¡Aguántate, parce! Que esto que viene es de pelón. Las elecciones se acercan y la cosa está más caliente que gallina pochada. Se habla mucho de si nuestra democracia, esa que nos hacía sentir como la Suiza centroamericana, está en la cuerda floja. No es que se haya roto de repente, sino que parece que le están dando patadas hasta dejarla hecha puré, ¿me entiendes?
Durante décadas, Costa Rica era el ejemplo de cómo debía funcionar una democracia en Centroamérica: instituciones sólidas, un Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) que parecía tener los papeles bien claros y un montón de contrapesos que frenaban cualquier abuso de poder. Pero ahora, la cosa pinta diferente. Hay muchas señales de alerta que nos hacen preguntarnos qué pasó con ese modelo que tanto presumíamos y si estamos perdiendo lo que nos hizo diferentes.
No se trata de un choque brutal, sino de un desgaste gradual, como un carro viejo que va perdiendo potencia poco a poco. Cosas como la creciente inseguridad, la polarización política que divide al país, y una desconfianza generalizada hacia las autoridades están royendo los cimientos de nuestro sistema democrático. Digamos que la cosa está cabreada y necesitamos ponerle atención antes de que se vaya todo al diablo.
Uno de los problemas más evidentes es el choque frontal entre el Poder Ejecutivo y las instituciones encargadas de controlar su accionar –el TSE, la justicia, la Fiscalía y la Contraloría–. El presidente Chaves parece que no se cansa de meterse en broncas con estas entidades, tachándolas de obstáculos para gobernar. Esto es preocupante porque normaliza el conflicto y socava la independencia de estos órganos cruciales para el funcionamiento de la democracia. Hubo un momento, ahí en octubre del año pasado, que los magistrados del TSE tuvieron que salir públicamente a advertir sobre la peligrosidad de esta situación… ¡imagínate eso!
Además, la pelea por las reglas del juego electoral ha sido otro frente de batalla. Se denuncia una “beligerancia política” del gobierno, es decir, que el Presidente está intentando influir en el proceso electoral a favor de sus candidatos. El TSE tuvo que pedir que se levante la inmunidad presidencial para investigar estas denuncias, lo cual demuestra la gravedad de la situación. Aunque el resultado legal sea lo que sea, el daño político ya está hecho: hay desconfianza y acusaciones cruzadas que envalentonan a la gente.
Y ni hablar de la polarización que se vive en el país. Parece que cualquiera opinión se vuelve un motivo para pelear a muerte en redes sociales y en la vida real. Ataques verbales a instituciones, a medios de comunicación, y una conversación pública cada vez más agresiva y confrontativa. Esta dinámica desgasta la capacidad de dialogar y encontrar puntos en común, algo fundamental para una democracia sana. El ambiente está pesado, parcero, más que un día lluvioso en Bagaces.
Otro factor que preocupa es el auge del crimen organizado. La expansión de redes criminales, la violencia que se siente en las calles, ha cambiado el foco de la discusión política. Ya no se trata solo de temas económicos o sociales, sino también de seguridad. Algunos expertos advierten que Costa Rica ha perdido su excepcionalidad en este sentido y que estamos cada vez más cerca del modelo de otros países de la región. Esta situación genera presión sobre el Estado para tomar medidas rápidas, lo cual podría llevar a saltarse algunos derechos y garantías fundamentales. ¡Esto ya huele a chamaco!
Con tantas cosas pasando, uno se pregunta: ¿Estamos condenados a ver cómo nuestra democracia se deteriora lentamente? ¿Podemos revertir esta tendencia y recuperar la confianza en nuestras instituciones y en nosotros mismos como ciudadanos? ¿Será que necesitamos un cambio radical en la forma en que hacemos política para evitar que nos lleven por mal camino? ¡Dime tú, qué piensas al respecto!
Durante décadas, Costa Rica era el ejemplo de cómo debía funcionar una democracia en Centroamérica: instituciones sólidas, un Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) que parecía tener los papeles bien claros y un montón de contrapesos que frenaban cualquier abuso de poder. Pero ahora, la cosa pinta diferente. Hay muchas señales de alerta que nos hacen preguntarnos qué pasó con ese modelo que tanto presumíamos y si estamos perdiendo lo que nos hizo diferentes.
No se trata de un choque brutal, sino de un desgaste gradual, como un carro viejo que va perdiendo potencia poco a poco. Cosas como la creciente inseguridad, la polarización política que divide al país, y una desconfianza generalizada hacia las autoridades están royendo los cimientos de nuestro sistema democrático. Digamos que la cosa está cabreada y necesitamos ponerle atención antes de que se vaya todo al diablo.
Uno de los problemas más evidentes es el choque frontal entre el Poder Ejecutivo y las instituciones encargadas de controlar su accionar –el TSE, la justicia, la Fiscalía y la Contraloría–. El presidente Chaves parece que no se cansa de meterse en broncas con estas entidades, tachándolas de obstáculos para gobernar. Esto es preocupante porque normaliza el conflicto y socava la independencia de estos órganos cruciales para el funcionamiento de la democracia. Hubo un momento, ahí en octubre del año pasado, que los magistrados del TSE tuvieron que salir públicamente a advertir sobre la peligrosidad de esta situación… ¡imagínate eso!
Además, la pelea por las reglas del juego electoral ha sido otro frente de batalla. Se denuncia una “beligerancia política” del gobierno, es decir, que el Presidente está intentando influir en el proceso electoral a favor de sus candidatos. El TSE tuvo que pedir que se levante la inmunidad presidencial para investigar estas denuncias, lo cual demuestra la gravedad de la situación. Aunque el resultado legal sea lo que sea, el daño político ya está hecho: hay desconfianza y acusaciones cruzadas que envalentonan a la gente.
Y ni hablar de la polarización que se vive en el país. Parece que cualquiera opinión se vuelve un motivo para pelear a muerte en redes sociales y en la vida real. Ataques verbales a instituciones, a medios de comunicación, y una conversación pública cada vez más agresiva y confrontativa. Esta dinámica desgasta la capacidad de dialogar y encontrar puntos en común, algo fundamental para una democracia sana. El ambiente está pesado, parcero, más que un día lluvioso en Bagaces.
Otro factor que preocupa es el auge del crimen organizado. La expansión de redes criminales, la violencia que se siente en las calles, ha cambiado el foco de la discusión política. Ya no se trata solo de temas económicos o sociales, sino también de seguridad. Algunos expertos advierten que Costa Rica ha perdido su excepcionalidad en este sentido y que estamos cada vez más cerca del modelo de otros países de la región. Esta situación genera presión sobre el Estado para tomar medidas rápidas, lo cual podría llevar a saltarse algunos derechos y garantías fundamentales. ¡Esto ya huele a chamaco!
Con tantas cosas pasando, uno se pregunta: ¿Estamos condenados a ver cómo nuestra democracia se deteriora lentamente? ¿Podemos revertir esta tendencia y recuperar la confianza en nuestras instituciones y en nosotros mismos como ciudadanos? ¿Será que necesitamos un cambio radical en la forma en que hacemos política para evitar que nos lleven por mal camino? ¡Dime tú, qué piensas al respecto!