¡Ay, Dios mío! Quién lo diría, ¿verdad? Siempre andamos pensando que Costa Rica es el ‘Switzerland’ de Latinoamérica, pero pa' muestra un botón… o mejor dicho, unos cuantos botones bien rojos. Un nuevo reporte del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) ha confirmado lo que muchos ya sabíamos en el tiquito: hay sectores en San José que están dando bastante qué hablar en cuanto a seguridad ciudadana. No es un buen panorama, vamos.
Parece que el cantón central de San José sigue siendo el rey de la tristeza en este aspecto. Según el análisis que presentó Michael Soto, el director interino del OIJ, varios distritos han sido señalados como los epicentros de la violencia. Hablamos de Pavas, Hatillo, San Felipe de Alajuelita, San Sebastián y Merced – ¡una lista considerable, mae! – que acumulan una gran proporción de los homicidios dolosos del país. Se nos cayó el mandíbula, diay.
Pavas, lamentablemente, se lleva la palmera con 39 homicidios, convirtiéndose en el segundo lugar más peligroso a nivel nacional. Hatillo no se queda atrás con 34, seguido por San Felipe con 23, y San Sebastián y Merced empatados con 18. Estos números no son precisamente motivo de celebración, eh. Uno se queda pensando, ¿qué está pasando realmente en estos barrios?
Pero, ¿cómo llegamos a esta situación? Según Rodrigo Campos, criminólogo consultado, no es que estos sectores se volvieron peligrosos de repente. Todo comenzó con un crecimiento urbano desordenado, con muchísimas áreas informales que quedaron relegadas, sin acceso a servicios básicos, ni planificación urbana adecuada. Un brete, vaya. Eso debilita el tejido social, parce, y abre la puerta a la delincuencia.
Campos explica que la falta de inversión social y la ausencia de espacios recreativos contribuyeron a crear un ambiente vulnerable. Ni aceras decentes, ni parques, ni escuelas cercanas... ¡qué torta! Además, problemas ambientales como la gestión inadecuada de basura empeoran las cosas. En resumen, se creó un caldo de cultivo perfecto para que el hampa echará raíces y aproveche la informalidad y la falta de control.
Y no se trata solamente de la falta de inversión física. Las relaciones comunitarias también sufrieron, porque las familias y vecinos dejaron de apoyarse mutuamente. Ya no hay esa chispa de solidaridad que solía haber, el ‘pa’ ayudarnos unos a otros’. Eso hace que la gente se sienta más aislada y vulnerable, y eso, claro, facilita el accionar de los grupos criminales. Es un círculo vicioso difícil de romper, ¿eh?
El OIJ propone ahora una estrategia llamada “acupuntura criminal”, que busca enfocar los esfuerzos policiales en los puntos críticos identificados. En otras palabras, meterle duro a esos sectores donde la violencia está más concentrada. Parece una idea sensata, pero necesita apoyo, recursos y, sobre todo, soluciones integrales que aborden las causas profundas del problema. Porque reprimir la delincuencia no es suficiente, necesitamos atacar el origen de la raíz del mal.
Esta situación nos obliga a preguntarnos: ¿Qué podemos hacer nosotros, como sociedad costarricense, para revertir esta tendencia y recuperar la tranquilidad en nuestros barrios? ¿Será que es momento de exigir más compromiso a nuestras autoridades, invertir más en programas sociales y fortalecer el tejido comunitario? ¿O estamos condenados a ver cómo la criminalidad sigue creciendo sin control? Dejen sus ideas abajo, parce, ¡necesitamos conversar sobre esto!
Parece que el cantón central de San José sigue siendo el rey de la tristeza en este aspecto. Según el análisis que presentó Michael Soto, el director interino del OIJ, varios distritos han sido señalados como los epicentros de la violencia. Hablamos de Pavas, Hatillo, San Felipe de Alajuelita, San Sebastián y Merced – ¡una lista considerable, mae! – que acumulan una gran proporción de los homicidios dolosos del país. Se nos cayó el mandíbula, diay.
Pavas, lamentablemente, se lleva la palmera con 39 homicidios, convirtiéndose en el segundo lugar más peligroso a nivel nacional. Hatillo no se queda atrás con 34, seguido por San Felipe con 23, y San Sebastián y Merced empatados con 18. Estos números no son precisamente motivo de celebración, eh. Uno se queda pensando, ¿qué está pasando realmente en estos barrios?
Pero, ¿cómo llegamos a esta situación? Según Rodrigo Campos, criminólogo consultado, no es que estos sectores se volvieron peligrosos de repente. Todo comenzó con un crecimiento urbano desordenado, con muchísimas áreas informales que quedaron relegadas, sin acceso a servicios básicos, ni planificación urbana adecuada. Un brete, vaya. Eso debilita el tejido social, parce, y abre la puerta a la delincuencia.
Campos explica que la falta de inversión social y la ausencia de espacios recreativos contribuyeron a crear un ambiente vulnerable. Ni aceras decentes, ni parques, ni escuelas cercanas... ¡qué torta! Además, problemas ambientales como la gestión inadecuada de basura empeoran las cosas. En resumen, se creó un caldo de cultivo perfecto para que el hampa echará raíces y aproveche la informalidad y la falta de control.
Y no se trata solamente de la falta de inversión física. Las relaciones comunitarias también sufrieron, porque las familias y vecinos dejaron de apoyarse mutuamente. Ya no hay esa chispa de solidaridad que solía haber, el ‘pa’ ayudarnos unos a otros’. Eso hace que la gente se sienta más aislada y vulnerable, y eso, claro, facilita el accionar de los grupos criminales. Es un círculo vicioso difícil de romper, ¿eh?
El OIJ propone ahora una estrategia llamada “acupuntura criminal”, que busca enfocar los esfuerzos policiales en los puntos críticos identificados. En otras palabras, meterle duro a esos sectores donde la violencia está más concentrada. Parece una idea sensata, pero necesita apoyo, recursos y, sobre todo, soluciones integrales que aborden las causas profundas del problema. Porque reprimir la delincuencia no es suficiente, necesitamos atacar el origen de la raíz del mal.
Esta situación nos obliga a preguntarnos: ¿Qué podemos hacer nosotros, como sociedad costarricense, para revertir esta tendencia y recuperar la tranquilidad en nuestros barrios? ¿Será que es momento de exigir más compromiso a nuestras autoridades, invertir más en programas sociales y fortalecer el tejido comunitario? ¿O estamos condenados a ver cómo la criminalidad sigue creciendo sin control? Dejen sus ideas abajo, parce, ¡necesitamos conversar sobre esto!