¡Ay, pata! ¿Quién diría que íbamos a estar hablando de dictaduras en pleno siglo XXI? Pensábamos que esas cosas quedaron atrás, enterradas con el recuerdo amargo de Somoza y las guerras civiles latinoamericanas. Pero resulta que la historia tiene una forma peculiar de repetirse, aunque con disfraces nuevos y unos métodos… bueno, letales.
Como bien dice Raúl Silesky en su artículo, no estamos frente a caudillos con barbas largas y tanques en la calle, sino a regímenes que se escabullen entre leyes y promesas vacías. Lo que realmente les da oxígeno a estos engendros modernos es nuestra apatía, esa certera indiferencia que nos hace voltear hacia otro lado cuando vemos que algo va mal. Es fácil vivir en nuestra burbuja, preocupándonos por el precio del chayote y el próximo feriado, mientras se erosionan las bases de la democracia.
Y no me vengan con el cuento de que “eso no pasa aquí”. Porque precisamente esa actitud cómoda, ese “nosotros somos diferentes”, es lo que alimenta la ilusión de impunidad. Un buen ejemplo es cómo algunos actores políticos han ido minando poco a poco instituciones clave, justificándolo con discursos populistas y promesas grandilocuentes. Han logrado convencer a una parte importante de la población de que ‘ellos’ son los únicos que pueden resolver sus problemas, creando así una base de apoyo incondicional que los protege de cualquier crítica.
Es cierto que la polarización política ha llegado a niveles peligrosos. Ya nadie escucha al otro, todos están encerrados en sus trincheras ideológicas, gritando consignas y acusándose mutuamente de destruir el país. Esto facilita el juego de aquellos que buscan concentrar el poder, porque mientras estemos peleando entre nosotros, ellos van preparando el terreno para tomar el control.
Pero ojo, no todo está perdido. Aún tenemos tiempo de reaccionar. Necesitamos despertar de este letargo colectivo y empezar a exigir transparencia y rendición de cuentas a nuestros gobernantes. No basta con criticar en redes sociales, hay que salir a las calles, participar en debates públicos, informarnos adecuadamente y apoyar a organizaciones que defienden los derechos humanos y el Estado de Derecho. Recordemos que la democracia no es un regalo divino, es una conquista diaria que requiere de la participación activa de todos.
Es fundamental también analizar cómo la desinformación y las noticias falsas contribuyen a la erosión de la confianza en las instituciones. En la era digital, cualquiera puede crear una página web y difundir mentiras a gran escala. Por eso, es crucial desarrollar un pensamiento crítico y contrastar la información antes de compartirla. ¡No nos dejemos engañar por los que quieren sembrar la discordia!
Además, debemos prestar atención a las señales de alerta temprana. Cuando vemos que se restringen las libertades civiles, que se ataca a la prensa libre, que se persigue a los opositores políticos, ahí debemos ponerle el turbo. No podemos esperar a que ya sea demasiado tarde para hacer algo.
En fin, la batalla contra las dictaduras del siglo XXI se libra en nuestras mentes y en nuestras acciones cotidianas. Se trata de mantener viva la llama de la esperanza, de defender nuestros valores democráticos y de construir un futuro más justo y equitativo para todos. Ahora dime, ¿crees que la educación cívica debería ser obligatoria en las escuelas para combatir esta apatía generalizada y preparar a las nuevas generaciones para defender la democracia?
Como bien dice Raúl Silesky en su artículo, no estamos frente a caudillos con barbas largas y tanques en la calle, sino a regímenes que se escabullen entre leyes y promesas vacías. Lo que realmente les da oxígeno a estos engendros modernos es nuestra apatía, esa certera indiferencia que nos hace voltear hacia otro lado cuando vemos que algo va mal. Es fácil vivir en nuestra burbuja, preocupándonos por el precio del chayote y el próximo feriado, mientras se erosionan las bases de la democracia.
Y no me vengan con el cuento de que “eso no pasa aquí”. Porque precisamente esa actitud cómoda, ese “nosotros somos diferentes”, es lo que alimenta la ilusión de impunidad. Un buen ejemplo es cómo algunos actores políticos han ido minando poco a poco instituciones clave, justificándolo con discursos populistas y promesas grandilocuentes. Han logrado convencer a una parte importante de la población de que ‘ellos’ son los únicos que pueden resolver sus problemas, creando así una base de apoyo incondicional que los protege de cualquier crítica.
Es cierto que la polarización política ha llegado a niveles peligrosos. Ya nadie escucha al otro, todos están encerrados en sus trincheras ideológicas, gritando consignas y acusándose mutuamente de destruir el país. Esto facilita el juego de aquellos que buscan concentrar el poder, porque mientras estemos peleando entre nosotros, ellos van preparando el terreno para tomar el control.
Pero ojo, no todo está perdido. Aún tenemos tiempo de reaccionar. Necesitamos despertar de este letargo colectivo y empezar a exigir transparencia y rendición de cuentas a nuestros gobernantes. No basta con criticar en redes sociales, hay que salir a las calles, participar en debates públicos, informarnos adecuadamente y apoyar a organizaciones que defienden los derechos humanos y el Estado de Derecho. Recordemos que la democracia no es un regalo divino, es una conquista diaria que requiere de la participación activa de todos.
Es fundamental también analizar cómo la desinformación y las noticias falsas contribuyen a la erosión de la confianza en las instituciones. En la era digital, cualquiera puede crear una página web y difundir mentiras a gran escala. Por eso, es crucial desarrollar un pensamiento crítico y contrastar la información antes de compartirla. ¡No nos dejemos engañar por los que quieren sembrar la discordia!
Además, debemos prestar atención a las señales de alerta temprana. Cuando vemos que se restringen las libertades civiles, que se ataca a la prensa libre, que se persigue a los opositores políticos, ahí debemos ponerle el turbo. No podemos esperar a que ya sea demasiado tarde para hacer algo.
En fin, la batalla contra las dictaduras del siglo XXI se libra en nuestras mentes y en nuestras acciones cotidianas. Se trata de mantener viva la llama de la esperanza, de defender nuestros valores democráticos y de construir un futuro más justo y equitativo para todos. Ahora dime, ¿crees que la educación cívica debería ser obligatoria en las escuelas para combatir esta apatía generalizada y preparar a las nuevas generaciones para defender la democracia?