¡Aguante! Ya estamos pensando en las próximas elecciones, ¿eh? Parece mentira que ya estemos a casi dos años de ir a tumbarle al país con nuestro voto. Como bien dijo Luis Guillermo Solís, este primer domingo de febrero de 2026 iremos a las urnas, más allá de cualquier comentario superficial, a decidir quiénes nos van a representar. No sé ustedes, pero yo siento que la vara está alta, y necesitamos gente que realmente entienda cómo funciona este brete que es dirigir Costa Rica.
Muchos dicen, y no les culpo, que las elecciones son un mero trámite, una formalidad más. Que al final siempre terminamos eligiendo a los mismos, o a alguien que no cumple con lo prometido. He visto a gente desanimada, diciendo “pues qué vamos a hacer, igual sale el mismo resultado”. Total, la desconfianza está más que justificada viendo algunos casos pasados. Y vaya que he escuchado frases como “mi voto no hace diferencia” o “es igual a quién elija, al final la corrupción sigue igual”.
Pero resulta que ese tipo de pensamiento es justo lo que le da pie a que las cosas sigan así. Si renunciamos a nuestro derecho a elegir, si caemos en la apatía y dejamos que otros decidan por nosotros, entonces sí que estamos regalando el futuro de nuestro país. ¿Se imaginan vivir en un lugar donde nadie vota, donde la gente simplemente se resigna a lo que le toca? ¡Eso sería una torta!
Solís, en su artículo, plantea un punto importante: las elecciones bien hechas, con un órgano independiente, transparente y confiable, son fundamentales para mantener viva nuestra democracia. No se trata solo de elegir al presidente o diputados; se trata de validar un sistema que nos permite cambiar a nuestros representantes cada cierto tiempo. Se trata de darle legitimidad a quienes gobiernan para que sepan que su poder proviene del pueblo, y que tendrán que rendir cuentas.
Y ahí viene el chunche: la elección en sí misma es un derecho humano, más allá de resultados decepcionantes. Alguien tiene que tomar el volante, aunque las carreteras estén llenas de baches. No podemos esperar que caiga del cielo el candidato perfecto, tenemos que buscar entre las opciones disponibles a quien consideremos que tiene la mejor visión para Costa Rica. No es cuestión de conformarse, es cuestión de participar activamente en la construcción de un mejor futuro.
Claro, esto no significa que debamos votar a ciegas. Hay que investigar a fondo a los candidatos, analizar sus propuestas, ver si cumplen con lo que prometen. Tenemos que exigir transparencia y rendición de cuentas. Dejar de lado el facilismo de creer que un solo voto no cuenta. ¡Cada voto suma, cada voz importa! Porque, díganlo conmigo, no votar es dejar que otros tomen decisiones que nos afectan a todos. Y no quiero estar echándole la culpa a nadie más adelante por haber dejado pasar la oportunidad de influir en el rumbo de nuestro país.
Ahora bien, no todo está perdido. Todavía hay tiempo para despertar conciencias, para movilizar a la gente, para crear espacios de diálogo y debate informado. Podemos exigir cambios reales, podemos empujar a los políticos a escuchar nuestras necesidades, podemos demostrar que somos capaces de construir una sociedad más justa y equitativa. La tarea es ardua, sí, pero no imposible. Requiere compromiso, dedicación y, sobre todo, participación ciudadana activa. Si nos quedamos de brazos cruzados esperando milagros, nunca vamos a conseguir nada.
Así que, mis queridos compatriotas, les pregunto: Después de leer esto, ¿creen que es posible recuperar la fe en el proceso electoral costarricense y lograr que cada voto cuente para construir un futuro mejor para todos, o ya se fueron al traste las esperanzas de un cambio genuino?
Muchos dicen, y no les culpo, que las elecciones son un mero trámite, una formalidad más. Que al final siempre terminamos eligiendo a los mismos, o a alguien que no cumple con lo prometido. He visto a gente desanimada, diciendo “pues qué vamos a hacer, igual sale el mismo resultado”. Total, la desconfianza está más que justificada viendo algunos casos pasados. Y vaya que he escuchado frases como “mi voto no hace diferencia” o “es igual a quién elija, al final la corrupción sigue igual”.
Pero resulta que ese tipo de pensamiento es justo lo que le da pie a que las cosas sigan así. Si renunciamos a nuestro derecho a elegir, si caemos en la apatía y dejamos que otros decidan por nosotros, entonces sí que estamos regalando el futuro de nuestro país. ¿Se imaginan vivir en un lugar donde nadie vota, donde la gente simplemente se resigna a lo que le toca? ¡Eso sería una torta!
Solís, en su artículo, plantea un punto importante: las elecciones bien hechas, con un órgano independiente, transparente y confiable, son fundamentales para mantener viva nuestra democracia. No se trata solo de elegir al presidente o diputados; se trata de validar un sistema que nos permite cambiar a nuestros representantes cada cierto tiempo. Se trata de darle legitimidad a quienes gobiernan para que sepan que su poder proviene del pueblo, y que tendrán que rendir cuentas.
Y ahí viene el chunche: la elección en sí misma es un derecho humano, más allá de resultados decepcionantes. Alguien tiene que tomar el volante, aunque las carreteras estén llenas de baches. No podemos esperar que caiga del cielo el candidato perfecto, tenemos que buscar entre las opciones disponibles a quien consideremos que tiene la mejor visión para Costa Rica. No es cuestión de conformarse, es cuestión de participar activamente en la construcción de un mejor futuro.
Claro, esto no significa que debamos votar a ciegas. Hay que investigar a fondo a los candidatos, analizar sus propuestas, ver si cumplen con lo que prometen. Tenemos que exigir transparencia y rendición de cuentas. Dejar de lado el facilismo de creer que un solo voto no cuenta. ¡Cada voto suma, cada voz importa! Porque, díganlo conmigo, no votar es dejar que otros tomen decisiones que nos afectan a todos. Y no quiero estar echándole la culpa a nadie más adelante por haber dejado pasar la oportunidad de influir en el rumbo de nuestro país.
Ahora bien, no todo está perdido. Todavía hay tiempo para despertar conciencias, para movilizar a la gente, para crear espacios de diálogo y debate informado. Podemos exigir cambios reales, podemos empujar a los políticos a escuchar nuestras necesidades, podemos demostrar que somos capaces de construir una sociedad más justa y equitativa. La tarea es ardua, sí, pero no imposible. Requiere compromiso, dedicación y, sobre todo, participación ciudadana activa. Si nos quedamos de brazos cruzados esperando milagros, nunca vamos a conseguir nada.
Así que, mis queridos compatriotas, les pregunto: Después de leer esto, ¿creen que es posible recuperar la fe en el proceso electoral costarricense y lograr que cada voto cuente para construir un futuro mejor para todos, o ya se fueron al traste las esperanzas de un cambio genuino?