¡Ay, Dios mío! Esto de las amenazas de tiroteos en las universidades ya está generando un buen champús aquí en Costa Rica. Parece sacado de película estadounidense, pero aquí estamos, con el OIJ moviéndose a toda máquina para tratar de entender qué está pasando realmente. Al principio pensé que eran bromitas pesadas de unos puros vandalos, pero la cosa se ha puesto seria, ¿eh?
El caso es que el cierre de año pasado dejó un reguero de alertas, seis en total, todas apuntando a nuestras universidades públicas – la UCR, la UNA y el TEC. Imagínate el susto que se llevaron los estudiantes y profesores; algunos hasta tuvieron que cancelar exámenes a último minuto. ¡Qué bronca! Perder tiempo y oportunidades así, nadie quiere.
Y ahora Michael Soto, el director interino del OIJ, sale a decirnos que tienen dos líneas de investigación. Una dice que las amenazas son reales, que hay alguien ahí afuera con malas intenciones hacia alguna institución o individuo. Lo otro, que esto es pura estrategia para evitar los exámenes. ¿Se imaginan la osadía? Usar eso como excusa para no presentarse. ¡Eso sí es desesperación!
Lo que más me preocupa es que Soto dice que aunque las amenazas no sean ciertas, no podemos bajarle a la intensidad. Que tenemos que tomar precauciones, chequear con perros sabuesos, hasta cerrar las sedes si es necesario. Por supuesto, esto causa incomodidad, nadie quiere que le interrumpan la educación, pero también nadie quiere vivir con miedo ni arriesgarse a que pase algo peor. Con razón le dicen a Soto 'tómale la mano firme', ¿verdad?
Y hablando de eso, el director del OIJ no descarta nada. Me imagino a los rectores y directores de las universidades con el corazón en la boca, tratando de evaluar el riesgo y proteger a sus alumnos. Hay que recordar que Costa Rica siempre se ha caracterizado por ser un país tranquilo, casi aburrido en algunos aspectos, pero estos sucesos nos hacen replantearnos muchas cosas. Ya no podemos darlo todo por sentado.
Otro aspecto importante es el tema del atacante activo. Soto explica que, aunque no hemos tenido experiencias similares en Costa Rica, debemos estar preparados. Es un fenómeno que, según él, 'ojalá nunca ocurra' en nuestro país. Pero la realidad es que debemos enfrentar la posibilidad, entrenarnos y tener planes de emergencia listos. Más vale prevenir que lamentar, como dicen por ahí.
Me da mucha pena pensar en cómo esta situación afecta la vida universitaria. Las clases online se volvieron una constante durante la pandemia, y ahora parece que tenemos que agregar capas extra de seguridad e incertidumbre. Los estudiantes necesitan un ambiente seguro y propicio para aprender, y no se trata solo de paredes y aulas, sino también de confianza y tranquilidad mental. ¿Cómo vamos a cultivar el pensamiento crítico y la creatividad si vivimos con el temor de que algo malo pueda pasar?
En fin, amigos, la verdad es que esto de las amenazas es una bomba atómica en el ambiente universitario. Queda la gran pregunta abierta: ¿Estamos ante una ola genuina de violencia que busca infiltrarse en nuestras instituciones educativas, o se trata de falsas alarmas diseñadas para causar zozobra y aprovecharse de situaciones particulares? ¿Creen que las autoridades están tomando las medidas correctas, o deberían ir un paso más allá en la protección de nuestros estudiantes y docentes? ¡Déjenme sus opiniones en los comentarios, quiero saber qué piensan ustedes al respecto!
El caso es que el cierre de año pasado dejó un reguero de alertas, seis en total, todas apuntando a nuestras universidades públicas – la UCR, la UNA y el TEC. Imagínate el susto que se llevaron los estudiantes y profesores; algunos hasta tuvieron que cancelar exámenes a último minuto. ¡Qué bronca! Perder tiempo y oportunidades así, nadie quiere.
Y ahora Michael Soto, el director interino del OIJ, sale a decirnos que tienen dos líneas de investigación. Una dice que las amenazas son reales, que hay alguien ahí afuera con malas intenciones hacia alguna institución o individuo. Lo otro, que esto es pura estrategia para evitar los exámenes. ¿Se imaginan la osadía? Usar eso como excusa para no presentarse. ¡Eso sí es desesperación!
Lo que más me preocupa es que Soto dice que aunque las amenazas no sean ciertas, no podemos bajarle a la intensidad. Que tenemos que tomar precauciones, chequear con perros sabuesos, hasta cerrar las sedes si es necesario. Por supuesto, esto causa incomodidad, nadie quiere que le interrumpan la educación, pero también nadie quiere vivir con miedo ni arriesgarse a que pase algo peor. Con razón le dicen a Soto 'tómale la mano firme', ¿verdad?
Y hablando de eso, el director del OIJ no descarta nada. Me imagino a los rectores y directores de las universidades con el corazón en la boca, tratando de evaluar el riesgo y proteger a sus alumnos. Hay que recordar que Costa Rica siempre se ha caracterizado por ser un país tranquilo, casi aburrido en algunos aspectos, pero estos sucesos nos hacen replantearnos muchas cosas. Ya no podemos darlo todo por sentado.
Otro aspecto importante es el tema del atacante activo. Soto explica que, aunque no hemos tenido experiencias similares en Costa Rica, debemos estar preparados. Es un fenómeno que, según él, 'ojalá nunca ocurra' en nuestro país. Pero la realidad es que debemos enfrentar la posibilidad, entrenarnos y tener planes de emergencia listos. Más vale prevenir que lamentar, como dicen por ahí.
Me da mucha pena pensar en cómo esta situación afecta la vida universitaria. Las clases online se volvieron una constante durante la pandemia, y ahora parece que tenemos que agregar capas extra de seguridad e incertidumbre. Los estudiantes necesitan un ambiente seguro y propicio para aprender, y no se trata solo de paredes y aulas, sino también de confianza y tranquilidad mental. ¿Cómo vamos a cultivar el pensamiento crítico y la creatividad si vivimos con el temor de que algo malo pueda pasar?
En fin, amigos, la verdad es que esto de las amenazas es una bomba atómica en el ambiente universitario. Queda la gran pregunta abierta: ¿Estamos ante una ola genuina de violencia que busca infiltrarse en nuestras instituciones educativas, o se trata de falsas alarmas diseñadas para causar zozobra y aprovecharse de situaciones particulares? ¿Creen que las autoridades están tomando las medidas correctas, o deberían ir un paso más allá en la protección de nuestros estudiantes y docentes? ¡Déjenme sus opiniones en los comentarios, quiero saber qué piensan ustedes al respecto!