¡Ay, Dios mío! La junta directiva de ARESEP acaba de aprobar un nuevo esquema de tarifas eléctricas que, según los expertos – y mi abuela, pa' colgarla– nos va a dejar comiendo hojuelas. Parece que seguimos apostando fuerte por la energía fósil, cuando el mundo entero está buscando alternativas limpias. ¿En qué estábamos pensando?
Desde hace años, el país ha hablado de diversificar nuestra matriz energética, de abrazar las renovables como el sol y el viento. Pero, ¿qué vemos? Seguimos dependiendo del fuel pesado y el diesel, esas varas que nos atan de manos y nos hacen pagar la factura más cara de la región. El informe del Dr. René Castro Salazar, publicado recientemente, era clarito: continuar por este camino es una locura, un despiche monumental.
El problema no es nuevo, claro está. Las promesas de políticos y empresarios siempre han sido flor de pila, pura paja. Prometen parques eólicos gigantescos y plantas hidroeléctricas ultramodernas, pero al final terminamos con unos cuantos paneles solares en el techo de los ministerios y la promesa incumplida de un futuro sostenible. Es evidente que la presión de los grupos de interés poderosos sigue siendo más fuerte que cualquier intento genuino de cambio.
Esta aprobación de las nuevas tarifas no solo afecta nuestro bolsillo directo, sino también la competitividad del país. ¿Cómo vamos a atraer inversión extranjera si somos conocidos como el lugar donde la electricidad sale más cara que un chunche de oro? Además, estamos poniendo en riesgo la salud pública, ya que la quema de combustibles fósiles libera contaminantes que afectan nuestra calidad de vida.
La situación se complica aún más cuando consideramos los efectos del cambio climático. Costa Rica, paradójicamente, que se autodenomina líder ambiental, se niega a dar el salto hacia un modelo energético realmente limpio. Esto, además de ser irresponsable, nos coloca en una posición vulnerable ante fenómenos naturales extremos cada vez más frecuentes e intensos. ¡Qué sal!
Algunos argumentan que la transición energética es costosa y compleja. Dicen que necesitamos tiempo para desarrollar la infraestructura necesaria y capacitar a los profesionales requeridos. Pero, ¿cuánto más tiempo podemos permitirnos perder? Cada día que pasa, estamos acumulando deuda ecológica y comprometiendo el futuro de nuestros hijos. ¿No les parece que esto es una torta enorme?
Es urgente que el gobierno cambie el chip y priorice la inversión en energías renovables. Hay que eliminar las barreras burocráticas que dificultan el desarrollo de proyectos limpios y crear incentivos fiscales para fomentar la adopción de tecnologías sostenibles. También es fundamental educar a la población sobre la importancia de ahorrar energía y adoptar hábitos de consumo responsable. Ese brete tiene que empezar desde arriba, diay.
Y ahora, la pregunta clave para todos ustedes, mis queridos foristas: ¿Creen que Costa Rica tiene la voluntad política y la capacidad técnica para realizar una transición energética justa y equitativa, o estamos condenados a seguir dependiendo de estas varas ancestrales hasta que nos vayamos al traste? Dejen sus opiniones, mánguese.
Desde hace años, el país ha hablado de diversificar nuestra matriz energética, de abrazar las renovables como el sol y el viento. Pero, ¿qué vemos? Seguimos dependiendo del fuel pesado y el diesel, esas varas que nos atan de manos y nos hacen pagar la factura más cara de la región. El informe del Dr. René Castro Salazar, publicado recientemente, era clarito: continuar por este camino es una locura, un despiche monumental.
El problema no es nuevo, claro está. Las promesas de políticos y empresarios siempre han sido flor de pila, pura paja. Prometen parques eólicos gigantescos y plantas hidroeléctricas ultramodernas, pero al final terminamos con unos cuantos paneles solares en el techo de los ministerios y la promesa incumplida de un futuro sostenible. Es evidente que la presión de los grupos de interés poderosos sigue siendo más fuerte que cualquier intento genuino de cambio.
Esta aprobación de las nuevas tarifas no solo afecta nuestro bolsillo directo, sino también la competitividad del país. ¿Cómo vamos a atraer inversión extranjera si somos conocidos como el lugar donde la electricidad sale más cara que un chunche de oro? Además, estamos poniendo en riesgo la salud pública, ya que la quema de combustibles fósiles libera contaminantes que afectan nuestra calidad de vida.
La situación se complica aún más cuando consideramos los efectos del cambio climático. Costa Rica, paradójicamente, que se autodenomina líder ambiental, se niega a dar el salto hacia un modelo energético realmente limpio. Esto, además de ser irresponsable, nos coloca en una posición vulnerable ante fenómenos naturales extremos cada vez más frecuentes e intensos. ¡Qué sal!
Algunos argumentan que la transición energética es costosa y compleja. Dicen que necesitamos tiempo para desarrollar la infraestructura necesaria y capacitar a los profesionales requeridos. Pero, ¿cuánto más tiempo podemos permitirnos perder? Cada día que pasa, estamos acumulando deuda ecológica y comprometiendo el futuro de nuestros hijos. ¿No les parece que esto es una torta enorme?
Es urgente que el gobierno cambie el chip y priorice la inversión en energías renovables. Hay que eliminar las barreras burocráticas que dificultan el desarrollo de proyectos limpios y crear incentivos fiscales para fomentar la adopción de tecnologías sostenibles. También es fundamental educar a la población sobre la importancia de ahorrar energía y adoptar hábitos de consumo responsable. Ese brete tiene que empezar desde arriba, diay.
Y ahora, la pregunta clave para todos ustedes, mis queridos foristas: ¿Creen que Costa Rica tiene la voluntad política y la capacidad técnica para realizar una transición energética justa y equitativa, o estamos condenados a seguir dependiendo de estas varas ancestrales hasta que nos vayamos al traste? Dejen sus opiniones, mánguese.