¡Ay, Dios mío, qué bronca! Resulta que una señora, Patricia Shields, se está llevando un buen susto y un pleito serio en Florida, allá en los gringos, porque unos duendes peludos le comieron casi medio pie. Pero la cosa no es solo tener picaduras, sino que parece que el lugar donde vivía, un complejo llamado Grand Oak Apartments, le cerró el ojo a la mara de arañitas que andaban dando candela.
La señora, según cuenta la vaina, desde que se mudó ahí en noviembre del año pasado, empezó a notar que había más arañas de las normales. Especialmente en el baño, que ahí pareciera que montaban taller las criaturas. Al principio, le avisó a los encargados del sitio, pero pa’ su mala suerte, le dijeron que solo echaban veneno pa’ cucarachas y que si quería deshacerse de las arañas, tenía que asumir ella el brete… ¡y pagarlo!
Y colorín colorado, este cuento va dedicado a todos los arrendadores que creen que pueden echarle la caña a los inquilinos. Porque resulta que la señora, que vive con una discapacidad y depende de la Sección 8 pa' poder tener techo, no tenía mucho juego. Con lo justo apenas pagaba el alquiler, imagínate tener que desembolsar dinero extra pa' fumigar. Eso sí es mandarle puras espinas al café.
Pero la cosa escaló rapidito, mae. Las picaduras se hicieron más frecuentes y más fuertes. Primero en la cara, luego en las piernas y, finalmente, en los pies. La señora tuvo que ir varias veces al doctor, y cada vez se veía más preocupada. ¡Imagínate! Llegó un momento en que llevaba arañas muertas a la oficina del complejo pa’ demostrarles que no estaba inventando cosas.
¿Y saben qué le dijeron? Que las arañas no eran peligrosas. ¡No me digas! Resulta que después investigó y descubrió que una de esas arañas era una reclusa parda, que te puede dejar cicatrices feas y necrosis, ¡hasta mutilaciones! Como dicen por acá, ‘la chincha’. Los gringos mismos de los CDC advierten sobre eso, pero a estos les importó un pepino.
Lamentablemente, la historia dio un giro aún más oscuro cuando una mordedura en el dedo gordo del pie se complicó tanto que tuvieron que amputarle el dedo. ¡Qué pena! Y como si fuera poco, dos meses después, otra picadura le costó perder otro dedito. Nueve mordeduras en total, dice la demanda, acumuladas mientras vivía en ese lugar. ¡Una torta tremenda!
Después de todo esto, la señora se quedó sin casa, pues el complejo se negó a darle salida del contrato, a pesar de que los médicos le recomendaron salir corriendo del sitio pa’ salvarle la vida. Ahora, está demandándolos por $50,000, alegando negligencia y daños de todo tipo. Lo que demuestra que a veces, hay que llegar a los tribunales pa’ que la gente entienda que tiene que cumplir con su responsabilidad. Esto debería ser una llamada de atención pa' todos los complejos habitacionales del país, ¡pa’ que no se vayan al traste por no cuidar a sus inquilinos!
Este caso nos hace pensar: ¿Debería existir una regulación más estricta sobre el mantenimiento y la seguridad en los complejos habitacionales, especialmente para aquellos que albergan a personas en situación de vulnerabilidad? ¿Ustedes qué opinan, compas?
La señora, según cuenta la vaina, desde que se mudó ahí en noviembre del año pasado, empezó a notar que había más arañas de las normales. Especialmente en el baño, que ahí pareciera que montaban taller las criaturas. Al principio, le avisó a los encargados del sitio, pero pa’ su mala suerte, le dijeron que solo echaban veneno pa’ cucarachas y que si quería deshacerse de las arañas, tenía que asumir ella el brete… ¡y pagarlo!
Y colorín colorado, este cuento va dedicado a todos los arrendadores que creen que pueden echarle la caña a los inquilinos. Porque resulta que la señora, que vive con una discapacidad y depende de la Sección 8 pa' poder tener techo, no tenía mucho juego. Con lo justo apenas pagaba el alquiler, imagínate tener que desembolsar dinero extra pa' fumigar. Eso sí es mandarle puras espinas al café.
Pero la cosa escaló rapidito, mae. Las picaduras se hicieron más frecuentes y más fuertes. Primero en la cara, luego en las piernas y, finalmente, en los pies. La señora tuvo que ir varias veces al doctor, y cada vez se veía más preocupada. ¡Imagínate! Llegó un momento en que llevaba arañas muertas a la oficina del complejo pa’ demostrarles que no estaba inventando cosas.
¿Y saben qué le dijeron? Que las arañas no eran peligrosas. ¡No me digas! Resulta que después investigó y descubrió que una de esas arañas era una reclusa parda, que te puede dejar cicatrices feas y necrosis, ¡hasta mutilaciones! Como dicen por acá, ‘la chincha’. Los gringos mismos de los CDC advierten sobre eso, pero a estos les importó un pepino.
Lamentablemente, la historia dio un giro aún más oscuro cuando una mordedura en el dedo gordo del pie se complicó tanto que tuvieron que amputarle el dedo. ¡Qué pena! Y como si fuera poco, dos meses después, otra picadura le costó perder otro dedito. Nueve mordeduras en total, dice la demanda, acumuladas mientras vivía en ese lugar. ¡Una torta tremenda!
Después de todo esto, la señora se quedó sin casa, pues el complejo se negó a darle salida del contrato, a pesar de que los médicos le recomendaron salir corriendo del sitio pa’ salvarle la vida. Ahora, está demandándolos por $50,000, alegando negligencia y daños de todo tipo. Lo que demuestra que a veces, hay que llegar a los tribunales pa’ que la gente entienda que tiene que cumplir con su responsabilidad. Esto debería ser una llamada de atención pa' todos los complejos habitacionales del país, ¡pa’ que no se vayan al traste por no cuidar a sus inquilinos!
Este caso nos hace pensar: ¿Debería existir una regulación más estricta sobre el mantenimiento y la seguridad en los complejos habitacionales, especialmente para aquellos que albergan a personas en situación de vulnerabilidad? ¿Ustedes qué opinan, compas?