrado en el día a día, hasta que usar la IA sea tan natural como abrir Excel. Con esto, claro, la estructura de la empresa tiene que moverse. Algunos puestos se automatizarán más, mientras que otras áreas tendrán equipos humanos con esteroides de IA, gente que se vuelve más carga para resolver broncas complejas. El toque humano, especialmente de cara al cliente, sigue siendo irreemplazable, pero ahora con superpoderes.
Y el último punto es el que define el éxito o el fracaso: involucrar a la gente. Si la decisión de cómo usar la IA la toma un grupito cerrado de tres maes en una oficina, están destinados a jalarse una torta. McKinsey dice que las empresas que meten a un buen porcentaje de su planilla en el proceso de cambio duplican sus chances de éxito. Hay que convertir a los empleados en los principales embajadores de la vara, que ellos mismos experimenten, propongan y encuentren el valor. Al final del día, la transformación no es tecnológica, es cultural. Si se hace bien, ¡qué nivel de potencial se libera! Pero si se maneja a la carrera y sin estrategia, solo será el juguete caro de moda.
Y ahora, la pregunta para el foro: En sus bretes, ¿ya están usando IA de forma oficial o todo el mundo lo hace por debajo de la mesa? ¿Sienten que la ven como una herramienta para mejorar o más bien como una excusa para futuros recortes?