Bueno, maes, parece que la carrera presidencial para el 2026 ya está calentando motores, y Eliécer Feinzaig acaba de tirar una carta bien interesante sobre la mesa. El líder del Partido Liberal Progresista (PLP) anunció a su candidata para la primera vicepresidencia, y no es la típica figura política a la que estamos acostumbrados. La elegida es Tania Molina, una criminóloga. Así como lo leen. La vara es que Feinzaig no se anduvo por las ramas y lo dijo clarito: esta decisión es una respuesta directa al despiche de seguridad que estamos viviendo. Una apuesta fuerte y enfocada que, de entrada, hay que reconocer que tiene todo el sentido del mundo mediáticamente hablando.
La estrategia es tan obvia como potencialmente brillante. Feinzaig está leyendo el cuarto, ¿verdad? Sabe que la seguridad es EL tema que nos tiene a todos con el Jesús en la boca y con razón. La cantidad de balaceras, asaltos y la forma en que el narco se ha metido hasta en la sopa ya no es un problema de “algunos barrios”, es una crisis nacional. Entonces, en lugar de salir con el discurso de siempre, el mae dice: “Ok, el país está en llamas, aquí les traigo a la bombera”. La lógica es aplastante: si tu principal problema es el crimen, poné a una experta en crimen a cargo. Las declaraciones de ambos van en esa línea. Feinzaig dice que no se puede improvisar más y Molina llega con un discurso de “mano dura con rigor”, hablando de no ceder territorios a la gobernanza criminal. En papel, suena exactamente como lo que mucha gente quiere escuchar.
Pero, diay, aquí es donde la cosa se pone más compleja y hay que empezar a ver la letra pequeña. Porque una campaña no se gana solo con buenas intenciones o con un currículum perfecto para el problema del momento. Recordemos el contexto del PLP. Feinzaig llegó a la Asamblea con una bancada prometedora de seis diputados, que se vendía como una fuerza liberal coherente y con músculo. ¿Y qué queda de eso hoy? Dos. Él y Gilberto Campos. Cuatro legisladores se le fueron del barco en estos años. ¡Cuatro! Eso, lo queramos ver o no, es una señal de debilidad política y de fracturas internas. La pregunta del millón es si esta movida, que en papel suena tan lógica, es suficiente para tapar las grietas de un partido que ha perdido más de la mitad de su fuerza en el Congreso.
Hablemos de Tania Molina un toque. Su perfil es, sin duda, su mayor fortaleza. No es una política de carrera, lo cual para muchos electores hartos de lo mismo puede ser un plus gigante. Es una técnica, una especialista. Su discurso sobre el crimen organizado y las “zonas grises” demuestra que conoce el brete. La apuesta de Feinzaig es clara: quiere diferenciarse del resto de políticos que hablan de seguridad desde un escritorio, presentando a alguien que, se supone, ha estado en el campo de batalla analítico. Es una movida audaz porque cambia el eje de la discusión de la economía (el tema tradicional del PLP) a la seguridad. Pero también es un riesgo. ¿Logrará una figura técnica, sin colmillo político conocido, conectar con la gente más allá de los círculos académicos y de seguridad? ¿O será vista como un “chunche” más en la maquinaria electoral?
Al final, esta designación nos deja con un panorama interesantísimo. Por un lado, tenés una jugada tácticamente inteligente que ataca de frente el problema número uno del país y que le da a Feinzaig un aire de seriedad y enfoque. Por otro, tenés la realidad de un partido que llega a la contienda electoral mucho más disminuido de lo que proyectaba en 2022. La fórmula Feinzaig-Molina parece un tratamiento de shock diseñado para una emergencia nacional, pero la política, como bien sabemos, es mucho más que un buen diagnóstico; se necesita capital político, alianzas y una estructura sólida para que el tratamiento funcione. Y ahí es donde el PLP parece estar más salado.
Pero bueno, se los dejo en la mesa, maes. ¿Qué opinan ustedes? ¿Es esta una jugada maestra de Feinzaig para meterse de lleno en la conversación presidencial, o es un manotazo de ahogado de un partido que se ha venido desinflando? ¿Pesa más una experta en seguridad o la falta de músculo político en el Congreso? Los leo.
La estrategia es tan obvia como potencialmente brillante. Feinzaig está leyendo el cuarto, ¿verdad? Sabe que la seguridad es EL tema que nos tiene a todos con el Jesús en la boca y con razón. La cantidad de balaceras, asaltos y la forma en que el narco se ha metido hasta en la sopa ya no es un problema de “algunos barrios”, es una crisis nacional. Entonces, en lugar de salir con el discurso de siempre, el mae dice: “Ok, el país está en llamas, aquí les traigo a la bombera”. La lógica es aplastante: si tu principal problema es el crimen, poné a una experta en crimen a cargo. Las declaraciones de ambos van en esa línea. Feinzaig dice que no se puede improvisar más y Molina llega con un discurso de “mano dura con rigor”, hablando de no ceder territorios a la gobernanza criminal. En papel, suena exactamente como lo que mucha gente quiere escuchar.
Pero, diay, aquí es donde la cosa se pone más compleja y hay que empezar a ver la letra pequeña. Porque una campaña no se gana solo con buenas intenciones o con un currículum perfecto para el problema del momento. Recordemos el contexto del PLP. Feinzaig llegó a la Asamblea con una bancada prometedora de seis diputados, que se vendía como una fuerza liberal coherente y con músculo. ¿Y qué queda de eso hoy? Dos. Él y Gilberto Campos. Cuatro legisladores se le fueron del barco en estos años. ¡Cuatro! Eso, lo queramos ver o no, es una señal de debilidad política y de fracturas internas. La pregunta del millón es si esta movida, que en papel suena tan lógica, es suficiente para tapar las grietas de un partido que ha perdido más de la mitad de su fuerza en el Congreso.
Hablemos de Tania Molina un toque. Su perfil es, sin duda, su mayor fortaleza. No es una política de carrera, lo cual para muchos electores hartos de lo mismo puede ser un plus gigante. Es una técnica, una especialista. Su discurso sobre el crimen organizado y las “zonas grises” demuestra que conoce el brete. La apuesta de Feinzaig es clara: quiere diferenciarse del resto de políticos que hablan de seguridad desde un escritorio, presentando a alguien que, se supone, ha estado en el campo de batalla analítico. Es una movida audaz porque cambia el eje de la discusión de la economía (el tema tradicional del PLP) a la seguridad. Pero también es un riesgo. ¿Logrará una figura técnica, sin colmillo político conocido, conectar con la gente más allá de los círculos académicos y de seguridad? ¿O será vista como un “chunche” más en la maquinaria electoral?
Al final, esta designación nos deja con un panorama interesantísimo. Por un lado, tenés una jugada tácticamente inteligente que ataca de frente el problema número uno del país y que le da a Feinzaig un aire de seriedad y enfoque. Por otro, tenés la realidad de un partido que llega a la contienda electoral mucho más disminuido de lo que proyectaba en 2022. La fórmula Feinzaig-Molina parece un tratamiento de shock diseñado para una emergencia nacional, pero la política, como bien sabemos, es mucho más que un buen diagnóstico; se necesita capital político, alianzas y una estructura sólida para que el tratamiento funcione. Y ahí es donde el PLP parece estar más salado.
Pero bueno, se los dejo en la mesa, maes. ¿Qué opinan ustedes? ¿Es esta una jugada maestra de Feinzaig para meterse de lleno en la conversación presidencial, o es un manotazo de ahogado de un partido que se ha venido desinflando? ¿Pesa más una experta en seguridad o la falta de músculo político en el Congreso? Los leo.