Ay, mae, qué vara pesada tocar este tema, pero hay que hacerlo. Últimamente he visto corazones bien encogidos por allá por el país, gente arrastrando una pena que no se va. Se trata del duelo, específicamente el duelo tras perder a los papás, esos que nos vieron crecer y nos dieron la primera cucharada de arroz con leche. No es fácil, ¡para nada!
Como bien decía esa doctora Ana Yendry Morales, no es cuento de color. Perder a papá y mamá es como si te arrancaran un pedazo de alma, un huesito fundamental. No hablamos solamente del amor que sentíamos, sino de toda la construcción que hicimos alrededor de ellos: nuestra identidad, nuestros recuerdos, la seguridad de saber que ahí estaban, aunque nos estuviéramos peleando por el control remoto. Esa certeza se evapora de repente, y uno se queda flotando, buscando dónde agarrarse.
Y aquí viene el rollo, porque el duelo no es lineal, diay. No es que lloras unos días, te pones las pilas y sigues pa' lante. A veces, la pena se mete en los huesos, te acompaña como una sombra pegajosa, te roba la alegría y te hace ver el mundo gris. Hay quien se aferra al pasado, reviviendo momentos, repasando conversaciones, tratando de encontrar consuelo en lo que ya no volverá. Otros, se sienten culpables por cosas que dijeron o no dijeron, por acciones que hicieron o dejaron de hacer.
Lo peor es cuando la gente piensa que “ya debería haberlo superado”. ¡Pero cómo superar eso, mae! Es como decirle a alguien que olvide que nació. Esta presión social, este “deber” de estar bien, muchas veces impide que la persona pueda vivir el duelo plenamente, procesar sus emociones y sanar. Entonces, la pena se enquista, se vuelve crónica, y afecta todos los aspectos de la vida: el trabajo, las relaciones, la salud… hasta el gusto por un buen plato de gallo pinto.
Muchos se preguntan: ¿es malo seguir viviendo? ¡Por supuesto que no! Pero tampoco es correcto pretender actuar como si nada hubiera pasado. Elaborar el duelo no significa olvidar, ni negar el dolor, sino integrarlo a la propia historia, aprender a convivir con la ausencia y honrar la memoria de quienes amamos. Es un proceso lento, doloroso, pero absolutamente necesario para poder recuperar la paz interior y reencontrarnos con la vida.
Ahora, algunos pueden pensar que esto es cosa de ir al psicólogo, y que nadie necesita que le “metan mano” en esas cosas tan personales. ¡Pues sí, mae, y con razón! La terapia, en estos casos, puede ser un verdadero salvavidas. Ofrece un espacio seguro, confidencial, donde puedes desahogar tus penas, explorar tus emociones, entender tus patrones de pensamiento y desarrollar estrategias para afrontar el duelo de manera saludable. Allí no te juzgan, no te dan sermones, simplemente te escuchan y te ayudan a encontrar tu propio camino.
La Dra. Morales dice que es importante resignificar la relación con los padres fallecidos, buscarle sentido a su partida, recordar lo bueno, perdonar cualquier resentimiento pendiente, y construir un legado que perdure en el tiempo. Es darle continuidad a su esencia, manteniendo viva su llama en nuestro corazón. Y ahí entra la familia, los amigos, aquellos que comparten los mismos recuerdos y que pueden ofrecer apoyo incondicional en estos momentos difíciles. Porque el duelo no se vive solo, diay, es un viaje compartido.
Así que, vamos a reflexionar juntos sobre esto, compas. ¿Ustedes han experimentado alguna vez la pérdida de sus padres? ¿Cómo vivieron ese proceso de duelo? ¿Qué consejos les darían a aquellos que están atravesando este difícil momento? Compartan sus experiencias y pensamientos en el foro; quizás, al compartir nuestras historias, podamos aliviar un poco el peso de la pena y recordarle a otros que nunca están solos en este brete.
Como bien decía esa doctora Ana Yendry Morales, no es cuento de color. Perder a papá y mamá es como si te arrancaran un pedazo de alma, un huesito fundamental. No hablamos solamente del amor que sentíamos, sino de toda la construcción que hicimos alrededor de ellos: nuestra identidad, nuestros recuerdos, la seguridad de saber que ahí estaban, aunque nos estuviéramos peleando por el control remoto. Esa certeza se evapora de repente, y uno se queda flotando, buscando dónde agarrarse.
Y aquí viene el rollo, porque el duelo no es lineal, diay. No es que lloras unos días, te pones las pilas y sigues pa' lante. A veces, la pena se mete en los huesos, te acompaña como una sombra pegajosa, te roba la alegría y te hace ver el mundo gris. Hay quien se aferra al pasado, reviviendo momentos, repasando conversaciones, tratando de encontrar consuelo en lo que ya no volverá. Otros, se sienten culpables por cosas que dijeron o no dijeron, por acciones que hicieron o dejaron de hacer.
Lo peor es cuando la gente piensa que “ya debería haberlo superado”. ¡Pero cómo superar eso, mae! Es como decirle a alguien que olvide que nació. Esta presión social, este “deber” de estar bien, muchas veces impide que la persona pueda vivir el duelo plenamente, procesar sus emociones y sanar. Entonces, la pena se enquista, se vuelve crónica, y afecta todos los aspectos de la vida: el trabajo, las relaciones, la salud… hasta el gusto por un buen plato de gallo pinto.
Muchos se preguntan: ¿es malo seguir viviendo? ¡Por supuesto que no! Pero tampoco es correcto pretender actuar como si nada hubiera pasado. Elaborar el duelo no significa olvidar, ni negar el dolor, sino integrarlo a la propia historia, aprender a convivir con la ausencia y honrar la memoria de quienes amamos. Es un proceso lento, doloroso, pero absolutamente necesario para poder recuperar la paz interior y reencontrarnos con la vida.
Ahora, algunos pueden pensar que esto es cosa de ir al psicólogo, y que nadie necesita que le “metan mano” en esas cosas tan personales. ¡Pues sí, mae, y con razón! La terapia, en estos casos, puede ser un verdadero salvavidas. Ofrece un espacio seguro, confidencial, donde puedes desahogar tus penas, explorar tus emociones, entender tus patrones de pensamiento y desarrollar estrategias para afrontar el duelo de manera saludable. Allí no te juzgan, no te dan sermones, simplemente te escuchan y te ayudan a encontrar tu propio camino.
La Dra. Morales dice que es importante resignificar la relación con los padres fallecidos, buscarle sentido a su partida, recordar lo bueno, perdonar cualquier resentimiento pendiente, y construir un legado que perdure en el tiempo. Es darle continuidad a su esencia, manteniendo viva su llama en nuestro corazón. Y ahí entra la familia, los amigos, aquellos que comparten los mismos recuerdos y que pueden ofrecer apoyo incondicional en estos momentos difíciles. Porque el duelo no se vive solo, diay, es un viaje compartido.
Así que, vamos a reflexionar juntos sobre esto, compas. ¿Ustedes han experimentado alguna vez la pérdida de sus padres? ¿Cómo vivieron ese proceso de duelo? ¿Qué consejos les darían a aquellos que están atravesando este difícil momento? Compartan sus experiencias y pensamientos en el foro; quizás, al compartir nuestras historias, podamos aliviar un poco el peso de la pena y recordarle a otros que nunca están solos en este brete.