¡Ay, Dios mío! Quién iba a decir que íbamos a estar celebrando la baja de asaltos a domicilio, pero preocupándonos más por si nos vacían la cuenta bancaria desde un call center en China. Así estamos, imagínate. Según el OIJ y el Ministerio de Seguridad, los cuentos del tío virtuales ya eclipsaron a los asaltantes de antaño, esos que te tocaban el bolsillo en la parada del bus.
Parece sacado de película, ¿verdad?, pero así está la cosa. Las cifras hablan claro: un descenso considerable y sostenido en los atracos callejeros, sí, pero una explosión en las estafas online. Ya ni traen el machete, ahora usan el mouse y el teclado. Un cambio de estrategia, pa’ decirlo fácil, porque dicen que robarles a gente directamente ya no era tan rentable – demasiado riesgo y poca ganancia, según los cálculos fríos de los delincuentes modernos.
Michael Soto, el director interino del OIJ, me explicó que el hampón actual es un tipo astuto, un “analista de costos”. Se dio cuenta de que era más sensato quedarse sentado frente a una pantalla que andar correteando por las calles arriesgándose a ser agarrado. Total, ¡mejor redituarle ahí sentadito!, piensa él. Con una VPN y unas técnicas de ingeniería social, puede estafar a medio país sin moverse de la silla. ¿Y quién lo va a parar?
El problema es que, aunque el vecino ya no tenga que correr para salvar su cartera, ahora todos somos blancos fáciles. La vulnerabilidad ciudadana es altísima, especialmente entre nuestros abuelos, que aún andan tratando de entender cómo funciona WhatsApp. Llámale falta de educación digital, llámale ingenuidad, llámale lo que quieras; el resultado es el mismo: pura lana desapareciendo de cuentas bancarias.
Esta migración delictiva hacia la virtualidad nos plantea retos enormes. No es suficiente con tener más policías en las calles. Necesitamos un ejército de cibercriminales trabajando para el Estado, un presupuesto decente para la Sección de Delitos Informáticos del OIJ, y campañas masivas de concientización. Porque, vamos, con la facilidad con la que se clonan tarjetas de crédito y se inventan historias para engañar a la gente, el panorama no pinta muy rosado.
Además, el perfil del delincuente está cambiando. Adiós al paco de barrio, hola a los hackers adolescentes reclutados por bandas organizadas. Estos nuevos hampones tienen habilidades técnicas que muchos de nosotros ni siquiera imaginamos. Y están usando esas habilidades para hacer daño a una escala nunca antes vista. Es como si hubieran intercambiado el cuchillo por código de programación.
Y no nos olvidemos de la política. Mientras tanto, la Fuerza Pública se da palmadas en el lomo por haber reducido los asaltos, pero el OIJ se ahoga en denuncias de estafas. ¡Un brete! Uno se queda pensando si los políticos entienden la magnitud del problema o si siguen viviendo en otro planeta. Porque así las cosas, el futuro no se ve muy prometedor. Tendremos parques más limpios, sí, pero también cuentas bancarias más vacías.
Así que, mi pana, pregúntate esto: ¿Realmente estamos más seguros si los ladrones ya no andan en la esquina, sino detrás de una pantalla, listos para vaciarnos el aguinaldo con un simple clic? ¿Es sostenible esta transición donde el precio de la tranquilidad es entregar nuestra información personal a desconocidos? ¡Déjanme saber qué piensas tú!
Parece sacado de película, ¿verdad?, pero así está la cosa. Las cifras hablan claro: un descenso considerable y sostenido en los atracos callejeros, sí, pero una explosión en las estafas online. Ya ni traen el machete, ahora usan el mouse y el teclado. Un cambio de estrategia, pa’ decirlo fácil, porque dicen que robarles a gente directamente ya no era tan rentable – demasiado riesgo y poca ganancia, según los cálculos fríos de los delincuentes modernos.
Michael Soto, el director interino del OIJ, me explicó que el hampón actual es un tipo astuto, un “analista de costos”. Se dio cuenta de que era más sensato quedarse sentado frente a una pantalla que andar correteando por las calles arriesgándose a ser agarrado. Total, ¡mejor redituarle ahí sentadito!, piensa él. Con una VPN y unas técnicas de ingeniería social, puede estafar a medio país sin moverse de la silla. ¿Y quién lo va a parar?
El problema es que, aunque el vecino ya no tenga que correr para salvar su cartera, ahora todos somos blancos fáciles. La vulnerabilidad ciudadana es altísima, especialmente entre nuestros abuelos, que aún andan tratando de entender cómo funciona WhatsApp. Llámale falta de educación digital, llámale ingenuidad, llámale lo que quieras; el resultado es el mismo: pura lana desapareciendo de cuentas bancarias.
Esta migración delictiva hacia la virtualidad nos plantea retos enormes. No es suficiente con tener más policías en las calles. Necesitamos un ejército de cibercriminales trabajando para el Estado, un presupuesto decente para la Sección de Delitos Informáticos del OIJ, y campañas masivas de concientización. Porque, vamos, con la facilidad con la que se clonan tarjetas de crédito y se inventan historias para engañar a la gente, el panorama no pinta muy rosado.
Además, el perfil del delincuente está cambiando. Adiós al paco de barrio, hola a los hackers adolescentes reclutados por bandas organizadas. Estos nuevos hampones tienen habilidades técnicas que muchos de nosotros ni siquiera imaginamos. Y están usando esas habilidades para hacer daño a una escala nunca antes vista. Es como si hubieran intercambiado el cuchillo por código de programación.
Y no nos olvidemos de la política. Mientras tanto, la Fuerza Pública se da palmadas en el lomo por haber reducido los asaltos, pero el OIJ se ahoga en denuncias de estafas. ¡Un brete! Uno se queda pensando si los políticos entienden la magnitud del problema o si siguen viviendo en otro planeta. Porque así las cosas, el futuro no se ve muy prometedor. Tendremos parques más limpios, sí, pero también cuentas bancarias más vacías.
Así que, mi pana, pregúntate esto: ¿Realmente estamos más seguros si los ladrones ya no andan en la esquina, sino detrás de una pantalla, listos para vaciarnos el aguinaldo con un simple clic? ¿Es sostenible esta transición donde el precio de la tranquilidad es entregar nuestra información personal a desconocidos? ¡Déjanme saber qué piensas tú!