Mae, a quién no le han llegado a ofrecer el negocio del siglo. Ese que suena demasiado bueno para ser verdad, con promesas de retornos de inversión que harían llorar de envidia a cualquier corredor de bolsa. Usualmente uno los manda a volar, pero a veces, la presentación es tan pulida y la labia tan buena que la gente cae. Y cuando caen, el despiche es monumental. Este es el caso de Smart Profit Investment, una supuesta empresa que dejó un hueco de $2.4 millones y un reguero de sueños rotos, deudas y familias en crisis. ¡Qué despiche más bien armado!
Aquí la vara no es solo de plata. Es una procesión de historias que de verdad ahuevan. Por un lado, tenemos a Yorleni Corrales, una de las casi 700 víctimas que ahora lidia con ansiedad y una desconfianza que cala hasta los huesos. Y por otro, a Cindy Méndez, a quien le sacaron casi $80 mil. Ochenta mil dólares, maes. Ella cuenta cómo la engatusaron con eventos en hoteles de lujo, con pantallas gigantes, cafecito del bueno y testimonios que parecían sacados de un cuento de hadas. Confiada, sacó un préstamo para entrarle al “negocio”. Al principio, caían unos paguitos que la hacían sentir segura, pero como en toda pirámide que se respete, la base colapsó y toda la vara se fue al traste.
Y el supuesto cerebro de esta operación, un tal Jonathan Saborío Alfaro, ¿dónde está? Diay, como era de esperarse, apenas empezaron los problemas, puso pies en polvorosa. El registro de Migración confirma que jaló para Panamá en abril de 2024 y oficialmente nunca regresó. Lo más loco es que hay videos de él en un hotel de San José en diciembre de ese mismo año, en plena fiesta con un montón de gente. Los afectados creen que el video es viejo, pero igual, el descaro es de otro nivel. Mientras tanto, cientos de familias siguen aquí, pagando préstamos por una plata que se esfumó.
¿Y cómo los convencieron? Con el clásico menú de la estafa moderna: un coctel de palabras que suenan a futuro, a tecnología, a que usted es un visionario por invertir. Hablaban de criptomonedas, de minería digital, de GPUs (que son las tarjetas de video que usa su compa el gamer, pero para “generar plata”) y de almacenamiento en la nube. Un montón de términos que, para la mayoría, son chino mandarín, pero que en boca de estos maes sonaban a la gallina de los huevos de oro. La estrategia es clara: te enredo con tecnicismos para que te sientas ignorante si preguntas y brillante si confías.
Al final, lo que queda es un sentimiento de impotencia brutal. Cindy lo resume perfecto: cada mes que paga el préstamo es un recordatorio de que los estafadores andan libres, probablemente disfrutando de los millones que se llevaron. ¡Qué sal! Una deuda enorme que no se convirtió ni en una casa, ni en un carro, ni en nada tangible, solo en un recordatorio constante del engaño. Y la justicia, como muchas veces en este país, parece que va a paso de tortuga o ni siquiera se ha enterado de la carrera. Esto va más allá de un mal negocio, es un golpe directo a la confianza de la gente.
Maes, la pregunta del millón: ¿hasta cuándo vamos a seguir cayendo en estas varas? ¿Es pura ingenuidad nuestra o es que el sistema se lo pone demasiado fácil a estos vivos para que se salgan con la suya y no pase nada? Abro el debate.
Aquí la vara no es solo de plata. Es una procesión de historias que de verdad ahuevan. Por un lado, tenemos a Yorleni Corrales, una de las casi 700 víctimas que ahora lidia con ansiedad y una desconfianza que cala hasta los huesos. Y por otro, a Cindy Méndez, a quien le sacaron casi $80 mil. Ochenta mil dólares, maes. Ella cuenta cómo la engatusaron con eventos en hoteles de lujo, con pantallas gigantes, cafecito del bueno y testimonios que parecían sacados de un cuento de hadas. Confiada, sacó un préstamo para entrarle al “negocio”. Al principio, caían unos paguitos que la hacían sentir segura, pero como en toda pirámide que se respete, la base colapsó y toda la vara se fue al traste.
Y el supuesto cerebro de esta operación, un tal Jonathan Saborío Alfaro, ¿dónde está? Diay, como era de esperarse, apenas empezaron los problemas, puso pies en polvorosa. El registro de Migración confirma que jaló para Panamá en abril de 2024 y oficialmente nunca regresó. Lo más loco es que hay videos de él en un hotel de San José en diciembre de ese mismo año, en plena fiesta con un montón de gente. Los afectados creen que el video es viejo, pero igual, el descaro es de otro nivel. Mientras tanto, cientos de familias siguen aquí, pagando préstamos por una plata que se esfumó.
¿Y cómo los convencieron? Con el clásico menú de la estafa moderna: un coctel de palabras que suenan a futuro, a tecnología, a que usted es un visionario por invertir. Hablaban de criptomonedas, de minería digital, de GPUs (que son las tarjetas de video que usa su compa el gamer, pero para “generar plata”) y de almacenamiento en la nube. Un montón de términos que, para la mayoría, son chino mandarín, pero que en boca de estos maes sonaban a la gallina de los huevos de oro. La estrategia es clara: te enredo con tecnicismos para que te sientas ignorante si preguntas y brillante si confías.
Al final, lo que queda es un sentimiento de impotencia brutal. Cindy lo resume perfecto: cada mes que paga el préstamo es un recordatorio de que los estafadores andan libres, probablemente disfrutando de los millones que se llevaron. ¡Qué sal! Una deuda enorme que no se convirtió ni en una casa, ni en un carro, ni en nada tangible, solo en un recordatorio constante del engaño. Y la justicia, como muchas veces en este país, parece que va a paso de tortuga o ni siquiera se ha enterado de la carrera. Esto va más allá de un mal negocio, es un golpe directo a la confianza de la gente.
Maes, la pregunta del millón: ¿hasta cuándo vamos a seguir cayendo en estas varas? ¿Es pura ingenuidad nuestra o es que el sistema se lo pone demasiado fácil a estos vivos para que se salgan con la suya y no pase nada? Abro el debate.