¡Ay, Dios mío! Quién iba a decir que una noticia china nos tocaría así por dentro, diay. Acá en Costa Rica estamos acostumbrados al sudor en la frente, pero esto del señor Zhang... eso sí es brete. Resulta que este señor, artesano de vidrio en China, le ha puesto precio al arte, literalmente. Su cara, ahora deformada por años de soplado, es testimonio vivo de un trabajo que, aunque admirable, te cobra caro.
Zhang, con sus 48 añitos, lleva tres décadas dedicándole el alma al soplado de vidrio en Zhongshan. Imagínate, 30 años inflando vidrio, y el resultado es este espectáculo digno de National Geographic: sus mejillas, hinchadas como globos, y una apariencia general que le valió el apodo cariñoso (aunque con un toque agridulce) de “el príncipe rana”. La historia se viralizó rápido, claro, porque en estos tiempos todo lo raro pega vuelo en internet. Pero más allá del morbo inicial, la gente empezó a reflexionar, y ahí es donde el asunto se pone interesante.
Para aquellos que no estén familiarizados con el rollo, el soplado de vidrio es un arte ancestral, con más de mil años de historia en China, y una técnica que requiere una precisión y fuerza impresionante. Hay que meterle cosquillas al aire por un tubo larguísimo, como si fueras a volar cometas, pero con vidrio fundido a casi mil grados. Es jalarse una torta constante, dicen los chinos, y viendo la cara del señor Zhang, uno les cree fácil. El truco está en controlar el flujo de aire y la rotación, para darle forma a la masa de cristal hirviendo. Y esa repetición, ay, esa repetición… ahí radica la tragedia, o al menos, la explicación científica de la transformación facial.
Según cuentan, al principio, cuando era jovencito, la cara de Zhang estaba normal, como la de cualquier otro lao. Pero conforme pasaban los años y la práctica se volvía más intensa, los músculos de sus mejillas empezaron a ceder, estirándose y perdiendo firmeza bajo la presión constante del soplido. Ahora, cada vez que sopla para darle forma al vidrio, sus mejillas se inflan visiblemente, acentuando esa imagen de anfibio andante. Dice él mismo que lo toma con humor, pero uno imagina que por las noches, pensando en el precio que ha pagado por su arte, le entra el sal.
En la fábrica, sus compañeros lo apodan con amor “el hermano bocazas” – me imagino que por el tamaño de sus mejillas, diay –, y él se auto-denomina “el príncipe rana”. Ese sentido del humor es clave, creo yo, para poder lidiar con una condición así. Pero no nos engañemos, detrás de la sonrisa hay un relato de sacrificio, de desgaste físico y de esas verdades incómodas que la sociedad prefiere ignorar: el costo humano del trabajo manual intensivo, especialmente en oficios tan arraigados en la cultura como el soplado de vidrio. Una vara que nos toca a muchos, aquí en Costa Rica también, con nuestras propias historias de esfuerzo y renuncia.
Y hablando de cultura, el caso de Zhang nos recuerda que el patrimonio cultural no siempre viene con lazos y encajes. A veces, el patrimonio se manifiesta en cuerpos cansados, manos callosas y rostros marcados por el tiempo y el trabajo. Nos invita a reconsiderar nuestra relación con la artesanía y a preguntarnos cómo podemos proteger no solo las técnicas ancestrales, sino también la salud y el bienestar de quienes las perpetúan. Que acaso no vale la pena invertir en ergonomía, en formación vocacional y en medidas preventivas, para evitar que otros artesanos terminen con la cara de “príncipe rana”? Pura reflexión, chunches.
El video de Zhang soplando vidrio se volvió viral, generando reacciones encontradas. Algunos lo toman como una curiosidad pintoresca, unos minutos de entretenimiento fugaz. Otros, en cambio, sienten profunda admiración y respeto por su dedicación y perseverancia. “No me hace ni gracia, me conmueve pensar en todo lo que ha sacrificado”, escribió un usuario. Y no es para menos. Uno piensa en todos esos trabajadores incansables que, día tras día, luchan por sacar adelante a sus familias con el sudor de su frente, y uno se queda pensando... El cuerpo, al final, es el gran testigo mudo de una vida entera dedicada al trabajo.
Entonces, mi gente, acá les dejo la pregunta para meditar: ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por aquello en lo que creemos? ¿Deberíamos exigir mejores condiciones laborales para los artesanos, aunque ello implique modernizar técnicas ancestrales, o deberíamos preservar la tradición a toda costa, aun a riesgo de sacrificar la salud y el bienestar de quienes la practican? ¡Déjenme sus opiniones en los comentarios, quiero saber qué piensan!
Zhang, con sus 48 añitos, lleva tres décadas dedicándole el alma al soplado de vidrio en Zhongshan. Imagínate, 30 años inflando vidrio, y el resultado es este espectáculo digno de National Geographic: sus mejillas, hinchadas como globos, y una apariencia general que le valió el apodo cariñoso (aunque con un toque agridulce) de “el príncipe rana”. La historia se viralizó rápido, claro, porque en estos tiempos todo lo raro pega vuelo en internet. Pero más allá del morbo inicial, la gente empezó a reflexionar, y ahí es donde el asunto se pone interesante.
Para aquellos que no estén familiarizados con el rollo, el soplado de vidrio es un arte ancestral, con más de mil años de historia en China, y una técnica que requiere una precisión y fuerza impresionante. Hay que meterle cosquillas al aire por un tubo larguísimo, como si fueras a volar cometas, pero con vidrio fundido a casi mil grados. Es jalarse una torta constante, dicen los chinos, y viendo la cara del señor Zhang, uno les cree fácil. El truco está en controlar el flujo de aire y la rotación, para darle forma a la masa de cristal hirviendo. Y esa repetición, ay, esa repetición… ahí radica la tragedia, o al menos, la explicación científica de la transformación facial.
Según cuentan, al principio, cuando era jovencito, la cara de Zhang estaba normal, como la de cualquier otro lao. Pero conforme pasaban los años y la práctica se volvía más intensa, los músculos de sus mejillas empezaron a ceder, estirándose y perdiendo firmeza bajo la presión constante del soplido. Ahora, cada vez que sopla para darle forma al vidrio, sus mejillas se inflan visiblemente, acentuando esa imagen de anfibio andante. Dice él mismo que lo toma con humor, pero uno imagina que por las noches, pensando en el precio que ha pagado por su arte, le entra el sal.
En la fábrica, sus compañeros lo apodan con amor “el hermano bocazas” – me imagino que por el tamaño de sus mejillas, diay –, y él se auto-denomina “el príncipe rana”. Ese sentido del humor es clave, creo yo, para poder lidiar con una condición así. Pero no nos engañemos, detrás de la sonrisa hay un relato de sacrificio, de desgaste físico y de esas verdades incómodas que la sociedad prefiere ignorar: el costo humano del trabajo manual intensivo, especialmente en oficios tan arraigados en la cultura como el soplado de vidrio. Una vara que nos toca a muchos, aquí en Costa Rica también, con nuestras propias historias de esfuerzo y renuncia.
Y hablando de cultura, el caso de Zhang nos recuerda que el patrimonio cultural no siempre viene con lazos y encajes. A veces, el patrimonio se manifiesta en cuerpos cansados, manos callosas y rostros marcados por el tiempo y el trabajo. Nos invita a reconsiderar nuestra relación con la artesanía y a preguntarnos cómo podemos proteger no solo las técnicas ancestrales, sino también la salud y el bienestar de quienes las perpetúan. Que acaso no vale la pena invertir en ergonomía, en formación vocacional y en medidas preventivas, para evitar que otros artesanos terminen con la cara de “príncipe rana”? Pura reflexión, chunches.
El video de Zhang soplando vidrio se volvió viral, generando reacciones encontradas. Algunos lo toman como una curiosidad pintoresca, unos minutos de entretenimiento fugaz. Otros, en cambio, sienten profunda admiración y respeto por su dedicación y perseverancia. “No me hace ni gracia, me conmueve pensar en todo lo que ha sacrificado”, escribió un usuario. Y no es para menos. Uno piensa en todos esos trabajadores incansables que, día tras día, luchan por sacar adelante a sus familias con el sudor de su frente, y uno se queda pensando... El cuerpo, al final, es el gran testigo mudo de una vida entera dedicada al trabajo.
Entonces, mi gente, acá les dejo la pregunta para meditar: ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por aquello en lo que creemos? ¿Deberíamos exigir mejores condiciones laborales para los artesanos, aunque ello implique modernizar técnicas ancestrales, o deberíamos preservar la tradición a toda costa, aun a riesgo de sacrificar la salud y el bienestar de quienes la practican? ¡Déjenme sus opiniones en los comentarios, quiero saber qué piensan!