¡Ay, Dios mío! Aquí vamos otra vez con los cambios en la educación. Resulta que doña Natalia Díaz, la candidata de Unidos Podemos, anda echando humo porque quiere quitarle el convenio de los 200 días de clase que llevamos desde 1997. Dicen que va a cambiarle el brete al Ministerio de Educación Pública (MEP), pero el pueblo ya sabe cómo andan las cosas por acá… siempre hay pero.
Para ponerlos al día, este convenio nació con la idea de igualarnos a otros países, unos “desarrollados” que siempre nos ponen a prueba. Pero según la señora Díaz, eso se convirtió en un maje fracaso. Dice que ahora tenemos más días en la escuela, sí, pero los muchachos aprenden menos que una rana en un charco. Que los profes están más perdidos llenando papeos que enseñando verdaderamente. ¡Pobre gente!
Y ojo, que esto no es nada nuevo. Muchos maestros han estado quejándose de la burocracia, de los contenidos desactualizados, hasta del currículo que parece sacado de otro planeta. Parece que al MEP le gusta echarle tierra al futuro de nuestros niños, con reglamentos y normas que nadie entiende. ¡Una torta el sistema!
Doña Natalia promete liberarlos de toda esa carga administrativa, darle poder a los maestros otra vez para que puedan enfocarse en la enseñanza. Quiere que vuelvan a tener autoridad en el salón de clase, que no tengan miedo a aplicar disciplina ni a calificar justamente. Un cambio radical, digámoslo así, si sale bien… si sale bien.
Pero claro, la polémica está servida. Porque, ¿qué hacemos con los niños mientras tanto? ¿Quién los cuida si los padres trabajan? Ahí entra el dilema. Los economistas, los padres de familia y los expertos andan sudando frío pensando en qué pasará con los pequeños si efectivamente se reducen los días de clase. Algunos dicen que es una excelente idea, otros que es pura campaña publicitaria para ganar votos. ¡Qué sal!
Además, varios expertos señalan que el verdadero problema no es la cantidad de días, sino la falta de recursos, la infraestructura precaria en muchas escuelas, y la conexión a internet inexistente en algunos lugares remotos. ¡Eso sí que es una carga! Una de esas varas que deberíamos solucionar de una vez por todas.
La propuesta de Díaz también incluye otras cositas interesantes, como volver a evaluar el esfuerzo de los estudiantes, premiar el buen desempeño y meterle presión a aquellos que se van irresponsablemente al traste. Quiere que el MEP deje de ser una institución lenta y engorrosa, y se convierta en un motor de progreso para la educación costarricense. Suena bonito en el papel, pero yo les digo... ahí hay que estar muy pendientes, muy pendientes.
Al final, todo se reduce a una simple pregunta: ¿menos días de clases significarán realmente una educación de mejor calidad, o estaremos condenando a nuestros hijos a un retroceso aún mayor? ¡Digale usted! ¿Cree que Natalia Díaz está en la onda con esta propuesta, o simplemente está buscando una manera fácil de llamar la atención?
Para ponerlos al día, este convenio nació con la idea de igualarnos a otros países, unos “desarrollados” que siempre nos ponen a prueba. Pero según la señora Díaz, eso se convirtió en un maje fracaso. Dice que ahora tenemos más días en la escuela, sí, pero los muchachos aprenden menos que una rana en un charco. Que los profes están más perdidos llenando papeos que enseñando verdaderamente. ¡Pobre gente!
Y ojo, que esto no es nada nuevo. Muchos maestros han estado quejándose de la burocracia, de los contenidos desactualizados, hasta del currículo que parece sacado de otro planeta. Parece que al MEP le gusta echarle tierra al futuro de nuestros niños, con reglamentos y normas que nadie entiende. ¡Una torta el sistema!
Doña Natalia promete liberarlos de toda esa carga administrativa, darle poder a los maestros otra vez para que puedan enfocarse en la enseñanza. Quiere que vuelvan a tener autoridad en el salón de clase, que no tengan miedo a aplicar disciplina ni a calificar justamente. Un cambio radical, digámoslo así, si sale bien… si sale bien.
Pero claro, la polémica está servida. Porque, ¿qué hacemos con los niños mientras tanto? ¿Quién los cuida si los padres trabajan? Ahí entra el dilema. Los economistas, los padres de familia y los expertos andan sudando frío pensando en qué pasará con los pequeños si efectivamente se reducen los días de clase. Algunos dicen que es una excelente idea, otros que es pura campaña publicitaria para ganar votos. ¡Qué sal!
Además, varios expertos señalan que el verdadero problema no es la cantidad de días, sino la falta de recursos, la infraestructura precaria en muchas escuelas, y la conexión a internet inexistente en algunos lugares remotos. ¡Eso sí que es una carga! Una de esas varas que deberíamos solucionar de una vez por todas.
La propuesta de Díaz también incluye otras cositas interesantes, como volver a evaluar el esfuerzo de los estudiantes, premiar el buen desempeño y meterle presión a aquellos que se van irresponsablemente al traste. Quiere que el MEP deje de ser una institución lenta y engorrosa, y se convierta en un motor de progreso para la educación costarricense. Suena bonito en el papel, pero yo les digo... ahí hay que estar muy pendientes, muy pendientes.
Al final, todo se reduce a una simple pregunta: ¿menos días de clases significarán realmente una educación de mejor calidad, o estaremos condenando a nuestros hijos a un retroceso aún mayor? ¡Digale usted! ¿Cree que Natalia Díaz está en la onda con esta propuesta, o simplemente está buscando una manera fácil de llamar la atención?