Seamos honestos, maes. A todos nos ha pasado. El celular que hace dos años era una bala, de pronto empieza a arrastrarse como si tuviera goma. La impresora que funcionaba perfecto de un día para otro dice que “no reconoce el cartucho” y se convierte en un pisapapeles carísimo. Es esa vara frustrante llamada obsolescencia programada, y la mayoría de nosotros simplemente nos agüevamos, guardamos el chunche en una gaveta y nos vamos a comprar uno nuevo. Pero en Argentina, un grupo de fiebres decidió que ya estuvo bueno de tragar entero y le declararon la guerra a este despilfarro. Se hacen llamar “cybercirujas”, y lo que hacen es una genialidad.
El nombre ya lo dice todo. Allá, un “ciruja” es lo que aquí en Tiquicia conocemos como un “buzo”: alguien que busca tesoros en la basura. Estos maes hacen exactamente eso, pero con tecnología. Se meten de cabeza en el cementerio de electrónicos y rescatan lo que el resto del mundo considera chatarra. ¿Y para qué? ¡Para crear maravillas! ¡Y vieran el nivel de chunches que arman! Estamos hablando de una consola de videojuegos, la “Ventilastation”, hecha con las entrañas de un ventilador industrial. O de una terminal de tarjetas de crédito transformada en una cámara de fotos funcional. No se andan por las ramas: tienen su propio manifiesto, parodian al Che Guevara con un rostro de cyborg y le llaman “células” a sus grupos. Es activismo con estaño, un cautín y una dosis gigante de creatividad.
Y es que el despiche que tenemos a nivel mundial con la basura electrónica no es jugando. El planeta generó 62 millones de toneladas de esta cochinada en 2022, una cifra que marea. Y aunque no lo parezca, esa vara nos afecta directamente. Piense en la cantidad de cargadores, cables, baterías y teléfonos viejos que tiene guardados en una caja, “por si acaso”. Los cybercirujas ven ese cementerio como un campo de oportunidades. Su filosofía es simple pero potentísima: reclamar el derecho a decidir por nosotros mismos si algo sirve o no, en lugar de que una corporación nos lo imponga para vendernos el siguiente modelo. Es una rebelión contra el “compre, bote, compre”.
El movimiento va mucho más allá de solo hacer inventos tuanis. Tiene un costado social que es de aplaudir. Durante la pandemia, por ejemplo, su brete se volvió vital. Armaron “ollas populares de hardware” donde la gente podía intercambiar piezas. Recibían donaciones de computadoras que la gente daba por muertas, las revivían con software libre (porque por supuesto que usan software libre) y se las daban a estudiantes o a organizaciones que las necesitaban. Imagínese la vara: un equipo que iba para el basurero termina ayudando a un güila a recibir clases virtuales. ¡Qué chiva! Es un trabajo social y tecnológico que de verdad está a cachete, demostrando con hechos su lema principal: “lo viejo funciona”.
Al final, la movida de estos cybercirujas es un sacudión, una llamada de atención para que dejemos de ser consumidores pasivos. Nos invitan a “habitar la tecnología como un lugar de disputa”, a no aceptar lo que nos dan sin cuestionarlo. Desde enseñarle a la gente cómo darle más vida a la batería de su celular hasta crear kits de robótica educativa con pura basura, están demostrando que con un poco de ingenio se puede hackear el sistema. Esto no se trata de volver a la edad de piedra, sino de ser más dueños de los chunches que compramos y usamos. Es una lección que tal vez nos serviría bastante por estos lares.
Diay, maes, ¿qué opinan? ¿Creen que una movida así pegaría en Tiquicia? ¿O somos muy cómodos y preferimos comprar el chunche nuevo aunque el viejo todavía la juegue? Los leo.
El nombre ya lo dice todo. Allá, un “ciruja” es lo que aquí en Tiquicia conocemos como un “buzo”: alguien que busca tesoros en la basura. Estos maes hacen exactamente eso, pero con tecnología. Se meten de cabeza en el cementerio de electrónicos y rescatan lo que el resto del mundo considera chatarra. ¿Y para qué? ¡Para crear maravillas! ¡Y vieran el nivel de chunches que arman! Estamos hablando de una consola de videojuegos, la “Ventilastation”, hecha con las entrañas de un ventilador industrial. O de una terminal de tarjetas de crédito transformada en una cámara de fotos funcional. No se andan por las ramas: tienen su propio manifiesto, parodian al Che Guevara con un rostro de cyborg y le llaman “células” a sus grupos. Es activismo con estaño, un cautín y una dosis gigante de creatividad.
Y es que el despiche que tenemos a nivel mundial con la basura electrónica no es jugando. El planeta generó 62 millones de toneladas de esta cochinada en 2022, una cifra que marea. Y aunque no lo parezca, esa vara nos afecta directamente. Piense en la cantidad de cargadores, cables, baterías y teléfonos viejos que tiene guardados en una caja, “por si acaso”. Los cybercirujas ven ese cementerio como un campo de oportunidades. Su filosofía es simple pero potentísima: reclamar el derecho a decidir por nosotros mismos si algo sirve o no, en lugar de que una corporación nos lo imponga para vendernos el siguiente modelo. Es una rebelión contra el “compre, bote, compre”.
El movimiento va mucho más allá de solo hacer inventos tuanis. Tiene un costado social que es de aplaudir. Durante la pandemia, por ejemplo, su brete se volvió vital. Armaron “ollas populares de hardware” donde la gente podía intercambiar piezas. Recibían donaciones de computadoras que la gente daba por muertas, las revivían con software libre (porque por supuesto que usan software libre) y se las daban a estudiantes o a organizaciones que las necesitaban. Imagínese la vara: un equipo que iba para el basurero termina ayudando a un güila a recibir clases virtuales. ¡Qué chiva! Es un trabajo social y tecnológico que de verdad está a cachete, demostrando con hechos su lema principal: “lo viejo funciona”.
Al final, la movida de estos cybercirujas es un sacudión, una llamada de atención para que dejemos de ser consumidores pasivos. Nos invitan a “habitar la tecnología como un lugar de disputa”, a no aceptar lo que nos dan sin cuestionarlo. Desde enseñarle a la gente cómo darle más vida a la batería de su celular hasta crear kits de robótica educativa con pura basura, están demostrando que con un poco de ingenio se puede hackear el sistema. Esto no se trata de volver a la edad de piedra, sino de ser más dueños de los chunches que compramos y usamos. Es una lección que tal vez nos serviría bastante por estos lares.
Diay, maes, ¿qué opinan? ¿Creen que una movida así pegaría en Tiquicia? ¿O somos muy cómodos y preferimos comprar el chunche nuevo aunque el viejo todavía la juegue? Los leo.