¿Quién no ha escuchado esas historias en WhatsApp? Saunas y baños fríos como la solución mágica a todo, desde la flojera crónica hasta los achaques de la edad. Dicen que fortalecen el sistema inmunológico, te ayudan a quemar grasa como si nada y hasta te levantan el ánimo cuando andás medio depre. Pero, ¡aguántate!, porque la cosa parece no ser tan simple como nos quieren vender.
Según los expertos, estas prácticas tienen sus matices y la ciencia todavía está tratando de desenredar el lío. Una investigadora de la Universidad de Portsmouth, Heather Massey, nos advierte que no hay pruebas concluyentes de que sean una panacea. Esto no quiere decir que no tengan ningún efecto, sino que debemos tomarlo con pinzas y no creer todo lo que vemos en las redes sociales. ¡Qué torta echarle toda la carne al asador sin tener todas las cartas!
Nuestro cuerpo, nos dicen, es un máquina increíblemente capaz de regular su propia temperatura, generalmente entre 36.5°C y 37°C. En la vida diaria, muchas veces no ponemos a prueba este sistema, pasamos horas con el aire acondicionado al máximo o acurrucándonos junto a la chimenea. Pero, claro, exponer el cuerpo a temperaturas extremas – ya sea el calor intenso del sauna o el frío glacial de un baño helado – crea un estréscito, un vaivén que puede activar ciertas defensas naturales.
El sauna, para algunos, es el premio después de un buen entrenamiento; para otros, el destino en sí mismo. Muchos de los que lo frecuentan juran que 15 minutitos de calor sofocante hacen maravillas para el cuerpo y la mente. Y es verdad que, al salir, te sientes relajadito, con cierta movilidad extra, y hasta los dolores parecen haberse esfumado un poquito. Sin embargo, Massey plantea una pregunta clave: ¿ese bienestar es duradero o es más bien un truco psicológico?
Un estudio reciente reveló que quienes se someten a sesiones regulares de jacuzzi experimentaron cambios en los niveles de insulina y la presión arterial. Esto abre una puerta interesante: ¿podrían estos tratamientos ayudar a personas con enfermedades crónicas? Aunque la idea suena prometedora, Massey insiste en que la evidencia científica es aún limitada. Aún no han hecho un experimento adecuado con saunas, dice ella, y sospecha que quizás en el futuro descubran beneficios, pero por ahora es mejor disfrutar del ritual por cómo te hace sentir, sin esperarte que te cure de todo.
Respecto a los baños fríos, la onda es totalmente diferente. Grupos de natación en aguas gélidas se han vuelto súper populares, y ahora es común ver gente metiéndose al río o al mar para darse un clavado fresquito por la mañana. Massey, quien aguantó el Canal de la Mancha a nado y ha participado en campeonatos mundiales de natación en hielo, se da un chapuzón en agua fría una vez por semana… ¡pero solo unos minutos, eh! Al principio le duele un montón, pero precisamente ese shock inicial es lo que atrae a tanta gente.
Dicen que bañarse en agua fría dispara la frecuencia cardíaca, eleva la presión arterial y libera hormonas del estrés como el cortisol y la adrenalina. Después de unos 30 segundos, esa reacción alcanza su punto máximo y empieza a disminuir. Con práctica, la respuesta a ese primer contacto con el agua gélida se debilita considerablemente. Pero, ahí viene el clásico dilema: ¿los beneficios vienen del agua en sí o de todo lo demás que acompaña la experiencia? La natación en agua fría casi siempre se hace al aire libre, rodeado de naturaleza y con otros compas. Ahí entran en juego la conexión con el entorno, el movimiento físico y la interacción social, y todos estos factores están entrelazados, ¡qué brete!
Al final, Massey recomienda buscar una actividad que te guste, que puedas mantener regularmente y, si es posible, compartirla con otros. Ya sea jardinería, observar aves, cantar en un coro o simplemente dar una caminata con amigos, lo importante es encontrar algo que te haga sentir bien. Entonces, ¿tú qué opinas? ¿Te animarías a probar un sauna o un baño frío? ¿Crees que son realmente beneficiosos para la salud o es solo moda pasajera? ¡Déjanos tus comentarios y cuéntanos tu experiencia!
Según los expertos, estas prácticas tienen sus matices y la ciencia todavía está tratando de desenredar el lío. Una investigadora de la Universidad de Portsmouth, Heather Massey, nos advierte que no hay pruebas concluyentes de que sean una panacea. Esto no quiere decir que no tengan ningún efecto, sino que debemos tomarlo con pinzas y no creer todo lo que vemos en las redes sociales. ¡Qué torta echarle toda la carne al asador sin tener todas las cartas!
Nuestro cuerpo, nos dicen, es un máquina increíblemente capaz de regular su propia temperatura, generalmente entre 36.5°C y 37°C. En la vida diaria, muchas veces no ponemos a prueba este sistema, pasamos horas con el aire acondicionado al máximo o acurrucándonos junto a la chimenea. Pero, claro, exponer el cuerpo a temperaturas extremas – ya sea el calor intenso del sauna o el frío glacial de un baño helado – crea un estréscito, un vaivén que puede activar ciertas defensas naturales.
El sauna, para algunos, es el premio después de un buen entrenamiento; para otros, el destino en sí mismo. Muchos de los que lo frecuentan juran que 15 minutitos de calor sofocante hacen maravillas para el cuerpo y la mente. Y es verdad que, al salir, te sientes relajadito, con cierta movilidad extra, y hasta los dolores parecen haberse esfumado un poquito. Sin embargo, Massey plantea una pregunta clave: ¿ese bienestar es duradero o es más bien un truco psicológico?
Un estudio reciente reveló que quienes se someten a sesiones regulares de jacuzzi experimentaron cambios en los niveles de insulina y la presión arterial. Esto abre una puerta interesante: ¿podrían estos tratamientos ayudar a personas con enfermedades crónicas? Aunque la idea suena prometedora, Massey insiste en que la evidencia científica es aún limitada. Aún no han hecho un experimento adecuado con saunas, dice ella, y sospecha que quizás en el futuro descubran beneficios, pero por ahora es mejor disfrutar del ritual por cómo te hace sentir, sin esperarte que te cure de todo.
Respecto a los baños fríos, la onda es totalmente diferente. Grupos de natación en aguas gélidas se han vuelto súper populares, y ahora es común ver gente metiéndose al río o al mar para darse un clavado fresquito por la mañana. Massey, quien aguantó el Canal de la Mancha a nado y ha participado en campeonatos mundiales de natación en hielo, se da un chapuzón en agua fría una vez por semana… ¡pero solo unos minutos, eh! Al principio le duele un montón, pero precisamente ese shock inicial es lo que atrae a tanta gente.
Dicen que bañarse en agua fría dispara la frecuencia cardíaca, eleva la presión arterial y libera hormonas del estrés como el cortisol y la adrenalina. Después de unos 30 segundos, esa reacción alcanza su punto máximo y empieza a disminuir. Con práctica, la respuesta a ese primer contacto con el agua gélida se debilita considerablemente. Pero, ahí viene el clásico dilema: ¿los beneficios vienen del agua en sí o de todo lo demás que acompaña la experiencia? La natación en agua fría casi siempre se hace al aire libre, rodeado de naturaleza y con otros compas. Ahí entran en juego la conexión con el entorno, el movimiento físico y la interacción social, y todos estos factores están entrelazados, ¡qué brete!
Al final, Massey recomienda buscar una actividad que te guste, que puedas mantener regularmente y, si es posible, compartirla con otros. Ya sea jardinería, observar aves, cantar en un coro o simplemente dar una caminata con amigos, lo importante es encontrar algo que te haga sentir bien. Entonces, ¿tú qué opinas? ¿Te animarías a probar un sauna o un baño frío? ¿Crees que son realmente beneficiosos para la salud o es solo moda pasajera? ¡Déjanos tus comentarios y cuéntanos tu experiencia!