Miren, pa' empezar, yo vengo de casa donde mi abu siempre decía "el que no trabaja, no come". No hablando de laburo físico solamente, sino del compromiso que tenemos como ciudadanos. Desde chiquita, vi a mis papás agarrarle gallito a la política, no importaba qué partido, lo importante era ejercer el derecho al voto. Recuerdo las fiestas electorales en el Parque de Guadalupe, pura carnvalización, pitos, banderitas... ¡una chivatonería!, pero con la seriedad de saber que estábamos construyendo algo.
Ahora, la vara ha cambiado. Hoy, muchos se rascan la cabeza pensando: ¿pa' qué molestarme? Entre tanta notícia turbia y políticos que parecen sacados de una novela, es fácil caer en la apatía. Te dicen que nada va a cambiar, que ya está, que mejor te quedas viendo teleseries y comiéndote panela. Y sí, a veces da ganas de mandar todo al diablo y olvidarme de la política. Entiendo a esos que sienten que es un sacrificio tener que ir a hacer fila un domingo caluroso bajo el sol para marcar una X en un papelito. Es duro, nadie lo niega.
Pero díganme, ¿quién quiere dejarle a sus hijos un país donde la calle esté llena de incertidumbre y el futuro incierto? ¿Quién quiere que otros decidan por ti, que te impongan cómo quieres vivir? Porque ojo, cuando te quedas en casa, estás cediendo tu voz. Estás dejando que otros hablen por ti, que tomen decisiones que te afectarán a ti también. No importa si no encuentras al candidato perfecto, ese unicornio que resuelve todos los problemas de Costa Rica; lo importante es escoger a alguien que te parezca mínimamente decente, alguien que tenga un atisbo de sentido común y respeto por la población.
Entiendo que la política es un circo, pero no podemos abandonar la función. Porque si todos nos vamos, los payasos se quedan solos manejando el país. Y créanme, no queremos eso. Aquí estamos tranquilos, somos un pueblo pacífico, pero eso no significa que debamos conformarnos con cualquier cosa. Tenemos la responsabilidad de exigir, de participar, de hacernos escuchar. Costa Rica ha sido un faro de democracia en Latinoamérica, y no podemos permitir que ese brillo se apague por indiferencia.
Recuerdo una vez que me dijo una señora mayor, luego de esperar casi dos horas en la fila para votar, “Hija, este es el regalo más grande que nos dio la historia. Ni nuestros padres ni nuestros abuelos tuvieron este derecho”. Era verdad. Nosotros, los costarricenses, tenemos un privilegio enorme: la capacidad de elegir a nuestros gobernantes. Un derecho que muchos en el mundo envidian y por el cual luchan. Ponerlo en riesgo por pereza o hartazgo es un lujo que no nos podemos dar.
Muchos se quejan de la corrupción, de la falta de oportunidades, de la injusticia social… Y tienen razón, hay muchísimos problemas que resolver. Pero quejarse desde la comodidad del sillón no sirve de nada. Hay que actuar. Hay que involucrarse. Hay que votar. Incluso si sientes que tu voto no cuenta, que es solo una gota en un océano. Esa gota es importante. Todas suman. Es como regar una planta: no ves resultados inmediatos, pero poco a poco, la semilla germina y florece.
Miremos a Venezuela, a Nicaragua, a tantos países donde la gente anhela tener la oportunidad que nosotros tenemos. Allí, la gente arriesga su vida por poder elegir. ¡Nosotros tenemos eso servido en bandeja de plata! Es hora de valorar lo que tenemos, de no darle barato a nuestra democracia. Ese derecho a la libre elección no se oxida solo por pasar el tiempo, se oxida por el abandono. Así que agarren sus cédulas, vayan a votar, y hagan valer su voz. Piensen en sus hijos, en sus nietos, en el futuro de Costa Rica. No se queden dando vueltas en la desesperación, este es el momento de actuar.
Entonces, díganme, ¿creen ustedes que, a pesar de toda la desilusión, la participación ciudadana sigue siendo la mejor herramienta que tenemos para construir un futuro mejor para Costa Rica? ¿O consideran que ya es tarde y la nave ya se hundió?
Ahora, la vara ha cambiado. Hoy, muchos se rascan la cabeza pensando: ¿pa' qué molestarme? Entre tanta notícia turbia y políticos que parecen sacados de una novela, es fácil caer en la apatía. Te dicen que nada va a cambiar, que ya está, que mejor te quedas viendo teleseries y comiéndote panela. Y sí, a veces da ganas de mandar todo al diablo y olvidarme de la política. Entiendo a esos que sienten que es un sacrificio tener que ir a hacer fila un domingo caluroso bajo el sol para marcar una X en un papelito. Es duro, nadie lo niega.
Pero díganme, ¿quién quiere dejarle a sus hijos un país donde la calle esté llena de incertidumbre y el futuro incierto? ¿Quién quiere que otros decidan por ti, que te impongan cómo quieres vivir? Porque ojo, cuando te quedas en casa, estás cediendo tu voz. Estás dejando que otros hablen por ti, que tomen decisiones que te afectarán a ti también. No importa si no encuentras al candidato perfecto, ese unicornio que resuelve todos los problemas de Costa Rica; lo importante es escoger a alguien que te parezca mínimamente decente, alguien que tenga un atisbo de sentido común y respeto por la población.
Entiendo que la política es un circo, pero no podemos abandonar la función. Porque si todos nos vamos, los payasos se quedan solos manejando el país. Y créanme, no queremos eso. Aquí estamos tranquilos, somos un pueblo pacífico, pero eso no significa que debamos conformarnos con cualquier cosa. Tenemos la responsabilidad de exigir, de participar, de hacernos escuchar. Costa Rica ha sido un faro de democracia en Latinoamérica, y no podemos permitir que ese brillo se apague por indiferencia.
Recuerdo una vez que me dijo una señora mayor, luego de esperar casi dos horas en la fila para votar, “Hija, este es el regalo más grande que nos dio la historia. Ni nuestros padres ni nuestros abuelos tuvieron este derecho”. Era verdad. Nosotros, los costarricenses, tenemos un privilegio enorme: la capacidad de elegir a nuestros gobernantes. Un derecho que muchos en el mundo envidian y por el cual luchan. Ponerlo en riesgo por pereza o hartazgo es un lujo que no nos podemos dar.
Muchos se quejan de la corrupción, de la falta de oportunidades, de la injusticia social… Y tienen razón, hay muchísimos problemas que resolver. Pero quejarse desde la comodidad del sillón no sirve de nada. Hay que actuar. Hay que involucrarse. Hay que votar. Incluso si sientes que tu voto no cuenta, que es solo una gota en un océano. Esa gota es importante. Todas suman. Es como regar una planta: no ves resultados inmediatos, pero poco a poco, la semilla germina y florece.
Miremos a Venezuela, a Nicaragua, a tantos países donde la gente anhela tener la oportunidad que nosotros tenemos. Allí, la gente arriesga su vida por poder elegir. ¡Nosotros tenemos eso servido en bandeja de plata! Es hora de valorar lo que tenemos, de no darle barato a nuestra democracia. Ese derecho a la libre elección no se oxida solo por pasar el tiempo, se oxida por el abandono. Así que agarren sus cédulas, vayan a votar, y hagan valer su voz. Piensen en sus hijos, en sus nietos, en el futuro de Costa Rica. No se queden dando vueltas en la desesperación, este es el momento de actuar.
Entonces, díganme, ¿creen ustedes que, a pesar de toda la desilusión, la participación ciudadana sigue siendo la mejor herramienta que tenemos para construir un futuro mejor para Costa Rica? ¿O consideran que ya es tarde y la nave ya se hundió?