¡Ay, pata negra! Parece que Costa Rica le va agarrando al ritmo de los años, y no precisamente como quisiéramos. Un estudio reciente de la Universidad Nacional (UNA) nos ha echado un baldón de agua fría: en 2050, nos vamos a ver bien canosos y con un montón de desafíos encima. Olvídate de las playas llenas de jóvenes y prepárate para ver más bastones que tablas de surf.
La investigación, liderada por Lidia Orias del PROGOT-ECG-UNA, no anduvo con rodeos. Nos dijo clarito que el envejecimiento poblacional no es una especulación, sino una certidumbre demográfica inminente. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), la cosa está que arde: para mediados de siglo, casi el 25% de la población tendrá más de 65 años. ¡Eso sí que es un changarro!
Y ni hablar de la cantidad de adultos mayores que tendremos. Hoy tenemos alrededor de 600 mil, y para entonces… ¡prepárense! Superarán el millón y trescientas treinta mil personas. Eso significa que tendríamos que empezar a construir más centros para el adulto mayor que guarderías. El brete es considerable.
Pero eso no es todo, porque la tasa de fecundidad de apenas 1.19 hijos por mujer no garantiza el reemplazo generacional. ¡Ni aunque traigamos a todos los primos que tenemos afuera! Estamos hablando de un país que, según las proyecciones, nunca alcanzará los seis millones de habitantes. Retrocedemos, diay. La migración fronteriza no será suficiente para cubrir el déficit de mano de obra joven, ¡qué pena!
Si te parece que esto es complicado, espera a escuchar las consecuencias económicas. Con 39 adultos mayores por cada 100 trabajadores, la presión sobre la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) y los sistemas de pensiones será brutal. Además, la población menor de 14 años disminuirá un 20%, quedándose en menos de 900 mil niños. ¡Un panorama bien desolador para las escuelas y los colegios!
La cosa se pone aún más turbia si miramos el mapa del país. Mientras que cantones como Montes de Oca, Tibás y San José se convertirán en verdaderas “ciudades de abuelos” –con San José Capital llevando la batuta con 357 adultos mayores por cada 100 menores de 15 años–, lugares como Coto Brus o Buenos Aires enfrentarán el envejecimiento sin acceso adecuado a servicios básicos. ¡Esto es pura sal!
Y ni hablemos de la Zona Azul de Nicoya, ese lugar famoso por la longevidad. Resulta que nuestros abuelitos nicoyanos están sufriendo pobreza, sedentarismo y enfermedades crónicas como la diabetes. Se les está borrando la ventaja de vivir muchos años sanos. Lo que era un orgullo nacional se está convirtiendo en un problema social urgente. Tendremos que darle maña para cambiar esta vaya.
Por último, pero no menos importante, el estudio nos recuerda que la informalidad laboral de hoy es la miseria de mañana. Muchos trabajadores no cotizan regularmente a la CCSS, lo que significa que una gran masa de adultos mayores se quedará sin pensión y dependerá de ayudas estatales limitadas. Realmente, ¿cómo vamos a resolver este enredo? ¿Será que Costa Rica logrará adaptarse a este nuevo paradigma demográfico y brindar una vida digna a sus ciudadanos de la tercera edad, o seguiremos arrastrando los pies hacia un futuro incierto?
La investigación, liderada por Lidia Orias del PROGOT-ECG-UNA, no anduvo con rodeos. Nos dijo clarito que el envejecimiento poblacional no es una especulación, sino una certidumbre demográfica inminente. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), la cosa está que arde: para mediados de siglo, casi el 25% de la población tendrá más de 65 años. ¡Eso sí que es un changarro!
Y ni hablar de la cantidad de adultos mayores que tendremos. Hoy tenemos alrededor de 600 mil, y para entonces… ¡prepárense! Superarán el millón y trescientas treinta mil personas. Eso significa que tendríamos que empezar a construir más centros para el adulto mayor que guarderías. El brete es considerable.
Pero eso no es todo, porque la tasa de fecundidad de apenas 1.19 hijos por mujer no garantiza el reemplazo generacional. ¡Ni aunque traigamos a todos los primos que tenemos afuera! Estamos hablando de un país que, según las proyecciones, nunca alcanzará los seis millones de habitantes. Retrocedemos, diay. La migración fronteriza no será suficiente para cubrir el déficit de mano de obra joven, ¡qué pena!
Si te parece que esto es complicado, espera a escuchar las consecuencias económicas. Con 39 adultos mayores por cada 100 trabajadores, la presión sobre la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) y los sistemas de pensiones será brutal. Además, la población menor de 14 años disminuirá un 20%, quedándose en menos de 900 mil niños. ¡Un panorama bien desolador para las escuelas y los colegios!
La cosa se pone aún más turbia si miramos el mapa del país. Mientras que cantones como Montes de Oca, Tibás y San José se convertirán en verdaderas “ciudades de abuelos” –con San José Capital llevando la batuta con 357 adultos mayores por cada 100 menores de 15 años–, lugares como Coto Brus o Buenos Aires enfrentarán el envejecimiento sin acceso adecuado a servicios básicos. ¡Esto es pura sal!
Y ni hablemos de la Zona Azul de Nicoya, ese lugar famoso por la longevidad. Resulta que nuestros abuelitos nicoyanos están sufriendo pobreza, sedentarismo y enfermedades crónicas como la diabetes. Se les está borrando la ventaja de vivir muchos años sanos. Lo que era un orgullo nacional se está convirtiendo en un problema social urgente. Tendremos que darle maña para cambiar esta vaya.
Por último, pero no menos importante, el estudio nos recuerda que la informalidad laboral de hoy es la miseria de mañana. Muchos trabajadores no cotizan regularmente a la CCSS, lo que significa que una gran masa de adultos mayores se quedará sin pensión y dependerá de ayudas estatales limitadas. Realmente, ¿cómo vamos a resolver este enredo? ¿Será que Costa Rica logrará adaptarse a este nuevo paradigma demográfico y brindar una vida digna a sus ciudadanos de la tercera edad, o seguiremos arrastrando los pies hacia un futuro incierto?