Bueno, mi gente, parece que la bronca del centro acuático en Guápiles no cesa. Después del video viral que dio vuelta a todas las redes, mostrando cómo una estructura se vino abajo justo cuando una familia estaba posando para unas fotos, el dueño finalmente salió a hablar. Ya saben, el silencio grita y este caso necesitaba explicación, pues la cosa se puso más picante que salsa Lizano.
La historia, contada por don Álvaro –él sí, con nombre y apellido–, es que todo sucedió muy rápido. Al parecer, tan pronto vio lo que pasó, corrió al lugar de los hechos para ver si estaban todos bien. Dice que la familia, aparte del susto, estaba ilesa. ¡Imagínense!, por poco les caía encima toda la cosa. Un respingo y se iban al traste, ¿verdad?
Don Álvaro, pa' evitar confusiones, se identificó, le ofreció ayuda económica y activó la póliza del seguro, pensando que así se solucionaba todo. Pero ahí es donde la cosa se complica. Él dice que un abogado se comunicó con él representando a las partes afectadas, y que hasta se fijaron una cita. La vaina, por decirlo de una forma, se fue al diablo porque la reunión nunca ocurrió.
Luego, lo que pasó fue más raro todavía. Resulta que alguien del lado del dueño contactó a la persona que subió los videos a redes. Y a partir de ahí, la comunicación se puso turbia. Dicen que el abogado le pidió al dueño que dejara de contactarlos, y que todos los videos irían a parar a internet. ¡Uy, qué parada! Esto ya parecía novela mexicana, ¿eh?
Y ni hablar del daño económico. Don Álvaro asegura que desde que el video se viralizó, las ventas de entradas al centro recreativo han caído drásticamente. Está perdiendo plata a pares, y eso sí que duele. ¡Una carga!, te digo yo. Imagínate, trabajas duro pa’ mantener tu brete y de repente te sale este lío que te puede hundir.
Ahora, claro, hay mucho debate en redes sobre quién tiene la razón. Algunos critican al dueño por la supuesta negligencia, otros aseguran que la familia está buscando aprovecharse de la situación. Lo cierto es que la verdad, como diría mi abuela, está en el fondo del fogón. Hay que analizar la cosa con calma y ver qué está pasando realmente.
Pero lo que más me preocupa es este negocio del linchamiento digital. Uno hace algo, sin querer, y de repente se convierte en el villano de la película. Las redes sociales pueden ser un arma de doble filo, y en este caso parece que están haciendo más daño que bien. Ya sabemos cómo son algunos internautas, listos pa’ echarle piedra al que está cayendo. Vaya vara!
En fin, la controversia sigue abierta y el futuro del centro recreativo es incierto. A propósito, mi gente, ¿creen que el dueño está siendo honesto con su versión de los hechos, o creen que está tratando de lavarle la pata? Déjenme sus opiniones en los comentarios, quiero saber qué piensan ustedes sobre este mamotreto de situación… ¡y cuéntenme, alguna vez se vieron envueltos en algo parecido?
La historia, contada por don Álvaro –él sí, con nombre y apellido–, es que todo sucedió muy rápido. Al parecer, tan pronto vio lo que pasó, corrió al lugar de los hechos para ver si estaban todos bien. Dice que la familia, aparte del susto, estaba ilesa. ¡Imagínense!, por poco les caía encima toda la cosa. Un respingo y se iban al traste, ¿verdad?
Don Álvaro, pa' evitar confusiones, se identificó, le ofreció ayuda económica y activó la póliza del seguro, pensando que así se solucionaba todo. Pero ahí es donde la cosa se complica. Él dice que un abogado se comunicó con él representando a las partes afectadas, y que hasta se fijaron una cita. La vaina, por decirlo de una forma, se fue al diablo porque la reunión nunca ocurrió.
Luego, lo que pasó fue más raro todavía. Resulta que alguien del lado del dueño contactó a la persona que subió los videos a redes. Y a partir de ahí, la comunicación se puso turbia. Dicen que el abogado le pidió al dueño que dejara de contactarlos, y que todos los videos irían a parar a internet. ¡Uy, qué parada! Esto ya parecía novela mexicana, ¿eh?
Y ni hablar del daño económico. Don Álvaro asegura que desde que el video se viralizó, las ventas de entradas al centro recreativo han caído drásticamente. Está perdiendo plata a pares, y eso sí que duele. ¡Una carga!, te digo yo. Imagínate, trabajas duro pa’ mantener tu brete y de repente te sale este lío que te puede hundir.
Ahora, claro, hay mucho debate en redes sobre quién tiene la razón. Algunos critican al dueño por la supuesta negligencia, otros aseguran que la familia está buscando aprovecharse de la situación. Lo cierto es que la verdad, como diría mi abuela, está en el fondo del fogón. Hay que analizar la cosa con calma y ver qué está pasando realmente.
Pero lo que más me preocupa es este negocio del linchamiento digital. Uno hace algo, sin querer, y de repente se convierte en el villano de la película. Las redes sociales pueden ser un arma de doble filo, y en este caso parece que están haciendo más daño que bien. Ya sabemos cómo son algunos internautas, listos pa’ echarle piedra al que está cayendo. Vaya vara!
En fin, la controversia sigue abierta y el futuro del centro recreativo es incierto. A propósito, mi gente, ¿creen que el dueño está siendo honesto con su versión de los hechos, o creen que está tratando de lavarle la pata? Déjenme sus opiniones en los comentarios, quiero saber qué piensan ustedes sobre este mamotreto de situación… ¡y cuéntenme, alguna vez se vieron envueltos en algo parecido?