Maes, sentémonos a hablar de una vara que se nos está saliendo de las manos y que, si no le ponemos atención, va a terminar de explotarnos en la cara. Leí una columna de Fiorella Salazar, la exministra de Justicia, que me dejó pensando un montón. La vara es simple y terrorífica: el cuento de hadas que muchos carajillos se están creyendo de que “si soy menor, no me pasa nada”. ¡Qué torta más monumental! Estamos viendo cómo güilas de 13 años andan en sicariato, reclutados por bandas que les venden la fantasía de la plata fácil y el poder, cuando en realidad los están mandando a una tumba o a una celda. Y el combustible de todo este despiche es esa idea, esa peligrosísima mentira, de que la justicia para ellos es un chiste.
Diay, seamos honestos. Esa falacia de la impunidad no nació sola. Se alimenta de la desinformación y, peor aún, de adultos irresponsables que usan a los menores como carne de cañón, sabiendo que el sistema, en teoría, es más suave con ellos. Pero como bien dice Salazar, esa es una fantasía que se rompe de un solo golpe contra la realidad del Centro Juvenil Zurquí. El carajillo se jala la torta de su vida pensando que es un juego, y cuando se da cuenta, ya tiene un expediente y una vida marcada. La Ley de Justicia Penal Juvenil existe, mae. Desde los 12 años hay consecuencias, y no son un regaño. Son sanciones reales, que van desde medidas que buscan educar hasta el encierro. El problema es que este mensaje no está llegando, o está llegando demasiado tarde, cuando el daño ya está hecho.
Pero aquí es donde la vara se pone más compleja. No es solo un tema de que los güilas “se portan mal”. Detrás de cada menor reclutado hay un coctel del desastre: un chante hecho leña, falta de oportunidades, la escuela que se dejó botada, y esa necesidad casi primitiva de pertenecer a algo, a lo que sea. Y claro, entra el crimen organizado, que es un carga en marketing del malo: te ofrece tenis de marca, una moto tuanis y la sensación de ser alguien, a cambio de tu futuro. Es un brete de seducción macabro. Y a eso sumémosle la glorificación del malo que vemos en series y hasta en la música, donde el narco es el héroe y la violencia es la herramienta para el “éxito”. Ese es el espejo en el que se están mirando, y diay, la imagen que devuelve es fatal.
Entonces, ¿qué hacemos? Porque está clarísimo que esto no se arregla a puro garrote ni llenando más centros juveniles. La respuesta no puede ser solo castigo, tiene que ser prevención en esteroides. Esto empieza en la casa, con tatas y mamás que hablen claro, que pongan límites y que no le tengan miedo a la conversación incómoda sobre las consecuencias. Sigue en la escuela, con un sistema que no solo enseñe mate y español, sino que también dé herramientas para la vida, para manejar la frustración y para entender que la libertad viene amarrada a la responsabilidad. Y por supuesto, el Estado tiene que ponerse las pilas, invirtiendo en deporte, en cultura, en espacios seguros donde un güila pueda descubrir que es bueno para algo más que para jalar un gatillo.
Al final del día, cada carajillo que se nos pierde en esa vara es un fracaso de todos. No es un número más en la estadística del OIJ; es una vida que se descarriló y, muy a menudo, otras vidas que se llevó por delante. La utopía que plantea la exministra, de que ningún joven vea la violencia como su único camino, no debería ser una utopía, debería ser nuestro brete de todos los días. Es fácil señalar y culpar, pero la pregunta real es más incómoda. Por eso se las dejo picando para el foro, maes: más allá de echarle la culpa al gobierno o a “la sociedad”, ¿qué estamos haciendo nosotros, en nuestro metro cuadrado, para que un güila de nuestro barrio prefiera agarrar un libro, una bola o un pincel, en lugar de una pistola?
Diay, seamos honestos. Esa falacia de la impunidad no nació sola. Se alimenta de la desinformación y, peor aún, de adultos irresponsables que usan a los menores como carne de cañón, sabiendo que el sistema, en teoría, es más suave con ellos. Pero como bien dice Salazar, esa es una fantasía que se rompe de un solo golpe contra la realidad del Centro Juvenil Zurquí. El carajillo se jala la torta de su vida pensando que es un juego, y cuando se da cuenta, ya tiene un expediente y una vida marcada. La Ley de Justicia Penal Juvenil existe, mae. Desde los 12 años hay consecuencias, y no son un regaño. Son sanciones reales, que van desde medidas que buscan educar hasta el encierro. El problema es que este mensaje no está llegando, o está llegando demasiado tarde, cuando el daño ya está hecho.
Pero aquí es donde la vara se pone más compleja. No es solo un tema de que los güilas “se portan mal”. Detrás de cada menor reclutado hay un coctel del desastre: un chante hecho leña, falta de oportunidades, la escuela que se dejó botada, y esa necesidad casi primitiva de pertenecer a algo, a lo que sea. Y claro, entra el crimen organizado, que es un carga en marketing del malo: te ofrece tenis de marca, una moto tuanis y la sensación de ser alguien, a cambio de tu futuro. Es un brete de seducción macabro. Y a eso sumémosle la glorificación del malo que vemos en series y hasta en la música, donde el narco es el héroe y la violencia es la herramienta para el “éxito”. Ese es el espejo en el que se están mirando, y diay, la imagen que devuelve es fatal.
Entonces, ¿qué hacemos? Porque está clarísimo que esto no se arregla a puro garrote ni llenando más centros juveniles. La respuesta no puede ser solo castigo, tiene que ser prevención en esteroides. Esto empieza en la casa, con tatas y mamás que hablen claro, que pongan límites y que no le tengan miedo a la conversación incómoda sobre las consecuencias. Sigue en la escuela, con un sistema que no solo enseñe mate y español, sino que también dé herramientas para la vida, para manejar la frustración y para entender que la libertad viene amarrada a la responsabilidad. Y por supuesto, el Estado tiene que ponerse las pilas, invirtiendo en deporte, en cultura, en espacios seguros donde un güila pueda descubrir que es bueno para algo más que para jalar un gatillo.
Al final del día, cada carajillo que se nos pierde en esa vara es un fracaso de todos. No es un número más en la estadística del OIJ; es una vida que se descarriló y, muy a menudo, otras vidas que se llevó por delante. La utopía que plantea la exministra, de que ningún joven vea la violencia como su único camino, no debería ser una utopía, debería ser nuestro brete de todos los días. Es fácil señalar y culpar, pero la pregunta real es más incómoda. Por eso se las dejo picando para el foro, maes: más allá de echarle la culpa al gobierno o a “la sociedad”, ¿qué estamos haciendo nosotros, en nuestro metro cuadrado, para que un güila de nuestro barrio prefiera agarrar un libro, una bola o un pincel, en lugar de una pistola?