¡Ay, pata negra! Resulta que andamos viendo cosas más extrañas que un catracho en la Central de Abastecimiento. Olvídate de los problemas del tráfico en Escazú o la inflación galopante, porque hay un pueblito en África donde vivir encajetado es la norma, y eso pese a que tienen una isla entera prácticamente vacía justo al lado. Les presento a Migingo, una isla diminuta en el Lago Victoria, donde cuatrocientas personas se aprietan en dos mil metros cuadrados... ¡Imagínate la bronca en hora pico!
Esta cosita de tierra, ubicada en África Oriental, es más chica que un campo de fútbol, pero tiene una densidad de población que dejaría boquiabierto hasta al alcalde de San José. Entre muelles, puestos de pescado y casitas improvisadas con lámina, moverse por ahí es como jugar a Pac-Man, buscando un hueco para respirar. Y ni hablar de las facilidades: carencia total de servicios básicos, hacinamiento extremo… ¡Un verdadero brete!
Pero lo más loco de todo no es la precariedad, sino la razón por la que estos señores y señoras se niegan a mudarse a Ugingo, una isla vecina mucho más grande y habitable. ¿Se imaginan? Una oportunidad dorada para tener un poquito más de aire fresco y espacio, y le dan la espalda. Parece mentira, ¿verdad?
La explicación, mis queridos foreros, es simple pero a la vez surrealista: Ugingo está supuestamente embrujada. Sí, así como lo escucharon. Existe una creencia ancestral de que esa isla está habitada por un espíritu maligno, y eso ha bastado para mantener a los habitantes de Migingo aferrados a su vida apretadísima, aunque les cueste dormir o respirar. ¡Qué sal! Parece sacado de película de terror.
Pero no todo es sufrimiento y supersticiones en Migingo. La economía de la isla gira en torno a la pesca de la perca del Nilo, una invasora que llegó al lago Victoria hace décadas y ahora es su principal fuente de ingresos. Los hombres se lanzan al lago desde temprano, mientras que las mujeres mantienen los negocios funcionando: tiendas, fondas, peluquerías… ¡Todo cabe ahí dentro! Se las arreglan con una organización impresionante, vendiendo pescado fresco y ofreciendo servicios básicos en un espacio limitado.
Y para colmo de males, Migingo está envuelta en una disputa territorial entre Kenia y Uganda, ambos países reclamando la soberanía sobre la isla y sus aguas circundantes. Aunque actualmente está bajo control keniano, la tensión sigue latente. Muchos de sus habitantes ni siquiera se identifican plenamente con ninguna nación, considerando que son una comunidad autónoma, luchando por sobrevivir en medio de un mar de incertidumbre geopolítica. Es un chunche complejo, vaya.
Este pequeño pedazo de tierra nos recuerda, a los ticos que estamos acostumbrados a nuestras comodidades, que la adaptación humana puede llevarse a límites inimaginables. Es una muestra de cómo la necesidad económica, las creencias arraigadas y las disputas políticas pueden converger en un espacio tan reducido. Nos enseña que la densidad no siempre significa edificios altos, sino la capacidad de reinventarse y resistir, incluso en los lugares más hostiles del planeta. ¿Será que nosotros, con nuestros problemas cotidianos, hemos perdido de vista la resiliencia de estas gentes?
Después de escuchar esta historia, me pregunto: ¿hasta dónde estaríamos dispuestos a sacrificar nuestra comodidad y bienestar por defender nuestras tradiciones y creencias? ¿Creemos realmente que algunas historias, incluso aquellas que parecen irracionales, merecen ser preservadas, o deberíamos priorizar siempre la búsqueda de soluciones prácticas y lógicas, aun si eso significa abandonar nuestro pasado?
Esta cosita de tierra, ubicada en África Oriental, es más chica que un campo de fútbol, pero tiene una densidad de población que dejaría boquiabierto hasta al alcalde de San José. Entre muelles, puestos de pescado y casitas improvisadas con lámina, moverse por ahí es como jugar a Pac-Man, buscando un hueco para respirar. Y ni hablar de las facilidades: carencia total de servicios básicos, hacinamiento extremo… ¡Un verdadero brete!
Pero lo más loco de todo no es la precariedad, sino la razón por la que estos señores y señoras se niegan a mudarse a Ugingo, una isla vecina mucho más grande y habitable. ¿Se imaginan? Una oportunidad dorada para tener un poquito más de aire fresco y espacio, y le dan la espalda. Parece mentira, ¿verdad?
La explicación, mis queridos foreros, es simple pero a la vez surrealista: Ugingo está supuestamente embrujada. Sí, así como lo escucharon. Existe una creencia ancestral de que esa isla está habitada por un espíritu maligno, y eso ha bastado para mantener a los habitantes de Migingo aferrados a su vida apretadísima, aunque les cueste dormir o respirar. ¡Qué sal! Parece sacado de película de terror.
Pero no todo es sufrimiento y supersticiones en Migingo. La economía de la isla gira en torno a la pesca de la perca del Nilo, una invasora que llegó al lago Victoria hace décadas y ahora es su principal fuente de ingresos. Los hombres se lanzan al lago desde temprano, mientras que las mujeres mantienen los negocios funcionando: tiendas, fondas, peluquerías… ¡Todo cabe ahí dentro! Se las arreglan con una organización impresionante, vendiendo pescado fresco y ofreciendo servicios básicos en un espacio limitado.
Y para colmo de males, Migingo está envuelta en una disputa territorial entre Kenia y Uganda, ambos países reclamando la soberanía sobre la isla y sus aguas circundantes. Aunque actualmente está bajo control keniano, la tensión sigue latente. Muchos de sus habitantes ni siquiera se identifican plenamente con ninguna nación, considerando que son una comunidad autónoma, luchando por sobrevivir en medio de un mar de incertidumbre geopolítica. Es un chunche complejo, vaya.
Este pequeño pedazo de tierra nos recuerda, a los ticos que estamos acostumbrados a nuestras comodidades, que la adaptación humana puede llevarse a límites inimaginables. Es una muestra de cómo la necesidad económica, las creencias arraigadas y las disputas políticas pueden converger en un espacio tan reducido. Nos enseña que la densidad no siempre significa edificios altos, sino la capacidad de reinventarse y resistir, incluso en los lugares más hostiles del planeta. ¿Será que nosotros, con nuestros problemas cotidianos, hemos perdido de vista la resiliencia de estas gentes?
Después de escuchar esta historia, me pregunto: ¿hasta dónde estaríamos dispuestos a sacrificar nuestra comodidad y bienestar por defender nuestras tradiciones y creencias? ¿Creemos realmente que algunas historias, incluso aquellas que parecen irracionales, merecen ser preservadas, o deberíamos priorizar siempre la búsqueda de soluciones prácticas y lógicas, aun si eso significa abandonar nuestro pasado?