Gente, pónganle atención a esta vara porque es en serio. Acaba de salir el Décimo Informe Estado de la Educación y, para no andar con rodeos, es la crónica de un desastre anunciado. Olvídense de la inflación, de las presas o del precio del aguacate por un segundo; lo que está pasando con la educación pública es, sin exagerar, el problema más grave que tiene este país ahora mismo. Es un despiche de proporciones épicas, y lo peor es que parece que a muchos se les está olvidando la magnitud del hueco en el que estamos.
Los datos no mienten y son para sentarse a llorar. En las pruebas PISA, que miden cómo andamos en mate, ciencias y lectura, estamos raspando la olla. De 81 países, quedamos en el puesto 60. Pero el dato que de verdad me voló la cabeza es este: tenemos chiquillos de 15 años, maes que ya casi pueden sacar la licencia, con un nivel de aprendizaje de un güila de tercero o cuarto de escuela. ¡Tercer grado! O sea, están terminando el cole sin saber leer un texto complejo o hacer un cálculo básico. Y diay, ¿cómo esperamos que consigan un buen brete o vayan a la U así? Mientras tanto, la inversión en educación está en su punto más bajo en 40 años. Le quitamos plata al único motor que de verdad saca a la gente adelante.
Y aquí es donde la cosa se pone color de hormiga. Esto no es un accidente ni mala suerte, es el resultado de años de malas decisiones y de una gestión que deja todo que desear. El informe mismo denuncia que la actual ministra de Educación, en lugar de facilitar la información, se dedicó a poner trabas y a jugar al escondido. O sea, no solo hay incompetencia, sino una hostilidad directa hacia la transparencia. Quienes han estado a cargo del MEP en los últimos años se han jalado una torta monumental, una que le va a costar el futuro a miles de jóvenes. Como dijo un investigador, el peligro es que estamos "normalizando" la crisis. Ya nos parece normal que los colegios no tengan internet, que los profes estén desmotivados y que los estudiantes no aprendan nada.
Las consecuencias de este desastre van mucho más allá de una mala nota. Esto dinamita la promesa de movilidad social que siempre ha vendido Costa Rica. La idea de que "el que estudia, sale adelante" se está volviendo un cuento de hadas. La brecha entre el que puede pagar una educación privada de lujo y el que depende del sistema público se está haciendo gigantesca. Los que se joden, como siempre, son los de las zonas rurales, las comunidades indígenas y los barrios de bajos recursos; los que no tienen una compu de última generación ni Internet de fibra óptica en la choza. Estamos creando, a propósito, un país más desigual y con menos oportunidades para la mayoría.
Los expertos son claros: arreglar este despiche nos va a tomar, con suerte, unos 15 años. ¡Quince! Es toda una generación. Cada día que nuestros políticos pasan peleándose por tonteras en la Asamblea o tirándose culpas en conferencias de prensa, es un día más que le robamos a los güilas de este país. Esto no se soluciona con un discursito bonito ni con promesas vacías para las próximas elecciones. Requiere un plan nacional, una inversión masiva y, sobre todo, voluntad política para declarar la educación como la emergencia nacional que realmente es. Si no lo hacemos ya, el futuro que nos espera va a ser bastante más oscuro y desigual que el país que nos contaron nuestros abuelos.
En fin, maes, la vara está muy complicada. Más allá de quejarnos aquí, ¿ustedes qué piensan? ¿Tiene arreglo esto o ya estamos salados?
Los datos no mienten y son para sentarse a llorar. En las pruebas PISA, que miden cómo andamos en mate, ciencias y lectura, estamos raspando la olla. De 81 países, quedamos en el puesto 60. Pero el dato que de verdad me voló la cabeza es este: tenemos chiquillos de 15 años, maes que ya casi pueden sacar la licencia, con un nivel de aprendizaje de un güila de tercero o cuarto de escuela. ¡Tercer grado! O sea, están terminando el cole sin saber leer un texto complejo o hacer un cálculo básico. Y diay, ¿cómo esperamos que consigan un buen brete o vayan a la U así? Mientras tanto, la inversión en educación está en su punto más bajo en 40 años. Le quitamos plata al único motor que de verdad saca a la gente adelante.
Y aquí es donde la cosa se pone color de hormiga. Esto no es un accidente ni mala suerte, es el resultado de años de malas decisiones y de una gestión que deja todo que desear. El informe mismo denuncia que la actual ministra de Educación, en lugar de facilitar la información, se dedicó a poner trabas y a jugar al escondido. O sea, no solo hay incompetencia, sino una hostilidad directa hacia la transparencia. Quienes han estado a cargo del MEP en los últimos años se han jalado una torta monumental, una que le va a costar el futuro a miles de jóvenes. Como dijo un investigador, el peligro es que estamos "normalizando" la crisis. Ya nos parece normal que los colegios no tengan internet, que los profes estén desmotivados y que los estudiantes no aprendan nada.
Las consecuencias de este desastre van mucho más allá de una mala nota. Esto dinamita la promesa de movilidad social que siempre ha vendido Costa Rica. La idea de que "el que estudia, sale adelante" se está volviendo un cuento de hadas. La brecha entre el que puede pagar una educación privada de lujo y el que depende del sistema público se está haciendo gigantesca. Los que se joden, como siempre, son los de las zonas rurales, las comunidades indígenas y los barrios de bajos recursos; los que no tienen una compu de última generación ni Internet de fibra óptica en la choza. Estamos creando, a propósito, un país más desigual y con menos oportunidades para la mayoría.
Los expertos son claros: arreglar este despiche nos va a tomar, con suerte, unos 15 años. ¡Quince! Es toda una generación. Cada día que nuestros políticos pasan peleándose por tonteras en la Asamblea o tirándose culpas en conferencias de prensa, es un día más que le robamos a los güilas de este país. Esto no se soluciona con un discursito bonito ni con promesas vacías para las próximas elecciones. Requiere un plan nacional, una inversión masiva y, sobre todo, voluntad política para declarar la educación como la emergencia nacional que realmente es. Si no lo hacemos ya, el futuro que nos espera va a ser bastante más oscuro y desigual que el país que nos contaron nuestros abuelos.
En fin, maes, la vara está muy complicada. Más allá de quejarnos aquí, ¿ustedes qué piensan? ¿Tiene arreglo esto o ya estamos salados?