Mae, no hay nada más tico que soñar con la casita propia. La vara es que, con los precios por las nubes, uno a veces siente que esa meta está más lejos que un aguacero en pleno verano. Por eso, cuando el Banco Popular sale con un titular de "¡Remates con 45% de descuento!", a uno se le paran las orejas y hasta se le olvida el precio del gallo pinto. Pero, como diría mi abuela, no todo lo que brilla es oro, y parece que estas "gangas" en Desamparados vienen con una letra pequeña más grande que el propio chunche que están vendiendo.
Diay, pongámonos serios y analicemos el menú de opciones. La primera es un combo que suena a locura: un lote en San Rafael Abajo con OCHO casitas por ¢38 millones. Uno lee eso y piensa: "¡Listo, me pensioné!". Pero momento, porque aquí empieza el despiche. El mismo banco te dice que la propiedad está en un estado "deficiente", tiene "reservas legales" (que se traduce en problemas) y que el sistema eléctrico es un peligro. Para rematar, solo aceptan pago de contado o una garantía que cubra todo el monto. O sea, no es para el que anda buscando un préstamo para su primer brete, es para alguien que tiene la plata guardada bajo el colchón y ganas de meterse en un pleito con la Muni.
Luego tenemos la opción "económica" en Patarrá. Una choza de ¢18 millones. ¡Dieciocho millones! Suena increíble, ¿verdad? El detalle es que el segundo piso no cumple con el Código Sísmico y, para ponerle la cereza al pastel, una parte de la casa está metida en la calle. ¡Qué torta! Imagínese usted explicándole eso a un inspector. De nuevo, el banco se lava las manos y pide la plata de un solo tiro. La "oportunidad" empieza a oler a clavo, a un dolor de cabeza de los buenos. Uno se pregunta si el descuento es por la casa o por los problemas que vienen incluidos en el paquete.
La tercera propiedad, en San Miguel, es la más grande y la más cara del lote: ¢51 melones. Una casa principal y otra construcción atrás. Aquí sí dan financiamiento, pero ¡ojo al dato!, solo por el valor del terreno. Toda la construcción la tiene que pagar usted de contado o con otra garantía. El banco admite sin pena que la vivienda necesita reparaciones, permisos municipales y que, en su estado actual, ninguna aseguradora le va a dar una póliza. ¡Salado el que se meta sin leer! Básicamente, estás comprando un lote carísimo con un problema gigante encima que tienes que arreglar con tu propia plata.
Al final, la conclusión es que estos remates no son para novatos. Si usted es un simple mortal que solo quiere un techo seguro para su familia, es muy probable que termine por jalarse una torta monumental. Estas ofertas parecen diseñadas para inversionistas con mucha plata, tiempo y contactos para navegar el mar de burocracia y reconstrucción. Son proyectos, no casas listas para vivir. Por eso, antes de emocionarse con un precio de remate, hay que preguntarse si uno tiene el estómago (y la billetera) para la segunda parte de la cuenta. ¿Ustedes se mandarían a comprar un remate así a ciegas? ¿Creen que el ahorro justifica el dolor de cabeza o es mejor seguir pulseándola por otro lado? ¡Cuenten sus historias!
Diay, pongámonos serios y analicemos el menú de opciones. La primera es un combo que suena a locura: un lote en San Rafael Abajo con OCHO casitas por ¢38 millones. Uno lee eso y piensa: "¡Listo, me pensioné!". Pero momento, porque aquí empieza el despiche. El mismo banco te dice que la propiedad está en un estado "deficiente", tiene "reservas legales" (que se traduce en problemas) y que el sistema eléctrico es un peligro. Para rematar, solo aceptan pago de contado o una garantía que cubra todo el monto. O sea, no es para el que anda buscando un préstamo para su primer brete, es para alguien que tiene la plata guardada bajo el colchón y ganas de meterse en un pleito con la Muni.
Luego tenemos la opción "económica" en Patarrá. Una choza de ¢18 millones. ¡Dieciocho millones! Suena increíble, ¿verdad? El detalle es que el segundo piso no cumple con el Código Sísmico y, para ponerle la cereza al pastel, una parte de la casa está metida en la calle. ¡Qué torta! Imagínese usted explicándole eso a un inspector. De nuevo, el banco se lava las manos y pide la plata de un solo tiro. La "oportunidad" empieza a oler a clavo, a un dolor de cabeza de los buenos. Uno se pregunta si el descuento es por la casa o por los problemas que vienen incluidos en el paquete.
La tercera propiedad, en San Miguel, es la más grande y la más cara del lote: ¢51 melones. Una casa principal y otra construcción atrás. Aquí sí dan financiamiento, pero ¡ojo al dato!, solo por el valor del terreno. Toda la construcción la tiene que pagar usted de contado o con otra garantía. El banco admite sin pena que la vivienda necesita reparaciones, permisos municipales y que, en su estado actual, ninguna aseguradora le va a dar una póliza. ¡Salado el que se meta sin leer! Básicamente, estás comprando un lote carísimo con un problema gigante encima que tienes que arreglar con tu propia plata.
Al final, la conclusión es que estos remates no son para novatos. Si usted es un simple mortal que solo quiere un techo seguro para su familia, es muy probable que termine por jalarse una torta monumental. Estas ofertas parecen diseñadas para inversionistas con mucha plata, tiempo y contactos para navegar el mar de burocracia y reconstrucción. Son proyectos, no casas listas para vivir. Por eso, antes de emocionarse con un precio de remate, hay que preguntarse si uno tiene el estómago (y la billetera) para la segunda parte de la cuenta. ¿Ustedes se mandarían a comprar un remate así a ciegas? ¿Creen que el ahorro justifica el dolor de cabeza o es mejor seguir pulseándola por otro lado? ¡Cuenten sus historias!