Mae, no sé si ya le echaron un ojo al nuevo informe del Estado de la Educación, pero les adelanto que la vara deja un sabor de boca bastante amargo. Diay, resulta que aunque hemos mejorado un montón en que la gente termine el cole (pasamos de un 37% a un 72% de jóvenes con bachillerato, ¡un éxito!), a la hora de la verdad, la aguja de los nuevos profesionales apenas se mueve. ¡Qué torta! Entramos más a la U, sí, pero la cantidad de gente que de verdad sale con el cartón debajo del brazo está prácticamente pegada. Es como si hubiéramos construido una autopista de cinco carriles para llegar a un peaje de una sola caseta.
Vamos a los números, que son los que cantan. Mientras la asistencia a la U subió del 22% al 35%, la titulación real apenas pasó del 19% al 25% en casi veinte años. Y el dato más matador es este: la cantidad de títulos que se dan sí se duplicó, pero no porque tengamos el doble de profesionales nuevos. No, es porque las mismas personas están acumulando segundos y terceros títulos. Básicamente, los que ya están adentro del sistema siguen estudiando, mientras que una nueva generación de profesionales se nos está quedando en el camino. Para ponerle la cereza al pastel, la brecha con los países de la OCDE se triplicó. Si seguimos así, en una década apenas vamos a llegar al nivel que ellos tenían en 2014. ¡Qué sal!
Okay, ¿y por qué pasa esto? El informe es claro: es un despiche de factores. No es solo que la gente no quiera estudiar. Hablamos de deficiencias que se arrastran desde el colegio, de que no existen metas país claras sobre cuántos profesionales necesitamos, de un mercado laboral que cambia más rápido que un meme y, por supuesto, de las barreras económicas y geográficas de siempre. No es lo mismo estudiar viviendo en Chepe centro que pulsearla desde una zona rural. Y lo más tenso de todo es que el reloj está en nuestra contra. La población joven está disminuyendo, lo que significa que esa "ventana de oportunidad" para meterle el acelerador a la graduación se nos cierra por ahí del 2030. Después de eso, la vara se va a poner todavía más cuesta arriba.
Y si a todo este enredo le sumamos el tema de la plata, la cosa se pone peor. Las universidades públicas, que son el motor de la movilidad social en este país, han visto cómo su presupuesto (el famoso FEES) se ha ido encogiendo. Tuvimos una época dorada hasta 2017 donde la inversión por estudiante crecía, pero desde 2018 para acá, la inversión real ha caído un 10%. En criollo: hay más estudiantes, pero menos plata por cabeza, casi la misma que hace veinte años. Con ese panorama, pedirles que hagan milagros para aumentar la graduación y mantener la calidad es, por lo menos, complicado. Es como querer correr una maratón después de que te bajan la dieta a la mitad. El plan completo parece que está a punto de irse al traste.
Al final del día, los números son fríos, pero detrás de cada estadística hay un mae que no pudo seguir porque el horario del brete no le daba, una güila que tuvo que salirse porque la beca no alcanzaba, o alguien a quien simplemente el sistema se lo comió vivo. El informe propone metas y pide un compromiso de todos los sectores, y ojalá que así sea. Pero más allá de lo que digan los expertos, la pregunta queda en el aire para todos nosotros en este foro. ¿Qué opinan ustedes? ¿Es un tema de plata, de falta de guía, o es que el sistema universitario simplemente está roto? ¿Alguno ha vivido este embudo en carne propia y tiene una historia que contar?
Vamos a los números, que son los que cantan. Mientras la asistencia a la U subió del 22% al 35%, la titulación real apenas pasó del 19% al 25% en casi veinte años. Y el dato más matador es este: la cantidad de títulos que se dan sí se duplicó, pero no porque tengamos el doble de profesionales nuevos. No, es porque las mismas personas están acumulando segundos y terceros títulos. Básicamente, los que ya están adentro del sistema siguen estudiando, mientras que una nueva generación de profesionales se nos está quedando en el camino. Para ponerle la cereza al pastel, la brecha con los países de la OCDE se triplicó. Si seguimos así, en una década apenas vamos a llegar al nivel que ellos tenían en 2014. ¡Qué sal!
Okay, ¿y por qué pasa esto? El informe es claro: es un despiche de factores. No es solo que la gente no quiera estudiar. Hablamos de deficiencias que se arrastran desde el colegio, de que no existen metas país claras sobre cuántos profesionales necesitamos, de un mercado laboral que cambia más rápido que un meme y, por supuesto, de las barreras económicas y geográficas de siempre. No es lo mismo estudiar viviendo en Chepe centro que pulsearla desde una zona rural. Y lo más tenso de todo es que el reloj está en nuestra contra. La población joven está disminuyendo, lo que significa que esa "ventana de oportunidad" para meterle el acelerador a la graduación se nos cierra por ahí del 2030. Después de eso, la vara se va a poner todavía más cuesta arriba.
Y si a todo este enredo le sumamos el tema de la plata, la cosa se pone peor. Las universidades públicas, que son el motor de la movilidad social en este país, han visto cómo su presupuesto (el famoso FEES) se ha ido encogiendo. Tuvimos una época dorada hasta 2017 donde la inversión por estudiante crecía, pero desde 2018 para acá, la inversión real ha caído un 10%. En criollo: hay más estudiantes, pero menos plata por cabeza, casi la misma que hace veinte años. Con ese panorama, pedirles que hagan milagros para aumentar la graduación y mantener la calidad es, por lo menos, complicado. Es como querer correr una maratón después de que te bajan la dieta a la mitad. El plan completo parece que está a punto de irse al traste.
Al final del día, los números son fríos, pero detrás de cada estadística hay un mae que no pudo seguir porque el horario del brete no le daba, una güila que tuvo que salirse porque la beca no alcanzaba, o alguien a quien simplemente el sistema se lo comió vivo. El informe propone metas y pide un compromiso de todos los sectores, y ojalá que así sea. Pero más allá de lo que digan los expertos, la pregunta queda en el aire para todos nosotros en este foro. ¿Qué opinan ustedes? ¿Es un tema de plata, de falta de guía, o es que el sistema universitario simplemente está roto? ¿Alguno ha vivido este embudo en carne propia y tiene una historia que contar?