¡Ay, Dios mío! Esto sí que es despache, mi gente. Resulta que el gobierno de Don Rodri, el mismo que nos promete transparencia y eficiencia, anda metido en una movida que huele raro hasta la bandera. Al parecer, Esteban Aguilar Vargas, hermanito del poderoso jefe de despacho, Gabriel Aguilar Vargas – el que le dice a Don Rodri qué hora ir al baño, pa' que se entienda – consiguió un juguetón aumentazo de salario al meterse al Micitt.
La vaina es así: este señor, antes de hacerse famoso como familiar influyente, era fiscal en el Ministerio Público. Ahí andaba persiguiendo delincuentes cibernéticos, haciendo el buen samaritano. Pero, de repente, ¡puf!, aparece una oportunidad dorada en el Micitt, como si le hubiera caído un chunche del cielo. Y no cualquier oportunidad, sino la de subdirector de Ciberseguridad, un brete importante, imagínate.
Y aquí viene la torta, mi pana. Cuando estaba en la Fiscalía, se llevaba unos buenos ¢2.1 millones al mes. Nada mal, eh. Pero al saltar al Micitt, ¡boom!, le aumentaron el sueldo en un 52%, quedándose con ¢3.2 millones mensuales. ¡Más de un millón de colones extra! Uno se pregunta, ¿será porque ahora protege a políticos en vez de ladrones de guata?
Lo peor de todo es cómo se hizo la contratación. La ministra Paula Bogantes, la encargada de echarle ganas al Micitt, admitió que ella misma eligió a Aguilar entre 11 candidatos. ¡Como si estuvieran comprando pan! Claro, seguramente vio en él una calidad que los otros 10 simplemente no tenían... familiaridad con el poder, diría yo. Y eso, en Costa Rica, vale oro macizo.
Ahora, resulta que antes de llegar al Micitt, don Esteban tenía siete procesos disciplinarios acumulados en la Fiscalía. Imagínate la bronca que debieron tener ahí. Se rumorea que le gustaba andar mandando, cuestionando a su propio jefe, el fiscal general. Que se creía el rey del mambo, vaya. Y encima, salió del Poder Judicial en medio de fuertes sospechas de haber asumido el puesto en el Gobierno sin el permiso adecuado. ¡Qué sal!
Y sigue la lista de irregularidades. La vacante de subdirector de Ciberseguridad no existía antes de que llegara él. ¡La inventaron sobre la marcha! Y el dinero para pagarle no sale de las arcas del Micitt, sino de Procomer, otro lugar donde la lealtad parece pesar más que la competencia. Una verdadera red de favores, diay.
Pero lo que realmente me da escalofríos es el desempeño de Aguilar en la Fiscalía. Según los informes, durante sus últimos dos años al mando de la Unidad de Cibercrimen, casi no hicieron nada. Tres casos, contados con los dedos de una mano, y la mayoría de las actividades consistieron en capacitaciones, congresos y entrevistas en los medios. Parece que más tiempo pasó posando para fotos que persiguiendo hackers. ¡Una carga!
Este caso levanta muchísimas preguntas, mi gente. ¿Es ético contratar al hermano de un asesor presidencial con semejante aumento de salario, especialmente cuando hay cuestionamientos sobre su desempeño previo? ¿Estamos viendo un claro ejemplo de nepotismo y clientelismo en el corazón del gobierno? ¿Hasta dónde vamos a permitir que los contactos valgan más que la capacidad y la honestidad? ¿Ustedes creen que Don Rodri debería investigar esto a fondo o seguirá tapándole la pelota a su gente?
La vaina es así: este señor, antes de hacerse famoso como familiar influyente, era fiscal en el Ministerio Público. Ahí andaba persiguiendo delincuentes cibernéticos, haciendo el buen samaritano. Pero, de repente, ¡puf!, aparece una oportunidad dorada en el Micitt, como si le hubiera caído un chunche del cielo. Y no cualquier oportunidad, sino la de subdirector de Ciberseguridad, un brete importante, imagínate.
Y aquí viene la torta, mi pana. Cuando estaba en la Fiscalía, se llevaba unos buenos ¢2.1 millones al mes. Nada mal, eh. Pero al saltar al Micitt, ¡boom!, le aumentaron el sueldo en un 52%, quedándose con ¢3.2 millones mensuales. ¡Más de un millón de colones extra! Uno se pregunta, ¿será porque ahora protege a políticos en vez de ladrones de guata?
Lo peor de todo es cómo se hizo la contratación. La ministra Paula Bogantes, la encargada de echarle ganas al Micitt, admitió que ella misma eligió a Aguilar entre 11 candidatos. ¡Como si estuvieran comprando pan! Claro, seguramente vio en él una calidad que los otros 10 simplemente no tenían... familiaridad con el poder, diría yo. Y eso, en Costa Rica, vale oro macizo.
Ahora, resulta que antes de llegar al Micitt, don Esteban tenía siete procesos disciplinarios acumulados en la Fiscalía. Imagínate la bronca que debieron tener ahí. Se rumorea que le gustaba andar mandando, cuestionando a su propio jefe, el fiscal general. Que se creía el rey del mambo, vaya. Y encima, salió del Poder Judicial en medio de fuertes sospechas de haber asumido el puesto en el Gobierno sin el permiso adecuado. ¡Qué sal!
Y sigue la lista de irregularidades. La vacante de subdirector de Ciberseguridad no existía antes de que llegara él. ¡La inventaron sobre la marcha! Y el dinero para pagarle no sale de las arcas del Micitt, sino de Procomer, otro lugar donde la lealtad parece pesar más que la competencia. Una verdadera red de favores, diay.
Pero lo que realmente me da escalofríos es el desempeño de Aguilar en la Fiscalía. Según los informes, durante sus últimos dos años al mando de la Unidad de Cibercrimen, casi no hicieron nada. Tres casos, contados con los dedos de una mano, y la mayoría de las actividades consistieron en capacitaciones, congresos y entrevistas en los medios. Parece que más tiempo pasó posando para fotos que persiguiendo hackers. ¡Una carga!
Este caso levanta muchísimas preguntas, mi gente. ¿Es ético contratar al hermano de un asesor presidencial con semejante aumento de salario, especialmente cuando hay cuestionamientos sobre su desempeño previo? ¿Estamos viendo un claro ejemplo de nepotismo y clientelismo en el corazón del gobierno? ¿Hasta dónde vamos a permitir que los contactos valgan más que la capacidad y la honestidad? ¿Ustedes creen que Don Rodri debería investigar esto a fondo o seguirá tapándole la pelota a su gente?