¡Ay, Dios mío! Ya casi cerramos otro año, y vaya año que nos acabamos de traguar. El 2026 llegó como quien no quiere la cosa, traído arrastrando consigo una mochila llena de incertidumbres, más de lo usual, diría yo. No solo por estas elecciones que se avecinan en febrero y abril que, bueno, nos tienen a todos con los nervios a flor de piel, sino también porque el panorama mundial está más chungo que nunca. Amenazas militares acá y allá, una economía que anda patinando como Federico Esquivel en hielo, y encima, que los países desarrollados siguen haciendo caso omiso al cambio climático… ¡qué desastre!
Uno quisiera creer que acá en Costa Rica somos capaces de hacer las cosas bien, de tener unas elecciones limpias y tranquilas. Y ahí entra la promesa del Tribunal Supremo de Elecciones, que bendiciones de Dios, es uno de los más respetados del planeta entero. Pero el rollo es que desde hace meses, el gobierno de Don Rodolfo Chaves y sus muchachos andan tratando de ensuciarle la imagen, sembrando dudas sobre si realmente son imparciales. ¡Menuda vara! Se han dedicado a pintarles bambangas en redes sociales.
Y eso da qué pensar, ¿eh? Porque la crispación, la pelea constante y las mentiras no ayudan para nada a proteger el derecho al voto. Me preocupa muchísimo que la gente más responsable, y estoy seguro de que hay muchos chavistas que lo son, no logren frenar esto y evitar que algunos inescrupulosos aprovechen la situación para pescar donde no deben. ¡Qué torta sería que dejáramos que se revuelva el río así nomás!
Esperemos que el próximo gobierno, y la Asamblea Legislativa que salga de esas urnas, le devuelvan la calma y el sentido común al debate político. No hablo de volver a hablarle bonito a nadie ni de esconder los desacuerdos que, afortunadamente, son parte de una sociedad plural y diversa. Hablo de algo más profundo, del respeto a la opinión ajena y de la libertad de expresión. Sin eso, nos vamos directo a un escenario indeseable, donde mandan los machos alfa y la razón queda relegada a un segundo plano. ¡Ni en broma!
Como historiador, me considero un optimista empedernido. Creo firmemente que la democracia siempre puede mejorar. No le temo a los cambios políticos ni a las transformaciones sociales. Pero como alguien que conoce la historia, me asusta ver cómo nos encaminamos hacia un proceso caótico, sin rumbo fijo, sin propuestas claras y sin un mapa que nos guíe. Un cambio sin plan es como lanzarte de un avión a mil metros de altura sin paracaídas, confiándole tu vida a pilotos que no sabes si saben lo que hacen.
Estamos viendo puentes dinamitados, negocios turbios y discursos simplones que no abordan los problemas reales que enfrentamos como país, especialmente el tema de la seguridad ciudadana, que sigue siendo una preocupación generalizada. En fin, un cambio radical sin fundamento que te deja con la sensación de que te estás jugando la camisa entera, pero sin saber exactamente a qué jugada.
Ojalá el 2026 nos traiga un poco de discernimiento y cordura, ¿sí? ¿Será mucho pedir en este momento? Con tantas noticias tan rápidas y tantos intereses contrapuestos, a veces cuesta mantener la cabeza fría. A veces uno siente que está atrapado en un brete del que no sabe cómo salir. Y eso, amigos, es precisamente lo que me preocupa. La falta de visión a largo plazo, el cortoplacismo que impera en la política actual…
Ahora pregunto: ¿Cree usted que las próximas elecciones marcarán un punto de inflexión positivo para Costa Rica o simplemente perpetuaremos los mismos vicios y carencias que nos han aquejado durante años? ¿Es posible construir un futuro próspero y sostenible en medio de tanta polarización y desconfianza?
Uno quisiera creer que acá en Costa Rica somos capaces de hacer las cosas bien, de tener unas elecciones limpias y tranquilas. Y ahí entra la promesa del Tribunal Supremo de Elecciones, que bendiciones de Dios, es uno de los más respetados del planeta entero. Pero el rollo es que desde hace meses, el gobierno de Don Rodolfo Chaves y sus muchachos andan tratando de ensuciarle la imagen, sembrando dudas sobre si realmente son imparciales. ¡Menuda vara! Se han dedicado a pintarles bambangas en redes sociales.
Y eso da qué pensar, ¿eh? Porque la crispación, la pelea constante y las mentiras no ayudan para nada a proteger el derecho al voto. Me preocupa muchísimo que la gente más responsable, y estoy seguro de que hay muchos chavistas que lo son, no logren frenar esto y evitar que algunos inescrupulosos aprovechen la situación para pescar donde no deben. ¡Qué torta sería que dejáramos que se revuelva el río así nomás!
Esperemos que el próximo gobierno, y la Asamblea Legislativa que salga de esas urnas, le devuelvan la calma y el sentido común al debate político. No hablo de volver a hablarle bonito a nadie ni de esconder los desacuerdos que, afortunadamente, son parte de una sociedad plural y diversa. Hablo de algo más profundo, del respeto a la opinión ajena y de la libertad de expresión. Sin eso, nos vamos directo a un escenario indeseable, donde mandan los machos alfa y la razón queda relegada a un segundo plano. ¡Ni en broma!
Como historiador, me considero un optimista empedernido. Creo firmemente que la democracia siempre puede mejorar. No le temo a los cambios políticos ni a las transformaciones sociales. Pero como alguien que conoce la historia, me asusta ver cómo nos encaminamos hacia un proceso caótico, sin rumbo fijo, sin propuestas claras y sin un mapa que nos guíe. Un cambio sin plan es como lanzarte de un avión a mil metros de altura sin paracaídas, confiándole tu vida a pilotos que no sabes si saben lo que hacen.
Estamos viendo puentes dinamitados, negocios turbios y discursos simplones que no abordan los problemas reales que enfrentamos como país, especialmente el tema de la seguridad ciudadana, que sigue siendo una preocupación generalizada. En fin, un cambio radical sin fundamento que te deja con la sensación de que te estás jugando la camisa entera, pero sin saber exactamente a qué jugada.
Ojalá el 2026 nos traiga un poco de discernimiento y cordura, ¿sí? ¿Será mucho pedir en este momento? Con tantas noticias tan rápidas y tantos intereses contrapuestos, a veces cuesta mantener la cabeza fría. A veces uno siente que está atrapado en un brete del que no sabe cómo salir. Y eso, amigos, es precisamente lo que me preocupa. La falta de visión a largo plazo, el cortoplacismo que impera en la política actual…
Ahora pregunto: ¿Cree usted que las próximas elecciones marcarán un punto de inflexión positivo para Costa Rica o simplemente perpetuaremos los mismos vicios y carencias que nos han aquejado durante años? ¿Es posible construir un futuro próspero y sostenible en medio de tanta polarización y desconfianza?