¡Ay, Dios mío! ¿Quién no ha escuchado alguna historia de alguien enamorado de una persona que ya tiene dueño? Parece novela de telenovela, pero la verdad es que este fenómeno es más común de lo que pensamos. Y no, no se trata simplemente de despechados buscando venganza; la psicología nos muestra que hay cosas mucho más complejas detrás de estas situaciones. Como reportera del Foro de Costa Rica, me puse a investigar y les cuento, ¡esto es pa’ pensar!
Resulta que, según los expertos, enamorarse de alguien con pareja no es necesariamente un acto egoísta o una falla moral. Puede ser una señal de alerta de que estamos tratando de llenar vacíos emocionales profundos, reviviendo viejos patrones aprendidos en la infancia o buscando una validación que no encontramos en otras áreas de nuestra vida. Imaginen, ¡una necesidad disfrazada de romance! Este fenómeno se observa a diario en consultorios psicológicos a lo largo y ancho del país, incluso en nuestras queridas comunidades rurales.
Una de las claves principales que mencionan los psicólogos es que el deseo, muchas veces, nace de la carencia. Lo que no tenemos, aquello que sentimos que nos falta, adquiere un brillo especial, una aura de irresistible atracción. Esa persona comprometida, entonces, deja de ser simplemente un individuo y se convierte en un símbolo de lo que creemos que necesitamos: ser elegidos, reconocidos, valorados. ¡Un sueño frustrado que se alimenta de la esperanza!
Y ahí entra el famoso “síndrome de Fortunata”, un término acuñado en la literatura y ahora utilizado en psicología para describir a esas personas que se aferran a relaciones donde la entrega es desigual. Piénsenlo, una parte esperando eternamente un cambio que quizás nunca llegue, mientras la otra sigue manteniendo su vida normal, con sus prioridades establecidas. ¡Es pura energía desperdiciada, maes! Una pena ver cómo se invierte el corazón en una causa perdida.
Pero, ¿qué nos lleva a caer en estas trampas emocionales? Pues resulta que muchos de nosotros repetimos patrones aprendidos en la infancia. Si crecimos en hogares donde el afecto era poco frecuente, condicional o inconsistente, podemos inconscientemente buscar relaciones similares, justificándolas con la idea de que “si lucho por esto, algún día valdrá la pena”. ¡Creemos que con esfuerzo y perseverancia vamos a cambiar la realidad, cuando lo que deberíamos hacer es sanar nuestro interior!
Además, la baja autoestima juega un papel fundamental en estas dinámicas. Cuando no nos valoramos lo suficiente, aceptamos migajas emocionales, convenciéndonos de que no merecemos algo mejor. Nos quedamos en segundo plano, reforzando la creencia de que no somos suficientes. ¡Y eso, señores, es una mentira que debemos desenmascarar! Hay que entender que somos seres dignos de amor pleno y recíproco.
Otro factor importante es la búsqueda de control. Algunas personas creen que pueden ejercer influencia sobre la persona con pareja, convirtiéndose en su refugio emocional, en su confidente. Pero la realidad es que las decisiones importantes – tiempos, límites, prioridades – siempre las tomará quien mantiene la relación oficial. ¡Es una ilusión de poder que termina siendo fuente de frustración y dolor!
Así que, ¿cómo salir de este círculo vicioso? La respuesta pasa por la honestidad y la autoevaluación. Tenemos que preguntarnos qué necesidad estamos intentando satisfacer con estas relaciones incompletas. ¿Estamos buscando validación? ¿Queremos demostrar algo a nosotros mismos o a los demás? ¿Tenemos miedo de estar solos? Una vez que identifiquemos esos patrones, podremos empezar a trabajar en ellos con la ayuda de profesionales y construir vínculos más saludables, basados en la reciprocidad, el respeto y la presencia genuina. ¿Ustedes creen que la sociedad debería juzgar menos estos tipos de relaciones o que las personas deberían ser más conscientes de sus propias necesidades emocionales antes de involucrarse? ¡Déjenme sus opiniones en los comentarios, estoy ansiosa por leerlas!
Resulta que, según los expertos, enamorarse de alguien con pareja no es necesariamente un acto egoísta o una falla moral. Puede ser una señal de alerta de que estamos tratando de llenar vacíos emocionales profundos, reviviendo viejos patrones aprendidos en la infancia o buscando una validación que no encontramos en otras áreas de nuestra vida. Imaginen, ¡una necesidad disfrazada de romance! Este fenómeno se observa a diario en consultorios psicológicos a lo largo y ancho del país, incluso en nuestras queridas comunidades rurales.
Una de las claves principales que mencionan los psicólogos es que el deseo, muchas veces, nace de la carencia. Lo que no tenemos, aquello que sentimos que nos falta, adquiere un brillo especial, una aura de irresistible atracción. Esa persona comprometida, entonces, deja de ser simplemente un individuo y se convierte en un símbolo de lo que creemos que necesitamos: ser elegidos, reconocidos, valorados. ¡Un sueño frustrado que se alimenta de la esperanza!
Y ahí entra el famoso “síndrome de Fortunata”, un término acuñado en la literatura y ahora utilizado en psicología para describir a esas personas que se aferran a relaciones donde la entrega es desigual. Piénsenlo, una parte esperando eternamente un cambio que quizás nunca llegue, mientras la otra sigue manteniendo su vida normal, con sus prioridades establecidas. ¡Es pura energía desperdiciada, maes! Una pena ver cómo se invierte el corazón en una causa perdida.
Pero, ¿qué nos lleva a caer en estas trampas emocionales? Pues resulta que muchos de nosotros repetimos patrones aprendidos en la infancia. Si crecimos en hogares donde el afecto era poco frecuente, condicional o inconsistente, podemos inconscientemente buscar relaciones similares, justificándolas con la idea de que “si lucho por esto, algún día valdrá la pena”. ¡Creemos que con esfuerzo y perseverancia vamos a cambiar la realidad, cuando lo que deberíamos hacer es sanar nuestro interior!
Además, la baja autoestima juega un papel fundamental en estas dinámicas. Cuando no nos valoramos lo suficiente, aceptamos migajas emocionales, convenciéndonos de que no merecemos algo mejor. Nos quedamos en segundo plano, reforzando la creencia de que no somos suficientes. ¡Y eso, señores, es una mentira que debemos desenmascarar! Hay que entender que somos seres dignos de amor pleno y recíproco.
Otro factor importante es la búsqueda de control. Algunas personas creen que pueden ejercer influencia sobre la persona con pareja, convirtiéndose en su refugio emocional, en su confidente. Pero la realidad es que las decisiones importantes – tiempos, límites, prioridades – siempre las tomará quien mantiene la relación oficial. ¡Es una ilusión de poder que termina siendo fuente de frustración y dolor!
Así que, ¿cómo salir de este círculo vicioso? La respuesta pasa por la honestidad y la autoevaluación. Tenemos que preguntarnos qué necesidad estamos intentando satisfacer con estas relaciones incompletas. ¿Estamos buscando validación? ¿Queremos demostrar algo a nosotros mismos o a los demás? ¿Tenemos miedo de estar solos? Una vez que identifiquemos esos patrones, podremos empezar a trabajar en ellos con la ayuda de profesionales y construir vínculos más saludables, basados en la reciprocidad, el respeto y la presencia genuina. ¿Ustedes creen que la sociedad debería juzgar menos estos tipos de relaciones o que las personas deberían ser más conscientes de sus propias necesidades emocionales antes de involucrarse? ¡Déjenme sus opiniones en los comentarios, estoy ansiosa por leerlas!