La Universidad Nacional (UNA) anunció con orgullo un logro histórico: la graduación de más de 4,000 estudiantes en 2024.
Este hito, celebrado con pompa y circunstancia, refleja un esfuerzo sostenido en la formación académica de calidad, accesible y con perspectiva inclusiva. Sin embargo, el ambiente festivo no puede ocultar un elefante en la habitación: un mercado laboral saturado que pone a prueba las esperanzas de estos nuevos profesionales.
Mientras los discursos en el campus de la UNA exudan optimismo, el contexto nacional pinta un panorama menos alentador. Según datos recientes, Costa Rica enfrenta una tasa de desempleo del 11%, con jóvenes menores de 30 años como los principales afectados.
- ¿Qué significa realmente ser uno de los 4,000 nuevos graduados?
- ¿Es motivo de celebración o, más bien, un boleto para una competencia feroz y desalentadora?
La saturación del mercado laboral en ciertas disciplinas es uno de los principales retos para los egresados de la UNA. Áreas como educación, ciencias sociales y administrativas han mostrado índices alarmantes de egresados que tardan años en conseguir empleo estable. En el caso de la docencia, una carrera emblemática para la UNA, la sobreoferta de profesionales contrasta con las limitadas plazas disponibles en el sistema educativo. Los números son contundentes: muchos terminan aceptando empleos temporales o en sectores no relacionados con su especialidad.
Por otra parte, la celebración de este récord pone sobre la mesa un debate esencial:
¿Es suficiente formar profesionales en masa sin una planificación que conecte la oferta educativa con las demandas reales del mercado?
Las universidades, incluida la UNA, se enfrentan al desafío de reformular currículos, fortalecer la educación técnica y promover la diversificación académica en áreas emergentes como tecnología, ciencia y sostenibilidad.
Además, la transición de los egresados al mundo laboral expone otras grietas en el sistema. Las pasantías mal remuneradas, la falta de redes de contacto y la escasa experiencia previa son obstáculos recurrentes. Para quienes logran superar estas barreras, el panorama no siempre mejora: los salarios de entrada suelen ser bajos, y muchos terminan enfrentando jornadas laborales extensas y condiciones precarias.
Sin embargo, no todo es pesimismo. Este récord de graduación también simboliza un logro colectivo en una nación que históricamente ha apostado por la educación como motor de desarrollo. Las políticas inclusivas de la UNA han permitido que personas de comunidades vulnerables, con accesos limitados a recursos educativos, obtengan un título profesional. En ese sentido, el impacto social de estos graduados va más allá del mercado laboral; se refleja en un fortalecimiento de las comunidades que representan.
Pero la pregunta persiste:
¿Cómo capitalizar este hito académico en un contexto económico desigual?
Tal vez el verdadero reto no radique solo en graduar más estudiantes, sino en construir un puente sólido entre el mundo académico y el productivo. Esto implica fomentar alianzas estratégicas con empresas, impulsar el emprendimiento y equipar a los estudiantes con habilidades prácticas y flexibles que respondan a las cambiantes demandas del siglo XXI.
Así, mientras la UNA celebra con orgullo su cifra récord de graduados, la sociedad costarricense tiene ante sí un llamado urgente a la reflexión.
¿De qué sirve un título universitario si no viene acompañado de oportunidades reales?
Quizás el verdadero récord esté por alcanzarse cuando el éxito académico se traduzca en bienestar económico y social para todos.
Hasta entonces, cada toga lanzada al aire será un recordatorio no solo de logros individuales, sino también de las deudas pendientes en el camino hacia un futuro más prometedor.