Ay, mae, esto sí nos cayó como balde de agua fría a todos. Quién iba a pensar que el año empezaría así, con una tragedia como la que vivimos este 1 de enero en Río Azul de La Unión, Cartago. Tres vidas se fueron apagadas, dejando un vacío inmenso en tres familias y un reguero de preguntas que nos hacemos todos los ticos.
La tarde estaba tranquila, esos momentos previos al atardecer que tanto apreciamos acá en el país, cuando de repente todo se vino abajo. Un ataque armado a plena luz del día, eso sí que te pone los pelos de punta. Según los primeros informes, todo pasó en una calle residencial, un lugar donde uno espera encontrar paz y tranquilidad, no balas volando y gente sufriendo.
La Cruz Roja llegó rapidito, pero ya era demasiado tarde. Los paramédicos trabajaron duro, intentando reanimarlos, pero los tres hombres, pobres, ya habían partido. Múltiples impactos de bala… ¡qué pesar! Imagínate la desesperación de los vecinos, viendo cómo llegaban los ambulantes y la Fuerza Pública, tratando de entender qué había pasado ahí mismo, a pocos metros de sus casas.
La zona quedó acordonada, como es protocolo, para que los judiciales pudieran hacer su trabajo sin interrupciones. Se rastrearon evidencias, se recogieron testimonios... Todo con la esperanza de poder esclarecer este terrible hecho. Pero hasta ahora, hay más humo que claridad. Las autoridades todavía no revelan las identidades de las víctimas, ni el móvil del ataque. Uno se queda pensando, ¿quiénes eran estos señores? ¿Y por qué alguien quizo quitarles la vida?
Este tipo de incidentes nos sacude, nos hace sentir inseguros. Hace unos años, Cartago era conocido por su tranquilidad, por sus tradiciones, por su fervor religioso. Pero últimamente, hemos visto cómo la violencia se ha ido infiltrando poco a poco en nuestras comarcas, generando preocupación entre los ciudadanos. Ya no es raro escuchar noticias de asaltos, robos y ahora, esto, un ataque armado con consecuencias fatales. ¿Hasta dónde vamos a llegar, mae?
El Valle Central, que siempre creímos seguro, se está mostrando diferente. La realidad es que la criminalidad no entiende de zonas turísticas ni de barrios residenciales. Está presente en todas partes, acechando, amenazando nuestra forma de vida. Y aunque la policía esté haciendo esfuerzos, parece que no basta. Necesitamos soluciones integrales, que vayan más allá de simplemente aumentar la vigilancia.
Muchos recuerdan con nostalgia aquellos tiempos en los que podías caminar tranquilo por las calles, incluso de noche. Cuando los niños jugaban afuera sin temor, cuando los ancianos podían sentarse en las porteras a conversar sin preocupaciones. Esos recuerdos, hoy, tienen un sabor amargo. Nos hacen reflexionar sobre lo que hemos perdido y sobre lo que necesitamos recuperar para construir un país más justo y seguro para todos.
Es cierto que el dolor de estas familias es inconmensurable y que nadie puede reparar la pérdida irreparable. Pero también es importante analizar qué nos llevó a esta situación y qué podemos hacer para evitar que tragedias como esta vuelvan a ocurrir. Ahora bien, hablando de eso, ¿ustedes creen que deberíamos enfocarnos más en programas sociales que aborden las causas profundas de la violencia, o cree que la solución pasa primordialmente por endurecer las leyes y aumentar el castigo para los delincuentes?
La tarde estaba tranquila, esos momentos previos al atardecer que tanto apreciamos acá en el país, cuando de repente todo se vino abajo. Un ataque armado a plena luz del día, eso sí que te pone los pelos de punta. Según los primeros informes, todo pasó en una calle residencial, un lugar donde uno espera encontrar paz y tranquilidad, no balas volando y gente sufriendo.
La Cruz Roja llegó rapidito, pero ya era demasiado tarde. Los paramédicos trabajaron duro, intentando reanimarlos, pero los tres hombres, pobres, ya habían partido. Múltiples impactos de bala… ¡qué pesar! Imagínate la desesperación de los vecinos, viendo cómo llegaban los ambulantes y la Fuerza Pública, tratando de entender qué había pasado ahí mismo, a pocos metros de sus casas.
La zona quedó acordonada, como es protocolo, para que los judiciales pudieran hacer su trabajo sin interrupciones. Se rastrearon evidencias, se recogieron testimonios... Todo con la esperanza de poder esclarecer este terrible hecho. Pero hasta ahora, hay más humo que claridad. Las autoridades todavía no revelan las identidades de las víctimas, ni el móvil del ataque. Uno se queda pensando, ¿quiénes eran estos señores? ¿Y por qué alguien quizo quitarles la vida?
Este tipo de incidentes nos sacude, nos hace sentir inseguros. Hace unos años, Cartago era conocido por su tranquilidad, por sus tradiciones, por su fervor religioso. Pero últimamente, hemos visto cómo la violencia se ha ido infiltrando poco a poco en nuestras comarcas, generando preocupación entre los ciudadanos. Ya no es raro escuchar noticias de asaltos, robos y ahora, esto, un ataque armado con consecuencias fatales. ¿Hasta dónde vamos a llegar, mae?
El Valle Central, que siempre creímos seguro, se está mostrando diferente. La realidad es que la criminalidad no entiende de zonas turísticas ni de barrios residenciales. Está presente en todas partes, acechando, amenazando nuestra forma de vida. Y aunque la policía esté haciendo esfuerzos, parece que no basta. Necesitamos soluciones integrales, que vayan más allá de simplemente aumentar la vigilancia.
Muchos recuerdan con nostalgia aquellos tiempos en los que podías caminar tranquilo por las calles, incluso de noche. Cuando los niños jugaban afuera sin temor, cuando los ancianos podían sentarse en las porteras a conversar sin preocupaciones. Esos recuerdos, hoy, tienen un sabor amargo. Nos hacen reflexionar sobre lo que hemos perdido y sobre lo que necesitamos recuperar para construir un país más justo y seguro para todos.
Es cierto que el dolor de estas familias es inconmensurable y que nadie puede reparar la pérdida irreparable. Pero también es importante analizar qué nos llevó a esta situación y qué podemos hacer para evitar que tragedias como esta vuelvan a ocurrir. Ahora bien, hablando de eso, ¿ustedes creen que deberíamos enfocarnos más en programas sociales que aborden las causas profundas de la violencia, o cree que la solución pasa primordialmente por endurecer las leyes y aumentar el castigo para los delincuentes?