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Hermanitas de sangre y leche

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Capítulo I: Polvo de borrachera

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Me llamo David, tengo 31 años y vivo en Bogotá. Sin embargo, no quiero dar detalles ni hablar más sobre mí, pues lo único que me resta por contar es que me siento el hombre más afortunado del planeta. No es para menos, pues en los últimos diez años he venido follando con tres hermanas, las tres de diferentes edades, de diferentes personalidades; de diferentes gustos, hábitos y formas de vivir el sexo, pero las tres con el mismo hermano: mi parcero, mi mejor amigo.

Antes de que todo esto surgiera tuve un par de noviecitas, y ambas me hicieron mucho daño; me engañaron y me volvieron añicos. Tanto así que sufrí una especie de trauma con las mujeres, luego de esas relaciones me convertí en un putero de tiempo completo, en un auténtico conocedor del arte de alquilar carnes, pues sinceramente no quería enamorarme ni sentir nada por nadie. Amaba ir a donde las Putiérrez, pues era sexo sin compromiso, sin disgustos, sin peleas, sin obligaciones, sin sacrificios; solo había que pagar y disfrutar. Pero eso se me fue convirtiendo en un problema, pues poco a poco fui perdiendo habilidad para la conquista, para encarar mujeres, charlarlas y seducirlas. Sin embargo, las hermanas de mi amigo, llamado Camilo, me iban a sacar del vicio de las putas. Vicio que me dejó también grandes vivencias y que espero en otra oportunidad podérselas contar.

Todo surgió de repente, pues yo, a pesar de fantasear con las hermanas de Camilo, no me atrevía a establecer con ellas algo más allá de una amistad; para mí y para Camilo, las hermanas, novias y exnovias eran sagradas; se puede decir que teníamos un juramento tácito de no meternos con ellas, por simple respeto y lealtad.

Camilo tiene tres hermanas: Katherine, Alexandra y Diana. Para la época en que esto empezó, Alexandra y Diana vivían con él en un bonito apartamento al noroccidente de la ciudad. Ellos venían de un municipio cercano, motivados por el hecho de poder llevar a cabo sus estudios en universidades de acá; evidentemente porque en su ciudad no existía la suficiente oferta académica o no gustaban de las universidades de allí, como seguramente pasa en todos los centros urbanos de mayor población.

Camilo y yo nos conocimos en la universidad, ambos empezamos estudios para ser productores audiovisuales, y rápidamente nos hicimos amigos.

Amaba ir a su apartamento, pues el ambiente era ideal para estudiar cuando había que hacerlo, pero además porque era un lugar ideal para unos jóvenes universitarios: hacíamos fiestas, bebíamos, nos drogábamos, nos servía de picadero, o por lo menos a Camilo, pues yo, como ya expliqué, estaba en una época en la que no me comía a nadie, y en líneas generales era un sitio para pasar el tiempo sin preocuparse, no había una figura de autoridad que prohibiera tal libertinaje.

Quizá Diana, que es su hermana mayor, era la figura de autoridad en ese lugar, pero incluso a veces ella se unía al desorden de dos universitarios fuera de control como nosotros. Diana, como ya mencioné, es la hermana mayor de Camilo, para mi gusto era la más buenorra de las tres: medía por ahí 1,65 o 1,70m, su piel era blanca, sus piernas torneadas, bien formadas, sin ser muy gruesas ni muy delgadas; su culo era carnoso y redondo, sin exceder tamaño; sus senos eran de buen volumen y de pezón rosado, lo supe muy temprano pues en casa acostumbraba a andar sin sostén y con prendas que permiten las transparencias; sus ojos negros, grandes y muy expresivos; sus labios carnosos y rosas. Era un monumento de mujer.

Pero con quien más compartí en ese apartamento, además de Camilo, fue con Alexandra, pues ella era quien más noches pasaba estudiando, y, como dije antes, muchas veces yo iba allí para estudiar o hacer trabajos que en mi casa no habría podido hacer por simple falta de concentración.

Alexandra, en ese entonces era estudiante de derecho y era muy aplicada con su estudio. Tenía aproximadamente la misma edad mía y de Camilo. Tal vez era la menos agraciada de las tres hermanas, por lo menos para mí. Su estatura era la habitual entre la gran mayoría de las mujeres de este país, 1,60 o 1,65 calculo; su piel morena, su pelo era negro, largo y ondulado, sus ojos de un negro intenso, muy lindos realmente, pero quizás era su mayor atributo en el rostro, pues su nariz estaba un poco torcida, sin ser algo exagerado, y sus labios eran muy finos, delgados, no tan provocativos como si podían ser los de Diana. Sus senos eran pequeños, y quizá lucían más pequeños de lo que eran por su forma de vestir, pues Alexandra es de esas chicas que difícilmente usan un escote. Sin embargo, la gran virtud de Alexandra era su culo, al cual me permito llamar desde ya como un culazo en toda la dimensión de la palabra. Era macizo, carnoso, de buena forma, notorio incluso cuando usaba pantalones holgados: sudaderas, pijamas y demás. Era un culo espectacular, digno de contemplar durante largos minutos, obviamente con el disimulo necesario.

Recuerdo mucho una vez en la que yo estaba en el comedor de su apartamento, ella salió del baño sin saber que había alguien en casa, y en medio del apuro no había terminado de subir su ajustado pantalón, que se negaba a subir con facilidad por el grosor de semejante culo. Era realmente espectacular.

Pero yo, más allá de fantasear con su culo, no iba más allá. Primero por lo que ya expliqué antes, procurando un respeto hacia el código establecido con mi amigo de no meterse con hermanas o exnovias, y también porque Alexandra tenía su novio, del cual parecía estar enamorada rotundamente, pues era el único que había tenido en su vida y le había durado muchos años. Para ese entonces calculo que llevaban unos seis años de noviazgo. No parecía una chica dispuesta a arriesgar su idílica relación, por lo que intentar algo con ella parecía utópico.

Aunque debo decir que me equivoqué completamente. Alexandra iba a ser mi inducción en el mundo del sexo con las hermanas de mí amigo. Ocurrió una noche de fiesta en el apartamento de Camilo. Muchos de sus compañeros y compañeras de clase en la universidad fuimos a su hogar esa noche, pero solo sus amigos más cercanos nos quedamos a dormir.

En esa ocasión bebimos bastante, también fumamos hierba, que era uno de nuestros grandes pasatiempos en esa época de estudios universitarios, y los que consumían otro tipo de drogas no escatimaron en hacerlo. Sobre las dos de la mañana yo estaba perdido de tanto licor. Estaba entre el difícil dilema de vomitar para seguir bebiendo o simplemente dormir. Camilo y otro amigo decidieron que lo mejor era que durmiera, así que extendieron una colchoneta casi al lado de la entrada del apartamento, extraño lugar para hacerlo, y me acostaron allí. Alexandra, que también evidenciaba estar bastante ebria, empezó a jalarme de un brazo con la intención de no dejarme dormir. Camilo la detuvo y le pidió que me dejara en paz, pues yo estaba muy mal como para seguir en pie. Así lo hizo, me dejó tranquilo y yo entré en profundo sueño. No me di cuenta cuando el resto de la gente se fue, ni cuando apagaron las luces y la música, solo recuperé la consciencia una vez que Alexandra se acostó a mi lado.

No sabía por qué lo había hecho, no sabía cómo reaccionar, de hecho, no me lo creía, llegando a creer que era algo que estaba soñando o imaginando dado mi estado de ebriedad. Pero no, era real. Alexandra se había acostado a mi lado.

Empezó a besarme, su boca tenía un fuerte sabor a ron. Inicialmente sus besos eran tímidos, pues ella parecía estar tratando de averiguar si yo era consciente de lo que estaba pasando. Yo la correspondí, por lo que no tardó demasiado en notar que contaba con todo mi beneplácito. Sin contemplación alguna metió su mano bajo mi pantalón, empezó a masturbarme mientras nos besábamos. Yo todavía no daba crédito a lo que ocurría, aunque poco a poco fui aceptando que era verdad.

Quise meter mi mano bajo su pantalón, deseaba sentir su vagina con mis dedos, pero ella no me lo permitió. Bloqueó mi mano con la suya, con la que tenía libre. Decidí entonces tomarla de la cabeza y besarla apasionadamente. También la agarraba de sus nalgas, como empujándola hacia mí. Para ese momento era más que evidente mi intención de penetrarla. Pero las cosas buenas toman su tiempo.

Sentí el temor de ser descubierto por Camilo o por cualquiera de los otros que se habían quedado esa noche en su apartamento. Era una ansiedad apenas obvia, aunque a esa altura de la noche estaba dispuesto a afrontar lo que fuera, incluso si eso me costaba una merecida golpiza por parte de Camilo o la pérdida de su amistad. No era que no lo valorara, solo que estaba siendo completamente dominado por mis instintos más básicos. Afortunadamente para mí, eso no ocurrió.

Alexandra se dio vuelta, bajó ligeramente su pijama y dirigió mi pene hacia su coño. Fue lento ese momento en que se dio la penetración, pero una vez dentro de ella, era inminente su excitación; su coño ardía, y en menos de nada mi miembro quedó bañado por sus fluidos.

La penetraba en posición de cucharita, sin hacer mucho ruido, pues los dos tratábamos de guardar cautela sabiendo que era una situación aventurada y ciertamente prohibida. Disfrutaba del lento ritmo que asumimos ambos en un comienzo. Mientras me movía lentamente, aprovechaba para besarle el cuello y ocasionalmente la boca, justamente cuando ella volteaba su rostro y lo permitía. Despacito, como quien no quiere la cosa, fui dirigiendo mi mano hacia su pubis, y entendí porque anteriormente no me había permitido tocarlo. Estaba sin depilar; completamente, es más, parecía que no lo hacía desde hace mucho tiempo. Sin embargo, tal era la excitación que esta vez no me prohibió hacerlo. La penetraba y le acariciaba su vagina, era el cielo para mí.

Alexandra es de esas personas que sesean, que no sé si todos saben lo que es el seseo, pero que a mí, en medio de sus tímidos y discretos sonidos, me excitaba escucharla arrastrar las ese. Me encantaba esa forma de decir “zi, ezo, azí…”.

Como su culo era un monumento, era más que obvio que tarde o temprano iba a querer follarla en cuatro. Y resultó siendo más temprano que tarde. La agarré de las caderas, la puse en cuatro y la penetré de nuevo muy despacio. Diría que casi cariñosamente, aunque no había nada de eso, solo era la intención de no pasar por precipitado, por no quedar como el típico violento desconsiderado. Pero luego eso se perdió, pues tratándose de una primera experiencia entre ambos, era más que válido un exceso de furor.

La penetré lento, sin apuro. Me agarré de sus nalgas y seguí deslizando mi pene entre su humanidad con total suavidad, sin parecer tener afán alguno. Para ese momento ella era silenciosa, pero su coño no tanto, gritaba de calor, y yo enloquecía con ello. La agarré de su pelo y traté de jalar su cara hacia mí. Besarla era de mi interés, pero quizá no tanto como tener su rostro cerca al mío para escuchar su deliciosa y tímida manera de disfrutar el sexo.

Eso fue excitándome cada vez más, con lo que aumentaba un poco mi entusiasmo al penetrarla. La agarré de sus hombros, la jalaba hacia mí, cada vez la iba penetrando a mayor velocidad. Veía sus nalgas rebotar con fuerza contra mi cuerpo.

Ver ese culo macizo temblando por la vehemencia de mis empellones, era motivación suficiente para querer terminar la faena con ese hermoso panorama. Pero traté de resistir por un rato más, pues sabía que debía disfrutar una situación como esa por todo el tiempo que me fuera posible.

Ver a Alexandra, sumisa, sometida a mis deseos, lejos de ser esa chica de apariencia de metalera ruda, habitual en ella; me hizo sentir poderoso, incluso llegué a creer que la borrachera era cosa del pasado, que dominaba completamente la situación, aunque quizá era solo una ilusión dado el éxtasis que me invadía. No sabía tampoco porque ella había terminado haciendo esto. No sé si era consecuencia de su ebriedad, o de una pelea con su novio. Lo cierto es que estaba ocurriendo y era algo exquisito, maravilloso.

Pero de todas formas todo tiene un final, y este polvo sensacional también iba a tenerlo. Me fue irresistible ver ese culo enorme, tenerlo entre mis manos, estrujarlo, manipularlo a mi antojo. Se lo saqué y le arrojé el semen sobre su culo y un poco sobre su espalda, mientras ella seguía jadeando discretamente.

Alexandra se dejó caer sobre la colchoneta, parecía por fin lista para dormir, luego de un rato de sexo improvisado. Para mí había sido extraordinario. Llevaba una racha larga sin culear, y recobrar la noción de cómo se siente, me hizo alucinar; por lo menos de la forma como se había dado con Alexandra. Pensé que podía quedarse a dormir ahí, junto a mí, y que podríamos repetirlo en un ratito, pero no fue así. Su tumbada en la colchoneta había sido algo momentáneo y fugaz. Alexandra vivía allí, tenía su cuarto y un sinfín de razones para evitar ser descubierta allí conmigo, así que rápidamente me abandonó en la oscuridad del living de su apartamento. Me sentí algo estúpido al pensar que podía ser posible que ella pasara la noche ahí, conmigo. Había sido algo ingenuo. Quizás era efecto de la borrachera, sobre la cual, una vez más teniendo uso de razón, había comprendido que estaba bajo sus efectos.

De todas formas había sido un botín notable, un festín inolvidable, una noche para enmarcar. Pero ya no me quedaba más que dormir. Quizá soñar con que estaría entre las piernas de Alexandra hasta el amanecer, al fin y al cabo, la mente es muy ilusa.

Ese polvo iba a cambiar mi forma de relacionarme con Alexandra por un tiempo. Inicialmente fue confusión, por lo menos a la mañana siguiente.

Desperté con una insoportable resaca, pero con la fortuna de tener los recuerdos intactos. De todas formas, no sabía cómo iba a mirar a Alexandra una vez que nos cruzáramos. Como sentía que se trataba de un polvo a causa del estado de ebriedad de ambos, seguramente ella sentía arrepentimiento, posiblemente no querría dirigirme la palabra o mirarme a la cara. Pero fueron simples suposiciones mías, pues para el momento en que nos cruzamos esa mañana, me saludó como si nada hubiese ocurrido, continuó su rutina.

Entendí que arrepentimiento no había, aunque tampoco parecía existir un deseo de repetir lo ocurrido, por lo menos de su parte. Salí de su apartamento y me dirigí a mi casa. Ese día, el siguiente a la noche de sexo con Alexandra, pasé las horas pensando en lo ocurrido, excitándome al recordar el suceso, y evidentemente tratando de revivirlo por mi cuenta: con mis manos y mi imaginación, pero evidentemente no iba a ser ni parecido.


Capítulo II: Obseso por un culo

Desconocía que esto era el inicio de una serie de polvos que íbamos a echar Alexandra y yo, aunque debo reconocer que entre más lo repetíamos, más iba perdiendo el misticismo, el encanto de esa noche de primer encuentro entre ambos...

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Capítulo II: Obseso por un culo​

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Desconocía que esto era el inicio de una serie de polvos que íbamos a echar Alexandra y yo, aunque debo reconocer que entre más lo repetíamos, más iba perdiendo el misticismo, el encanto de esa noche de primer encuentro entre ambos.

Al comienzo fue difícil comprender que se iba a repetir. En primera medida porque ella no iba a buscarme de nuevo, era yo quien debía tomar la iniciativa.

Algunas noches de trasnocho y estudio en su apartamento, le miraba de reojo, le sonreía de forma pícara y ella parecía corresponder. Pero luego se despedía, me deseaba una feliz noche y se iba a dormir. Yo me quedaba allí, solo, tratando de retomar mi estudio en medio del calentón por lo que imaginaba que podía ocurrir.

Para coquetear con ella tenía que encontrar los momentos adecuados, pues no podía hacerlo en presencia de Camilo o Diana, y mucho menos cuando estaba su novio. Pero más allá de las dificultades, siempre encontraba momentos para hacerlo; para expresarle deseo con mi mirada y mi sonrisa. Debo aclarar que no se trató nunca de enamoramiento, no había ninguna clase de sentimiento, eran sencillas ganas de echar un polvo, quizá se trataba de un exceso de admiración por ese culazo, pero nada más allá.

La primera vez que lo hicimos, sin efectos de alcohol, drogas o cualquier otro tipo de pretexto; teniendo plena consciencia de lo que hacíamos, fue una mañana en la que desperté en su apartamento. Camilo había salido, no sé a dónde, solo sabía que no estaba. Tampoco Diana, aunque en ella esto era más habitual, pues casi nunca estaba en casa.

Fui a la cocina para hacerme algo de desayunar y ahí la encontré. Alexandra estaba allí también preparando algo para desayunar. Se notaba que había despertado hace poco, pues su cabello estaba muy desordenado, no llevaba maquillaje, estaba en pijama y con una actitud levemente somnolienta.

Apenas cruzamos un saludo y luego se extendió un prolongado silencio. Yo aprovechaba para apreciar su culo de reojo, pues nada mejor que empezar el día con tan espectacular panorama.

Alexandra empezó a hablarme, pero antes de que terminara la primera oración me lancé a besarla. Ella no opuso resistencia, de hecho, se dejó llevar. El beso se prolongó, dando tiempo al inicio de caricias y manoseos.

Como es apenas obvio, dirigí mis manos hacia su culo, lo palpé, lo apreté y reviví ese sentir tan maravilloso que implica tener esas nalgas entre las manos. Una vez que el beso terminó, Alexandra apagó los fogones de la estufa para dar rienda suelta a la lujuria. Estábamos solos en su apartamento, pero en cualquier momento podía llegar Camilo o Diana, así que decidí tomarla de la mano para llevarla a su cuarto, encerrarnos y allí fornicar sin preocupaciones y sin contemplaciones.

Cerramos la puerta de la habitación y continuamos besándonos. Esta vez me di la oportunidad de ver y tener sus senos entre mis manos. Levanté su camisa y allí estaban, pequeños y sin mucha gracia, pero al fin y al cabo, para mi disfrute exclusivo en ese instante. Los besé un poco y los sostuve entre mis manos, pero realmente no les di mayor importancia, no eran el mejor de sus atributos.

Esta vez, con el apartamento solo para nosotros no debíamos reprimirnos como aquella noche de la primera ocasión, no había necesidad de discreción; éramos libres para jadear, decirnos guarradas, gemir y hacer todo el ruido que quisiéramos. Yo anhelaba follarla con brutalidad, sin mayor delicadeza.

La giré, la apoyé contra una pared, bajé su pantalón y su tanga, y la penetré sin contemplación alguna. No hubo tiempo para juegos previos, ni caricias, ni para el sexo oral, ni para algo diferente a follar salvajemente.

La penetré a fondo y con agilidad desde un comienzo, aunque sabiendo que todavía podía incrementar un poco más el ritmo. Ella también lo pedía, quería embestidas fuertes, quería ser follada duro, deseaba sentirse sumisa y sometida, y fue algo de lo que le di. Tanto así que hubo un momento en que los empellones eran tan fuertes, que se golpeó la cabeza contra la pared, aunque fue algo que no tuvo mayor trascendencia dado el alto grado de excitación de ambos.

Lamentablemente para mí, ver ese culo rebotar y temblar sin control, sumado a su particular forma de gemir, con seseo incluido; era motivo suficiente para hacerme alcanzar el orgasmo rápidamente. Por lo menos en esa época, pues a medida que se hizo más frecuente el sexo entre nosotros, fui perdiendo interés en ella, y follarla se me fue volviendo algo casual y monótono.

De nuevo terminé descargándome sobre sus nalgas y su espalda. Pero ella no estaba conformé, así que se encargó de no dejarme salir de su habitación. Me hizo una mamada y al cabo de unos minutos estábamos culeando una vez más. Para nuestra fortuna ni Camilo ni Diana iban a llegar en toda la mañana.

Estos encuentros clandestinos y fugaces poco a poco iban a perder su encanto. A pesar de ser algo prohibido y ocasional, se nos estaban convirtiendo en monotonía. Además, debo decir que el coño de Alexandra emanaba un fuerte olor, aspecto que jugaba en contra mía y en contra suya; pues debo confesar que me encanta dar sexo oral, pues le considero la vía ideal para excitar a una mujer, siempre y cuando lo sepas hacer. Pero en este caso me era imposible, no era humanamente posible soportar ese olor por un tiempo prolongado. Pero no iba a ser ni la monotonía ni ese particular aroma lo que me iba a hacer perder interés en Alexandra, se trató más bien de la aparición en escena de Katherine, la hermana menor de la familia. Aunque sobre ella ahondaré más adelante, pues considero que con Alexandra aún hay encuentro memorable por contar.

Se dio una mañana luego de una noche de juerga en el apartamento de Camilo. En esa ocasión bebimos bastante, pero para sorpresa mía, a la mañana siguiente me levanté como si nada. Apenas con un ligero dolor de cabeza, pero para nada tortuoso. Otra fue la situación de Camilo que durmió durante toda una mañana que para mí resultó más que provechosa.

Recuerdo que ese día desperté y me dirigí a la cocina para prepararme un café, aunque de camino a allí escuché que alguien se estaba bañando. Había solo dos opciones: Diana o Alexandra, y yo estaba dispuesto a arriesgar mi integridad con tal de averiguarlo.

¿Cómo no hacerlo? Si se trataba de Diana podría contemplar y memorizar su encantadora silueta, y de ser descubierto podía explicar que se trataba de una confusión, que había entrado sin darme cuenta de que había alguien allí. Si se trataba de Alexandra no habría mayor problema, siempre y cuando Camilo siguiera durmiendo.

Con mucha discreción entré y cerré la puerta. Pasando el pestillo justamente para que nadie más pudiera hacer lo que yo: entrar por sorpresa. Rápidamente me di cuenta de que quien estaba en la ducha era Alexandra. Esta ducha tenía una cortina a modo de separador del resto del baño, y a través de ella se observaba la silueta de Alexandra, que para ese entonces yo conocía de sobra.

Ella no notó cuando yo entré, seguramente el ruido del agua al caer superó el que yo pude hacer al entrar, posiblemente estaba relajada, con los ojos cerrados sintiendo el agua caer y recorrer su cuerpo.

Lo cierto es que me desvestí también de forma silenciosa. Me acerqué discretamente, corrí un poco la cortina de la ducha y entré, me situé tras Alexandra. Ella seguía sin notar mi presencia, pero esto iba a cambiar pronto, pues una vez en la ducha, dirigí mi mano hacia su vagina, que en ese momento tenía un aspecto completamente nuevo para mí, pues el matojo de pelo que la acompañaba estaba uniforme en un solo mechón por acción del agua.

La palpé con suavidad, pero ella se sorprendió; más bien diría que se asustó, pues jamás se imaginó que alguien fuera entrar. Casi grita apenas me vio, pero sabía que no era conveniente hacerlo, así que ahogó el grito. Me preguntó que hacía allí, pero yo solo respondí besándola.

Ella no se opuso, más bien se relajó y se dejó llevar. Yo bajé lentamente con mis labios por su torso hasta llegar a su vagina. La acción del agua, el champú y el jabón hizo que esos fueran los olores predominantes en la ducha, por lo que en esa ocasión no tuve problemas para jugar un poco con su vagina entre mi boca. Alexandra no tardó mucho en calentarse, y con el recorrido de mi lengua por su coño, empezó a soltar unos gemidos que poco a poco fueron incrementando su intensidad.
Tuve que detenerme, salir de la ducha y buscar mi celular entre mi pantalón para poner música que pudiera tapar cualquier ruido delator.

Claro que cuando entré de nuevo a la ducha, no hubo más tiempo para sexo oral, era tiempo del folleteo. Apoyé a Alexandra contra las frías baldosas que recubrían la pared de la ducha y la penetré. Como ya era habitual, teniendo su culo entre mis manos mientras lo veía y sentía rebotar contra mí.

La penetré con fortaleza y a un ritmo acelerado, pues tenerla mojada y enjabonada para mí era un lujo, un manjar para mis ojos. Además, sentía que luego de la buena sesión de sexo oral, el turno de gozar ahora era para mí. A ella tampoco le disgustaba que la follara con algo de brutalidad, o por lo menos nunca me lo hizo saber.

La penetración se hizo cada vez más fuerte, más animal, si es que se puede calificar de tal manera; la fui empujando cada vez más sobre la pared, viendo cómo se aplastaban sus senos contra las baldosas. Luego la tome del pelo, con las dos manos, mientras seguía deslizando mi pene entre su vagina. Ella solo se dejaba llevar, pues al parecer estaba tan caliente como yo. Y cuando no aguanté más, retiré mi pene de ella, la di vuelta y con algo de presión de mis manos sobre su cabeza, la hice agachar para correrme en su cara. Ella no lo esperaba, y claramente se molestó, pues consideraba que eso era algo humillante y denigrante, por lo que asumí que era la primera vez que alguien le hacía tal cosa.

De todas formas su molestia no duró más allá de unos minutos, ya que antes de que saliéramos del baño estábamos besándonos de nuevo.
Después de ese encuentro íbamos a follar un par de veces más, pero nuestros coitos clandestinos iban a verse interrumpidos con la aparición de Katherine, aunque no se trató de algo premeditado o planeado.

Capítulo III: un porro, un polvo y una tanga de recuerdo

De hecho, yo no planeaba dejar de culear con Alexandra más allá de la monotonía del sexo con ella, pues para ese momento era lo único que tenía a la mano, y era ella o nada. Pero cuando Katherine apareció las cosas cambiaron. Yo en un comienzo no imaginé que algo fuera a suceder con ella, ya que era la menor de las hermanas de Camilo y me daba cierto remordimiento meterme con alguien tan menor...

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Capítulo III: un porro, un polvo y una tanga de recuerdo

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De hecho, yo no planeaba dejar de culear con Alexandra más allá de la monotonía del sexo con ella, pues para ese momento era lo único que tenía a la mano, y era ella o nada. Pero cuando Katherine apareció las cosas cambiaron. Yo en un comienzo no imaginé que algo fuera a suceder con ella, ya que era la menor de las hermanas de Camilo y me daba cierto remordimiento meterme con alguien tan menor.
Claro que eso fue un error de apreciación mío, pues yo tenía 21 años, y, pensándolo bien, no había nada de malo en entablar una relación, amorosa o sexual, con alguien apenas tres años menor que yo. Pero en un comienzo no fue así.

En lo que no escatimé en ningún momento fue en contemplar su belleza de pies a cabeza, o como decimos acá en Colombia: pegarle una buena morboseada.

Katherine era una chica hermosa. Su rostro era angelical, de facciones muy finas; una nariz pequeña y sin imperfecciones; ojos oscuros, grandes y muy expresivos, decorados además por unas largas pestañas; sus labios rosas, de un grosor ideal, ni muy grandes ni muy pequeños, invitaban a la fantasía, a imaginar tiernos o apasionados besos, de estos que vienen con mordisco incluido. Su pelo era negro, largo, liso, sedoso, parecía de comercial de champú, cortaba a la perfección con la palidez de su piel, que a la vez la hacía ver más delicada e inocente. Como casi toda chica de esta edad, Katherine era delgada, o más bien esbelta. Sus piernas eran largas, bien torneadas, quizá un poco carentes de carne o grosor, pero sin llegar a producir lástima por la extrema delgadez. De hecho, eran unas piernas que invitaban al pecado, más que todo porque a Katherine le encantaba usar faldas o los muy conocidos “pantaloncitos calientes”, que permitían contemplar y admirar sus piernas como se debe. Su culo era más bien pequeño, muy lejos del prominente par de nalgas de Alexandra. Pero no nos vamos a mentir, el culo de una chica al desnudo siempre será excitante, por más pequeño que este sea. Además, el culo de Katherine era pequeñito, pero bien formado, muy redondito y muy en su sitio.

Su abdomen era completamente plano, y al recorrerlo con la mirada invitaba a seguir mirándola, ya fuera hacia abajo o hacia arriba, pero no tenía pierde. Su cintura no era muy pronunciada, quizá esa era su mayor falencia física, pues es bien sabido que una cinturita bien definida es un rasgo absolutamente sexy y femenino.

Sus senos tampoco eran grandes, pero estaban acorde a las dimensiones de su cuerpo, pues se trataba de una mujer esbelta. Katherine cumplía a la perfección con las características físicas con las que idealizo a una mujer: era delgada, de lindas piernas, de apariencia delicada, de cuerpo pequeño, de esos tan fáciles de manejar a la hora del sexo; era toda una tentación.

El día que la conocí, evidentemente me encontraba en el apartamento de Camilo. Estaba sentado en la sala, concentrado mientras rascaba unos cogollos de marihuana para armar unos porros que pretendíamos fumar con Camilo.

Katherine llegó acompañada de Diana. Estaba en la ciudad presentando exámenes y entrevistas para ingreso a la universidad.
Cuando entraron al apartamento me sorprendieron ahí sentado, muy concentrado en la labor de armar un buen porro. Diana sabía que Camilo y yo consumíamos hierba, no se oponía, pero ella no lo hacía. Sin embargo, esa tarde me reprendió porque su pequeña hermana lo había visto todo. Yo permanecí en silencio inicialmente, y luego le pedí perdón por la imprudencia.

Al rato apareció Camilo y me tranquilizó haciéndome saber que no pasaba nada, que era una reacción normal en su hermana, que además era la mayor de todos y ese día estaba a cargo de la “pequeña e inocente” Katherine.

Camilo y yo nos fumamos un par de porros, cenamos, charlamos un rato y luego él se fue a dormir.

En su apartamento había tres cuartos: el suyo, el de Alexandra y el de Diana; y esa noche tenían previsto que Katherine dormiría con Diana. Yo, cada vez que iba a casa de Camilo tenía dos opciones, dormir en una colchoneta tendida en el piso en el cuarto de Camilo, o en un sofacama que había en la sala. Yo prefería la segunda opción, pues me quedaba muy cerca el balcón, y como en ese entonces tenía una gran adicción al tabaco, era más cómodo salir a fumar desde allí.

Esa noche cuando Camilo se fue a dormir, decidí armar y fumar un porro más antes de hacer lo mismo. Estaba en el balcón fumándolo cuando de repente escuché una voz que me dijo “¿me compartes un poco?”. Se trataba de Katherine, que había llegado al balcón sin hacer ruido, yo por lo menos no noté cuando lo hizo.

En un comienzo me negué a compartirle, no por tacañería sino por los inconvenientes que podría traerme ofrecerle marihuana, más teniendo en cuenta el regaño que me había dado Diana horas atrás.

Ella insistió en que no se iría de allí hasta que yo le compartiera un poco, “aunque sea un plon (calada)”

- ¿Has fumado alguna vez?, le pregunté
- Nunca. Pero justo hoy he sentido mucha curiosidad por probar, respondió
- No quiero que sea por mí que empieces a fumar hierba
- Si no es contigo igual la voy a probar porque la curiosidad ya la tengo y amigos mariguaneros también
- Deberías pensártelo bien, pues tampoco es un juego de niños
- Lo sé, lo he pensado un montón de veces, pues en varias ocasiones me han ofrecido y me he negado, pero hoy tengo curiosidad. Dame un poco que no me voy a poder dormir por la curiosidad
- Quizá no duermes, quizá te da una sensación de pánico que no puedes controlar
- No creo, pero si pasa, tú me tranquilizarás
- No es algo que yo pueda controlar
- Dame un poco de una buena vez, que no me voy a ir hasta que me dejes probar
- Bueno, pero entonces alista un vaso o una botella de agua porque te va a dar mucha sed, y no dormirás si tienes que pararte cada rato para ir por agua. La pruebas y te vas a dormir ¿Estamos?
- Me quedo acá mientras lo fumamos. Luego me voy.

La extensa negociación del porro provocó que el que yo tenía encendido se consumiera, así que tuve que armar uno nuevo. Katherine se sentó en el suelo. En ese momento estaba vestida con un buzo de rapero que le hacía como camisón. Supongo que no era suyo, ni de sus hermanas; seguramente era de Camilo. Esa prenda cubría lo suficiente para no hacerla pasar por indecente pero permitía ver sus piernas en todo su esplendor.

Cuando empezamos a fumar el porro yo no podía dejar de mirarle sus piernas. Mi cabeza se llenó de maquinaciones con ese par de tubos color piel; la imaginé abriéndoselas con cierto grado de agresividad, también acariciándolas suave y tiernamente.

Ella parecía haber sufrido los efectos del THC rápidamente, lucía dispersa y desconcentrada. Sin embargo, tras un par de minutos notó que yo la miraba con deseo.

- ¿Te gusto?, preguntó
- Eres una mujer hermosa sin duda alguna, contesté en medio de titubeos
- Pero no te gusto…

Negué cualquier fijación o atracción por ella, solo le repetí que era una chica hermosa. Al escuchar mi respuesta negativa, se paró, se dio vuelta y trató de irse, pero justo ahí la agarré de la mano. Le pedí que no se fuera. Mantuve silencio por un par de segundos y luego le admití que sí me atraía.

- Claro que me gustas. No solo eso, me despiertas todo tipo de deseos. Me vuelves loco. Pero eres la hermana de mi amigo, y uno no se mete con las hermanas de los amigos, menos si es la más pequeña y consentida
- Pues que idea tan ridícula. Como si mi hermano se fuera a dar cuenta
- Son códigos entre amigos
- Pues quédate con tus códigos, yo me voy a dormir. Gracias por el porro

Nuevamente trató de emprender su camino y de nuevo la volví a agarrar del brazo.

- ¿Guardarías el secreto?
- Claro. No veo por qué ir contándolo por ahí

La besé. La tomé de la cabeza con suavidad y uní mis labios con los suyos por unos cuantos segundos. Ella agarró mi otra mano, la que estaba libre, y la condujo hacia su pubis. A pesar de tener las bragas puestas, se sentía ese calorsito tan propio de una vagina hambrienta y dispuesta. Le dije que teníamos que ser absolutamente silenciosos, pues Camilo y sus hermanas estaban en el apartamento, y cualquier ruido podía dejarnos en evidencia. Ella solo respondió con un “sí, ya tranquilo, que no nos sorprenderán, relájate”.

Abandonamos el balcón, entramos de nuevo al living del apartamento y seguimos besándonos. La agarraba de sus nalgas mientras la besaba, mientras que ella entrecruzaba sus brazos tras mi espalda. Frotábamos nuestros cuerpos aún vestidos, como emulando los movimientos y la penetración que ocurriría unos minutos después.

Empecé a acariciar su torso aún con el buzo puesto. Su abdomen era perfecto, muy plano y con una piel muy suave. Fui subiendo lentamente con mis manos por su espalda, notando que bajó ese buzo no había más que su humanidad, no llevaba sostén, lo que me hizo apresurar a sentir sus senos en mis manos. Eran pequeños, tal y como lo había podido apreciar con solo mirarlos. Sus pezones también lo eran, pero eso no era obstáculo para jugar con ellos entre mis dedos.

Ella desabrochó mi pantalón y yo empecé a moverme para dejarlo caer. Una vez sin pantalón, ella empezó a frotarse cada vez con más intensidad. Era evidente que anhelaba ser follada, su calentura era más que evidente.

Yo interrumpí la escena preguntándole si se trataba de su primera vez, a lo que ella respondió con un “jajajaja si sigues preguntando tonterías, voy a tener que dejarte aquí con la calentura”. Así que decidí callarme y disfrutar del momento.

Le quité el buzo tratando de ser muy delicado. Ella quedó ahí parada, apenas vistiendo las bragas; con sus tetitas al aire, mirándome e invitándome a cogerlas, a besarlas, a jugar con ellas. Así lo hice.

Pero no eran solo sus senos los que me invitaban a la lujuria, era todo su cuerpo; delgado, frágil y a mi completa disposición. De nuevo la acaricié por el torso, le agarraba su tierno culito, y pasaba suavemente mis manos por su entrepierna.

Deslicé una de mis manos lentamente hasta introducirla debajo de su calzón. Su humedad delataba su alto estado de excitación. La palpé y en ningún momento me apresuré a introducir uno de mis dedos, más bien jugué a acariciarla superficialmente. Para ese entonces su calzón estaba empapado. Ella ya no me besaba, sino que reclinaba su cabeza hacia atrás, dejándose llevar por el placer. Yo la besaba por el cuello mientras seguía jugando con la superficie de su vagina.

Me detuve y la hice recostar en el sofacama. Corrí sus bragas hacia un costado y empecé a deslizar mi lengua sobre su vagina. Hasta ese entonces y en medio de la oscuridad no había podido apreciarla, pero ahora estábamos cara a cara, o cara a vagina mejor dicho. Estaba completamente rasurada, y lucía tan tierna como todo el resto de su ser.

Jugaba con mi lengua por sobre sus labios vaginales. A la vez acariciaba la cara interior de sus muslos con mis manos. Ella me agarraba del pelo y ocasionalmente hundía mi cara contra su exquisito coño, ocasionalmente levantaba su pubis para juntarlo contra mi cara. Era evidente que la estaba pasando bien.

Luego me animé a introducir mi dedo índice, a hundirlo poco a poco y lentamente, y jugar con él en su interior. Acompañaba esto aún con las caricias de mi lengua.

A esa altura de la faena, Katherine me pedía que la penetrara. Yo estaba muy tentado a hacerlo, pero a la vez quería continuar con mi juego de darle placer. Ella empezaba a soltar unos ligeros gemidos. Lo que desató mi preocupación, pues podía alertar a los demás y hacer que nuestro encuentro terminara en escándalo.

Me detuve, y con mi dedo, aún empapado por sus fluidos, le hice el habitual gesto de guardar silencio, posándolo en mis labios. Volví a posar mi cara frente a su vagina y a deslizar mi lengua sobre ella, pero esta vez seguí de largo deslizándola hacia arriba, de modo que poco a poco fui subiendo por su abdomen, por sus senos, por sus hombros y su cuello, hasta de nuevo volver a besarla.

Agarré mi pene con una mano y empecé a frotarlo contra su vagina, sin penetrarla; solo pasándolo por allí para sentir su humedad con mi miembro. Pero no aguanté mucho tiempo haciendo esto, pues era inminente mi deseo por follarla.

Empecé haciéndolo suavemente, pero ella me agarraba por las nalgas y me empujaba, como tratando de controlar mis movimientos.
Yo seguía contemplándola como una pequeña y dulce chica, por lo que no quería ser agresivo ni brusco con mis movimientos. Pero ella no quería que le hicieran el amor, ella quería que le pegaran una buena culeada. Tuvo que decirme que la follara duro para que yo lo comprendiera. Así lo hice.

Ella me agarraba por el pelo, con su mano tras mi cabeza, mientras yo la penetraba a profundidad y con rapidez. Nos mirábamos fijamente a los ojos mientras nos hacíamos gestos de deseo.

Sus suspiros rápidamente se convirtieron en gemidos. Yo buscaba silenciarlos con besos y ocasionalmente poniendo mi mano sobre su boca. Lo que era imposible de reprimir era el sonido que hacían nuestros cuerpos al chocar, por lo que decidí que había que bajar la intensidad de los movimientos, a menos de que buscáramos ser descubiertos.

Ella se cansó de asumir el rol sumiso en la relación, así que me pidió cambiar de posición. Ella me montó, y dirigió desde allí la cabalgata hacia el éxtasis. Apenas mi pene se deslizo por entre su vagina, sus movimientos se hicieron rápidos y agresivos. Era evidente la calentura de esta chica. Yo no sabía si siempre era así o si es que andaba mucho tiempo sin sexo; el caso es que era más que notoria su fogosidad.

Mientras ella me cabalgaba, yo besaba sus pequeños senos, que justo habían quedado situados frente a mi cara. Los amasaba, los apretaba, los besaba y los chupaba; me daba un completo festín con ellos.

Ella interrumpió dicho banquete tomándome del pelo y levantando mi rostro para poder besarme. Seguía meneándose sobre mí como si no hubiera mañana. Yo sentí que iba a terminar, y como no llevábamos protección puesta se lo dije. Por lo que ella se levantó, luego se agachó y me masturbó hasta hacerme venir sobre su cara.

Instantes después del orgasmo yo seguía estupefacto por el voltaje de esta chica. Incluso llegué a pensar que no había dado la talla, que no había correspondido al tremendo polvo que era Katherine. Le propuse darme un par de minutos para recuperar el aliento y echar otro polvo. Pero ella dijo estar satisfecha, me dio un largo beso, se puso su buzo y se fue a dormir.

Al otro día, muy temprano, cuando apenas se aprecian los primeros destellos del sol al amanecer, desperté con una maravillosa sorpresa. Sentí un ligero cosquilleo en el cuello, se trataba de Katherine que estaba besándome allí. Le pregunté y le reproché por lo que hacía, no porque me molestara, sino por el enorme riesgo de ser descubiertos.

Me dijo que ese iba a ser su última día en Bogotá, presentaría pruebas en un par de universidades donde había realizado preinscripción, y luego partiría de nuevo a su casa, por lo que quería despedirse de mí, dejándome el mejor de los recuerdos. “Me has dado un rato inigualable por lo que me siento obligada a recompensártelo”.

A continuación se dirigió hacia mi entrepierna, sacó mi pene, lo tomó entre sus manos y lo introdujo en su boca para darme una felación, un poco precaria y carente de técnica, pero inolvidable para mí.

Yo permanecía acostado en el sofacama, vigilando de reojo cualquier movimiento, que pudiera interrumpir este hermoso momento. Esto no ocurrió a pesar de que la mamada se extendió por un buen rato.

Todo terminó con mi descarga en la boca de Katherine. Era evidente que esta era la primera vez que hacía una mamada, o por lo menos que alguien le terminaba en la boca, pues apenas lo hice, corrió desesperada a escupir el semen. Era notorio el asco que le dio, por lo que tuve que pedirle disculpas.
Ella no hizo mayor drama, me dijo que no me preocupara, que entendía lo ocurrido.

Luego intercambiamos números telefónicos para no perder el contacto, aunque yo no sabía qué tanto podía hablar con esta chica, con la que más allá del sexo, no había cruzado palabras por más de 15 minutos en la vida. Como último gesto de contacto en esa ocasión, Katherine se sacó sus calzones, me los tiró encima y dijo que me los dejaba como recuerdo. Según ella porque los había mojado tanto, que emanaban un fuerte olor a coño, que seguramente no le convenía llevar consigo en un día de entrevistas en universidades.


Capítulo IV: Volviendo al origen​

El encuentro sexual con Katherine fue un punto de quiebre en mi vida. Me llenó de la confianza de la que carecí por tanto tiempo. Luego de varios años fui capaz de aventurarme a seducir mujeres y tener relaciones con algunas. Sin embargo, ninguna logró generarme lo que sí logró Katherine, pero a ella no le vería, por lo menos, hasta el siguiente año...

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Capítulo IV: Volviendo al origen

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El encuentro sexual con Katherine fue un punto de quiebre en mi vida. Me llenó de la confianza de la que carecí por tanto tiempo. Luego de varios años fui capaz de aventurarme a seducir mujeres y tener relaciones con algunas. Sin embargo, ninguna logró generarme lo que sí logró Katherine, pero a ella no le vería, por lo menos, hasta el siguiente año.

No soportaba la idea de que ella estuviera fornicando con alguien más en su ciudad, que de seguro sería así, tratándose de una chica con un apetito sexual tan notorio y de gran belleza. Pero no podía hacer nada más allá de resignarme y esperar a que terminara el año para volver a tener la oportunidad de poseerla.

En los meses restantes de ese año seguí con mis estudios, disfrutando de esos años de vida universitaria en los que abunda el licor, la fiesta y el sexo.
También cambió radicalmente mi relación con Alexandra, pues a pesar de que se daban oportunidades para follar, no lo hacíamos. Solo hubo una ocasión en que se dio.

Fue el 31 de octubre, día en que acá, en Bogotá, se realizan fiestas de disfraces por toda la ciudad. Para ese año fuimos con Camilo, Alexandra y su novio, y un par de compañeras de la universidad, a una que organizaban en un bar del norte de la ciudad.

Camilo tenía cuento con una de ellas, por lo que se suponía que yo tenía que conformarme con la otra. Pero en este caso se trataba de la amiga fea de la vieja buena. A mi poco me atraía, pero de no lograr conquistar a nadie más esa noche, tendría que conformarme con ella. De todas formas no sería sencillo, pues al parecer yo le generaba tanto deseo como el que ella a mí.

Yo traté de congeniar con alguna otra chica en el bar, pero no era mi noche. Luego de un rato regresé derrotado a la mesa en la que estaba el grupo con el que había llegado. No me quedaba más opción que tratar de pasarla bien, bailando ocasionalmente con la amiga fea, que por cierto se llama Leidy, con Alexandra, y quizá ocasionalmente con Catalina, la amiga buena, a la que Camilo difícilmente soltaba.

Pasada la medianoche el licor había derrotado al novio de Alexandra, que luchaba contra sí mismo para no dormirse sobre la mesa, pero eso era algo que tarde o temprano iba a ocurrir.

A esa altura de la noche creo que todos estábamos en cierto grado afectados por el consumo de licor. En Alexandra también era muy notorio, y yo
decidí que tenía que aprovechar la oportunidad.

Le propuse bailar a lo que ella accedió. Poco a poco nos fuimos mezclando y perdiendo entre la multitud de cuerpos que bailaban en el lugar. Esa noche Alexandra lucía un clásico disfraz de diabla con un pequeño top y una falda muy cortita, que dejaba expuestas sus piernas en todo su esplendor y en cierta medida el monumental par de nalgas que tenía. Su sensual apariencia sumada a sus movimientos al ritmo del reguetón, fueron despertando la excitación que no había sentido por ella en meses.

Era imposible no rozar y no frotar nuestros cuerpos al ritmo del “género urbano”. Esta situación generó, rápidamente, una erección que no pude disimular. Creo que tampoco tenía la intención de hacerlo, es más, mi intención era hacer que Alexandra lo notara. Y así fue.

Ella no parecía molesta con ello, incluso frotaba constantemente su culo para sentir mi excitación. Literalmente nos restregábamos, tal y como piden el 95% de las letras en el reguetón. Ella bailaba dándome la espalda, yo la tomaba de su vientre con una de mis manos, tratando de empujarla hacia mí. Le susurré al oído que lo hiciéramos, a lo que ella accedió sin mayor complicación.

Fuimos al baño de mujeres a cumplir nuestra fantasía. Sabíamos, o por lo menos yo, que debíamos ser rápidos, pues cualquier demora podría generar sospecha para su novio o cualquiera de los otros con los que habíamos salido esa noche.

Apenas entramos al baño empezamos a besarnos casi que con desespero. Luego nos encerramos en un cubículo y sin dar tiempo a nada la apoyé contra una de las paredes, levanté su falda, corrí su tanga hacia un costado y la penetré. Rápidamente incrementé el ritmo, ella también se movía con agresividad; parecía como si los dos lleváramos un largo tiempo sin follar, aunque realmente no era así.

En esa ocasión ninguno de los dos tuvo que contenerse, los gemidos fueron en aumento con la tranquilidad de no ser escuchados por el alto volumen de la música.

A pesar de que ya le daba fuertes empellones, ella pedía que la follara cada vez más duro, así que no escatimé para follarla con brutalidad. Tanto así que me dejé llevar y empecé a azotarle las nalgas. Ella parecía disfrutarlo pues me alentaba para que le siguiera azotando su magnífico culo. Tal fue mi calentura con esa situación que no tarde en terminar, lo hice sobre su faldita, que para ese momento reposaba sobre la parte alta de su culo.
Fui el primero de los dos en retornar a la mesa donde estaban los demás, incluido su novio, que seguía ahí, aplastado contra la mesa en medio de un sueño profundo, sin sospechar los cuernos que le crecían sin parar. Me preguntaba si Alexandra lo engañaba solo conmigo o con alguien más.
Ella volvió un par de minutos después, tambaleándose de la borrachera. No tardó en pedirle a Camilo y los demás que volviéramos a casa, pues estaba muy ebria como para continuar allí.

Esa iba a ser la última vez que follaría con Alexandra, pues de no haber sido por el alto estado de alicoramiento, creo que ninguno de los dos habría accedido a follar con el otro, pues para esa altura ambos, creo, estábamos aburridos el uno del otro.

Capítulo V: "Enlagunada"

Yo seguía frecuentando el apartamento de Camilo, pero ya no había la maliciosa intención de follar con Alexandra, así se diera la oportunidad. Iba allí sencillamente porque Camilo era mi amigo y siempre era un buen plan ir a su hogar, siempre había algo para hacer, o la sencilla oportunidad de conversar y compartir como buenos amigos...

 
Capítulo V: "Enlagunada"

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Yo seguía frecuentando el apartamento de Camilo, pero ya no había la maliciosa intención de follar con Alexandra, así se diera la oportunidad. Iba allí sencillamente porque Camilo era mi amigo y siempre era un buen plan ir a su hogar, siempre había algo para hacer, o la sencilla oportunidad de conversar y compartir como buenos amigos.
Evidentemente yo iba con la ilusión de coincidir con una esporádica visita de su hermana más pequeña, Katherine, que para ese entonces me había causado una obsesión, todavía más porque, a pesar de la ausencia, mantenía el deseo vivo enviándome fotos suyas, con y sin ropa. Sin embargo, siempre me llevaba decepciones, pues nunca la encontraba.

Tampoco desaprovechaba las ocasiones en que estaba su hermana mayor, Diana, a quien siempre vi con ojos de lujuria. Pero mis oportunidades para deleitarme con su cuerpo eran limitadas ya que ella casi nunca estaba en casa.

Alexandra ya no me calentaba de gran manera, y el sentimiento era mutuo, pues ella tampoco demostraba mayor interés en volver a follar conmigo. De todas formas, seguimos llevándonos bien, compartiendo noches de trasnocho en esas épocas de exámenes, trabajos, entregas y parciales.

Mi larga espera por volver a ver a Katherine iba a terminar al año siguiente, en el que ella empezaría sus estudios universitarios acá, en Bogotá.

Yo estaba dichoso porque al fin la tendría cerca para repetir lo de aquella lujuriosa noche en que la conocí. Aunque no iba a ser fácil, pues todo debía ser clandestino ya que ni Camilo ni sus hermanas podían enterarse.

Viviendo todos en el mismo apartamento iba a ser una misión difícil de cumplir. Sabía que entre más visitará este apartamento, más opciones tendría para que se diera tal oportunidad.

Obviamente, en medio de la espera por la ocasión perfecta, debía cruzarme con ella y afrontar sus insinuaciones, pues a ella parecía no importarle nada. De hecho, era bastante desinhibida para demostrar que me deseaba; me agarraba el culo o la entrepierna si nos cruzábamos por algún pasillo del apartamento, me buscaba en mis momentos de soledad en el balcón mientras fumaba, o sencillamente me hacía gestos provocativos, incluso, en presencia de Camilo y sus hermanas, claro está, sin que ellos lo notaran.

Quizá la vez más arriesgada fue un día en que Diana cocinó para todos los que estábamos en el apartamento. Estaba obviamente Camilo y Diana, Alexandra y su novio, y Katherine y yo.

Katherine se sentó junto a mí en la cena, recuerdo que en frente mío estaban Alexandra y su novio, mientras que en las cabeceras de la mesa estaban Camilo y Diana.

Esa vez, en medio de la cena, Katherine tomó mi mano izquierda, y la posó sobre una de sus piernas. Ella llevaba una falda puesta, así que el contacto fue piel con piel.

Pensé en quitar mi mano de ahí, pero sabía que ella estaba gozando con la situación y no quería romperle la ilusión, tampoco quedar como un cobarde, así que dejé mi mano sobre su pierna. Poco a poco ella la fue deslizando hasta llevarla por debajo de su falda. Palpe su coño por sobre su ropa interior, y aun así se sentía el ardor. A la vez moría del pánico por la posibilidad de ser descubiertos, pero afortunadamente eso no pasó. Terminé de cenar, me puse de pie y pedí permiso para retirarme a fumar al balcón.

Allí, solo, con la fuerte brisa que se siente y con la panorámica que brinda el estar en un décimo piso, pensaba en lo que acababa de pasar. Mi calentura era total. Tenía en mente rematar esa noche con un buen polvo con Katherine a pesar de la presencia de Camilo y sus hermanas. Evidentemente tenía que ser precavido, tenía que cumplir mis deseos, pero sin ponerme en riesgo.

Era una misión difícil y arriesgada, pues por más que lo pensaba, no encontraba la forma de follar con Katherine bajo el mismo techo que su hermano y sus hermanas, sin ponernos en evidencia.

Pero de repente se me ocurrió que no tendría que ser necesariamente allí, en ese apartamento. Es más, tampoco tendríamos que alejarnos demasiado, era cuestión de dar correcto uso a todos los espacios disponibles. Afuera del apartamento, justo en lado quedaba el cuarto de basuras de ese piso. Era una zona común y por ende podía ser más arriesgado, pues en caso de ser atrapados el escándalo podría ser mayor.

Aunque a altas horas de la noche era difícil que alguien fuera a ese lugar.
Esa noche, más o menos sobre las 12, todos se habían ido a sus respectivos cuartos. Yo estaba en el sofacama destinado al invitado, que de tantas veces que me había quedado allí, creo que ya tenía mi olor.

Empecé a enviarle mensajes por whatsapp a Katherine. Le invitaba a escapar un ratito de su cuarto, que al mismo tiempo compartía con Diana. No fue muy difícil convencerla, pues para esa época parecía que la obsesión de ella por mí era superior a la mía por ella, o por lo menos equiparable.

Una vez que se reunió conmigo allí en la sala, le pregunté si había vuelto a fumar marihuana y si le gustaría volver a fumar un porrillo conmigo. Ella accedió sin obstáculo alguno. Salimos al balcón, lo encendimos y lo fumamos en medio del silencio. Luego empecé a besarla y a preguntarle si me había extrañado. La fui llevando contra la pared a medida que nos besábamos y subía la tensión. Fui sintiendo una vez más sus carnes entre mis manos, su pubis contra el mío, y su deseo por mí más vivo que nunca. Pero decidí detenerme, pues ese no era el plan.

La tomé de una mano y la llevé hacia la entrada del apartamento, abrí la puerta con total sigilo, y salimos. Luego entramos al cuarto de basuras, que en este caso no es de aquellos que tiene cubos llenos de residuos, sino un ducto por el que se arrojan. Era un espacio bastante pequeño, pero lo suficientemente amplio para los planes que tenía.

Volví a besarla, y poco a poco fui pasando a su cuello. Al mismo tiempo la acariciaba con ambas manos, aunque rápidamente una de ellas iría a parar bajo su ropa interior.

Mientras levantaba su camisa y le besaba sus pequeños senos, acariciaba su vagina que empezaba a emanar una alta temperatura a pesar del poco tiempo que llevábamos dándonos cariño.

Esta vez ella parecía entregada completamente a mis caprichos. Estaba completamente sumisa, dándome toda la iniciativa.

Le saqué su camisa y la colgué de la perilla de la puerta. Sus delicados senos quedaron al aire, a mi completa disposición. Una vez más estaba cara a cara con esos pequeños pezones rosa. Los besé por un tiempo corto, pues ese no era el premio mayor.

Bajé lentamente por su abdomen con mi lengua mientras con mis manos trataba de desapuntar su falda. Debo confesar que hubo cierta torpeza de mi parte, pues ella tuvo que intervenir para abrir el cierre y así poder quitársela y hacerla a un lado.

Una vez que quedó solamente en ropa interior, que para esa noche eran cacheteros, mi excitación era total. Aunque del afán no queda sino el cansancio, así que no me precipité para follar con ella, sino que me encargué de hacer que esta fuera otra noche memorable, tanto para mí como para ella.

Me arrodillé y empecé a pasear mis manos por su abdomen, por sus caderas, por sobre su vagina, que aún permanecía cubierta; por sus piernas, por su culo.

Era muy delicado al hacerlo, pues era el trato que una figura como la de Katherine le exigía a mi mente. Empecé a besar la cara interna de sus piernas, también a pasar lentamente mi lengua hasta subir a su pubis. Bajé sus cacheteros y me puse una vez más cara a cara con su vagina.

Comencé a chuparla, a lamerla y a besarla sin dejar de acariciar su abdomen, sus piernas y sus caderas. Era notorio que ella lo disfrutaba, pues para ese momento ya empezaba a soltar unos pequeños jadeos.

Ocasionalmente levantaba la mirada para ver su cara, para ver sus gestos de placer. Ella estaba con sus ojitos cerrados y la cabeza ligeramente reclinada hacia atrás.
Su vagina se humedeció rápidamente, Pero esto no hizo que me detuviera, pues a pesar de que el sabor de sus fluidos era hostigante, estos se convertían en un manjar al saber que eran fruto de su disfrute.

Ella me agarraba fuertemente del pelo para evitar que mi cara se apartara de su coño. No era necesario que lo hiciera, pues yo aún estaba lejos de terminar con la sesión de sexo oral que tenía preparada para ella.

Continuaba acariciando su cuerpo, pero esta vez mis caricias iban acompañadas de ligeros y suaves rasguños por su espalda. Era tal su excitación que sus fluidos fueron escurriéndose por la cara interna de sus muslos. Ocasionalmente me ayudé con los dedos para acariciar su vulva, que para ese momento ardía. Sus jadeos pasaron a ser gemidos y posteriormente pasaron a ser pedidos para que la penetrara.

Hice caso a su petición, pues ya era hora de sentirla nuevamente. Allí, de pie y frente a frente la penetré. Acompañé ese momento con unos tiernos besos. La follaba con relativa calma, sin apuro alguno, aunque sentía que pronto debía cambiar esa actitud, pues del primer encuentro había aprendido que a esta chica le gustaba el sexo duro, agresivo y sin contemplaciones.

Tomaba entre mis manos y apretaba sus nalgas a medida que la penetraba con más fuerza. Ella no decía nada. Por ratos me miraba directamente a los ojos, con la boquita abierta, para luego pasar a cerrar sus ojos y reclinar su cabeza mientras soltaba uno que otro gemido. Yo la besaba con frecuencia, pues sus labios eran un gran factor de sensualidad. También su manera de besar, ya que Katherine gustaba de morder cuando lo hacía, y a mí eso me volvía loco. De hecho, cuando lo hacía, yo parecía detener mis movimientos, para luego reanudarlos con mayor fortaleza.

La humedad de su vagina podía sentirla ya en mis pubis, al igual que sentía sus senos chocar contra mi pecho con cada una de mis embestidas. Y así como yo agarraba sus nalgas en ese coito en pie recostados contra una pared, ella agarraba las mías enterrando sus uñas.

De todas formas, mantenernos en esa posición fue algo agotador, así que con el pasar de los minutos nos “desenganchamos”, le di vuelta, la apoyé contra la pared y la penetré. La rodeaba con uno de mis brazos por su abdomen mientras que con la otra mano la tomaba, por ratos de uno de sus hombros, por ratos de su pelo, y por ratos de su cara para girarla y continuar besándola.

El volumen de sus gemidos fue en aumento, aunque eran realmente esporádicos. Yo trataba de ser silencioso, pues a pesar de no estar al interior del apartamento, sentía que de todas formas estábamos corriendo un riesgo.

Me encargaba de penetrarla a profundidad pero sin agresividad, tratando de evitar hacer ruido con nuestros cuerpos al chocar. Tampoco me apetecía follarla con dureza, a menos de que ella lo quisiera, pero nunca lo manifestó.

Más bien guardaba silencio, ocasionalmente dejaba escapar sus gemidos, que en medio de la oscuridad de ese cuarto me resultaban bastante lujuriosos y dicientes.

Este, a diferencia del primer polvo, fue bastante largo. Seguramente porque ninguno de los dos sintió la amenaza o el temor de aquella primera vez en que corrimos el riesgo de ser descubiertos. Pero, aunque yo hubiese querido que durara para siempre, su apretado coño iba a cumplir con la función de generarme un orgasmo. Fui lo suficientemente previsivo y ágil para sacarlo y terminar corriéndome sobre su espalda y sobre su culo.

Cuando terminamos no pensamos en encender la luz por lo menos en un comienzo. Pero ella soltó un pequeño grito seguido de una risa nerviosa. Lo hizo porque había pisado un charco en el suelo, un charco que ella misma había creado con sus fluidos.

En un comienzo yo no entendí el porqué de su reacción, encendí la luz y vi el charco, ella aún en medio de su risa nerviosa se disculpó.

- Ay, oye, perdóname, la verdad que no lo controlé, dijo la avergonzada chica
- No te preocupes…
- - Yo no sé tú qué sentiste, yo sentí rico así que me dejé llevar, dijo ella interrumpiendo mi respuesta
- Tranquila, yo ni me di cuenta
- Jejejejeje, nunca me había pasado, de verdad discúlpame
- No te preocupes, es algo completamente natural, no tienes de que avergonzarte

Ver el pequeño charco de fluido allí en el suelo, no solamente me calentó, sino que despertó en mi un sentimiento de compasión, quizás enamoramiento, por la vulnerabilidad y nobleza expresada por Katherine.

La besé antes de que se vistiera, acaricié su mejilla y le expresé lo mucho que me alegraba su llegada a la ciudad y su aparición en mi vida. Nos vestimos y entramos de nuevo a su apartamento. Nos besamos nuevamente y luego la vi partir hacia su habitación mientras yo tenía el deseo de compartir la noche entera con ella.

Capítulo VI: infragantis

Era evidente el interés de ella por mí y el mío por ella, así que nuestros encuentros sexuales se iban a repetir en más de una ocasión. Pero siempre íbamos a contar con la dificultad del dónde: en su apartamento existía el peligro de ser descubiertos por sus hermanas o su hermano, en mi casa estaban mis padres, con lo incómodo que puede ser follar teniéndolos en el cuarto del lado...

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Capítulo VI: Infragantis

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Era evidente el interés de ella por mí y el mío por ella, así que nuestros encuentros sexuales se iban a repetir en más de una ocasión. Pero siempre íbamos a contar con la dificultad del dónde: en su apartamento existía el peligro de ser descubiertos por sus hermanas o su hermano, en mi casa estaban mis padres, con lo incómodo que puede ser follar teniéndolos en el cuarto del lado.

Agotamos rápidamente la opción de los moteles, pues como universitarios carecíamos de unos ingresos que nos permitieran ir de motel en motel. Además de la exposición que implica ir a estos sitios. También agotamos la posibilidad de hacerlo en sitios públicos, pues para ese entonces nos ganaba el pánico de ser descubiertos, luego eso iba a cambiar, iba a ser ponderante el deseo y el morbo de hacerlo en un lugar público por sobre cualquier otra cosa.


No nos quedaba más opción que seguir buscando los momentos indicados para hacerlo en su apartamento. De todas formas no es que se tratara de algo tortuoso, pues tanto a ella como a mí nos generaba adrenalina el hecho de poder ser descubiertos por su familia, y siempre salir airoso.

Aunque tanta dicha iba a llegar a su fin algún día. Ocurrió una mañana de sábado. Yo había llegado en la noche del viernes a su apartamento para compartir unas cervezas con Camilo. Para el día siguiente Camilo y Diana tenían previsto ir a un concesionario para elegir un auto que sus padres habían prometido les iban a regalar. El plan de Camilo era que yo le acompañara y le diera mi opinión sobre cuál elegir, pero al día siguiente yo fingiría sufrir un fuerte dolor de estómago para no ir con él. Alexandra tampoco estaba, pues había ido a pasar el fin de semana casa de su novio.

Todo estaba servido para pasar una mañana de placer con Katherine, a quien tampoco le resultaría muy difícil esquivar el compromiso de ir al concesionario. Su pretexto fue un fuerte dolor abdominal a causa de su periodo, razón que Diana comprendió por completo.

Yo permanecía sentado en la sala, agarrando mi estómago por el supuesto dolor, cuando Camilo y Diana salieron del apartamento. Una vez que la puerta se cerró, salí al balcón a fumar un cigarro y a esperar para verlos salir del edificio y dar por hecho que el camino estaba despejado.

Terminé el cigarro y me dirigí al cuarto de Katherine, que para ese momento seguía durmiendo. Empecé a deslizar hacia abajo y muy despacito el pantaloncito corto que usaba como pijama.

A pesar de que su vagina quedó expuesta ante mis ojos, no me dirigí directamente a esta sino que empecé a besar y acariciar sus piernas. No tenía apuro alguno, ya que era prácticamente imposible que Camilo y Diana regresaran antes del mediodía. Pasé mis dedos por sobre su coño estableciendo el contacto apenas necesario para sentirlo.

Uno de mis grandes placeres era darle sexo oral a Katherine. Me excitaba sobremanera lo bien cuidada que tenía su vagina, siempre suave, siempre depilada, prácticamente al ras, sintiéndose apenas esos pelitos nacientes tan característicos de las zonas íntimas. Pero lo que más me ponía de darle sexo oral a Katherine era la facilidad con que su vagina se humedecía.

Empecé a pasear mi lengua sobre sus labios vaginales, y ella, aún entre sueños disfrutaba de lo que sentía, por momentos se retorcía, por momentos dejaba escapar suspiros y murmuraba mi nombre en medio de la inconsciencia onírica. Su coño delataba su alto estado de excitación, pues ardía a pesar de no haber pasado más que unos minutos de mi sesión de sexo oral.
Cuando despertó se vio sorprendida de encontrarme ahí, con mi cara metida en medio de sus piernas. No porque no se lo esperara, pues era algo que habíamos charlado, sino porque no esperaba que nuestro encuentro fuera a empezar tan temprano.
No cruzamos palabra. Yo alcancé a levantar un poco la mirada y a verla sonreír antes de que me enroscara con sus piernas, metiendo de lleno mi rostro contra su coño.

Yo seguí jugando con mi lengua en su vagina, pero ahora me ayudaba de mis manos para acariciar su torso. Para ese momento ella no hacía algo diferente a disfrutar. Su vagina ya no ardía únicamente, sino que se había convertido en un pozo. La mitad de mi cara y parte de mi cuello estaban empapados con sus fluidos.

Pero nuestra sesión de placer se vio interrumpida de repente. Alexandra estaba parada bajo el marco de la puerta de la habitación, estaba viendo todo, quién sabe desde hace cuánto, pues había permanecido en silencio. Nos interrumpió a la vez que nos pegó un susto absurdo. “¿Qué es lo que está pasando aquí?”, dijo.

Ambos dirigimos la mirada hacia la puerta y la vimos allí parada, sin saber qué hacer o qué explicación darle. ¿Pero qué explicación podíamos dar? Era más que evidente lo que hacíamos.

Katherine, arrinconada por la situación, empezó a contarle toda la verdad a Alexandra. Le contó desde nuestro primer encuentro sexual hasta lo que estábamos haciendo esa mañana. Le pidió guardar el secreto, pues sabía que Camilo se molestaría conmigo en caso de enterarse. También creía que Diana no vería con buenos ojos que yo fornicara con su pequeña hermana.
Alexandra tranquilizó a Katherine, accedió a guardar silencio pero bajo una condición: Me miro y dijo “quiero que me hagas lo que le estabas haciendo a ella”.

Quedé helado, me parecía absurda la petición de Alexandra. Pero Katherine aceptó de inmediato. Me miró y sin decir palabra alguna, solo con sus gestos, me envió a cumplir la misión de satisfacer a su hermana para comprar su silencio.

Debo admitir que dar sexo oral es uno de mis pasatiempos favoritos, tanto así que mis amigos más cercanos me habían bautizado como “el lamechochas profesional”. El hecho de poder excitar tanto a una mujer con mi lengua y mis manos me parecía algo espectacular.

El coño de Alexandra no era una novedad para mí, pero si lo iba a ser el sexo oral con este. Nunca le había dado sexo oral a ella porque me parecía el polo opuesto a Katherine: no le daba la atención suficiente a su zona íntima, ni siquiera se tomaba el trabajo de depilarla.

Pero no tenía otra opción. Era un acuerdo establecido entre los tres para conservar el perfil bajo de nuestra relación con Katherine. Tampoco se trataba de una tortura, así que me puse manos a la obra para cumplir con lo pactado.

Alexandra se sacó el pantalón y luego sus calzones, que en esa ocasión eran unos cacheteros con encaje. Su vagina estaba tal y como la recordaba, oculta bajo una densa capa de bello.

La acosté en la cama y procedí a consentirla con la lengua mientras Katherine veía todo. Supongo que para ella fue incómodo, para mí no dejó de ser supremamente excitante.

Claro que esa sensación de calentura se disipaba al sentir el sabor del coño de Alexandra, pues era bastante fuerte; impedía concentrarse en dar un buen sexo oral.

  • - Cálmate, que no me interesa tu novio. Solo quería saber por qué disfrutabas tanto, dijo Alexandra tratando de tranquilizar a Katherine
  • - ¡Vete a la mierda!, respondió Katherine a su aprovechada hermana
Sin soltarme la mano, Katherine me llevó hacia uno de los baños para rematar la faena que su hermana había interrumpido. Sería el último polvo que echaríamos con el desconocimiento de su familia. Seguramente sería el último que tendríamos de forma clandestina, escondidos, como si hiciéramos algo malo, aunque eso dependía de la reacción que tuvieran Camilo y Diana una vez que se enteraran de lo nuestro.

Katherine se sacó la camiseta que cubría su torso y rápidamente entró a la ducha. Yo tardé un poco más, pues entre lengüetazo y lengüetazo no me había dado tiempo de quitarme la ropa.


Una vez que me desvestí e ingresé, la encontré allí tirada en el suelo, recostada contra una de las paredes, con sus piernas abiertas y haciéndome señas de que rematara la mamada que había empezado minutos atrás.

Lo hice con gusto. Para mí la vagina de Katherine era como un delicioso postre, no por su sabor, sino por el efecto placer que producía a Katherine. Aunque a esa altura de la mañana ya era más que justo y necesario penetrarla. Me lo había ganado, había hecho méritos suficientes, y ella lo entendió así.

Salimos de la ducha y nos sentamos sobre el inodoro. Bueno, ella no, ella se sentó encima de mí y empezó a darme una cabalgata brutal, utilizando mi miembro erecto como su consolador ideal. Yo la dejé moverse a su gusto, no utilicé mis manos para guiar su movimiento en ningún momento. Lo que si hice fue jugar con sus pequeños y tiernos senos entre mis manos y entre mi boca. También le metí un dedo por el ojete, más concretamente el índice de la mano derecha, era algo que venía anhelando y que hasta ahora no me había dado el gusto de cumplir.

Lo hice sin ser muy intrusivo, con mucha delicadeza y sin apuro. Ella no me reprochó en ningún momento. Solo clavaba sus ojos en mi rostro, abriendo y cerrando su boquita al mismo ritmo que gemía. Ocasionalmente me besaba y ocasionalmente me enterraba las uñas en la espalda.

Cuando mi excitación llegó a su cúspide, se lo hice saber, pues ya era una costumbre descargar mis orgasmos en su rostro.

Ella tuvo que volver a bañarse, pues el coito le había puesto a sudar su coñito, además que su rostro había quedado cubierto de semen.

Mientras ella estaba en la ducha, yo permanecí sentado en el váter, pensando cómo le iba a explicar a Camilo que me estaba follando a su hermana, a la pequeña y consentida Katherine.

Capítulo VII: Entrando por el garaje


La excitación del polvo mañanero y sabatino había pasado. Ahora caminaba de lado a lado en ese apartamento, pensando en la reacción que iba a tener mi mejor amigo. También entendiendo que, si Katherine estaba dispuesta a revelar esto a su familia era porque consideraba que yo era su pareja. Ella y yo veníamos follando desde hace unos meses, pero nunca charlamos acerca de nosotros, ni salimos en plan de novios, ni nada parecido, hasta ahora se había tratado solo de sexo ocasional...

La continuación de esta historia en https://relatoscalientesyalgomas.**...01/hermanitas-de-sangre-y-leche-capitulo.html
 
Capítulo VII: Entrando por el garaje

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La excitación del polvo mañanero y sabatino había pasado. Ahora caminaba de lado a lado en ese apartamento, pensando en la reacción que iba a tener mi mejor amigo. También entendiendo que, si Katherine estaba dispuesta a revelar esto a su familia era porque consideraba que yo era su pareja. Ella y yo veníamos follando desde hace unos meses, pero nunca charlamos acerca de nosotros, ni salimos en plan de novios, ni nada parecido, hasta ahora se había tratado solo de sexo ocasional.

Yo había quedado bastante golpeado de mis anteriores relaciones, y me había jurado a mí mismo permanecer solo de por vida. Claro que era un juramento que había hecho bajo el dolor que implica una traición, y habían pasado varios años desde ello. Amaba follar con Katherine, y sentía por ella una especie de ternura, quizá una necesidad por protegerle, así que tampoco me disgustaba la idea de salir con ella. Pero todo esto era, hasta ahora, un delirio mío. Quise despejar dudas y lo hablé con ella, pues solo ella podía ratificarme lo que éramos.
  • - ¿Qué crees que le vamos a contar a mis hermanos? ...pues obvio que somos novios, me respondió con algo de ironía
  • - ¿Y desde cuándo? Yo me acabo de enterar
  • - No nos van a pedir esos detalles. Tú asume que desde hoy, aunque déjame y hablo yo
Pintaba un poco mal este inicio de relación para mí, pues desde un comienzo ella estaba imponiéndome reglas.

Camilo y Diana regresaron al apartamento, y el momento de confesar mi amorío con la más pequeña de la casa había llegado. Estaba nervioso, me sudaban un poco las manos, se me aceleraban las palpitaciones y tragaba saliva. Me esperaba incluso una reacción agresiva por parte de Camilo, pues en cientos de ocasiones lo escuché decirme “el que haga sufrir a mis hermanas lo mato”. Yo no había hecho sufrir a Katherine, al contrario, pero cualquier cosa podía esperarme.

Sin embargo, fue una sorpresa para mí el modo en que se lo tomó Camilo, pues en ningún momento demostró malestar por la noticia, quizá algo de sorpresa, pero no molestia. A la que no le cayó muy bien la noticia fue a Diana, pues seguramente me tenía en un concepto de vago, mariguanero, inútil y quién sabe qué más. Pero nada podía hacer. Conocía el carácter de su hermana y entendía que no había forma de hacerla cambiar de parecer.

Habiéndome quitado el peso de ocultar la verdad, di rienda suelta a la relación que acabábamos de formalizar con Katherine. Esa misma noche la llevé a cenar a La Ventana, un afamado restaurante de la ciudad por su ambiente perfecto para el romanticismo.

Aunque Katherine para esa época no estaba muy enfocada en el romanticismo, sino más bien en complacer sus instintos más básicos. Así que después de cenar nos fuimos para Amarte, un motel seguramente muy conocido para los que frecuentan estos sitios.

Allí llegamos casi en medio del desespero, como si no lo hubiéramos hecho esa misma mañana; era una época en que ambos profesábamos un gran deseo por el otro.

Fue nada más cerrar la puerta de la habitación para tumbar a Katherine en la cama, sacarle el pantalón y su tanga, y empezar una vez más a consentir su tierna vagina con mi boca. Era evidente que a ella le apetecía, pues polvo a polvo se había ido volviendo adicta al sexo oral que yo le daba.

No sé en qué momento me volví tan hábil para complacer a una mujer con mis labios, mis manos y mi lengua, pues mi experiencia no era muy amplia. Con las dos novias que tuve anteriormente no lo practiqué tantas veces, y luego de ellas me experiencia se limitó a putas y Alexandra, y con ninguna de ellas lo hice.

El caso es que Katherine deliraba con mi boca consintiendo su vagina, que además tenía esa particularidad de humedecerse en exceso; lo que a mí de paso me calentaba más y más.

Claro que mi anhelo esa noche era completar lo que había empezado esa misma mañana. Esa exploración de mi dedo en su culo, pero ahora no quería que fuera simplemente con el dedo, sino que quería inaugurar su entrada trasera. Había llevado conmigo lubricante para facilitar la labor, estaba ansioso por llegar a ese momento. Pero sabía que antes debía hacer delirar a Katherine.

La penetración vaginal no tardó en llegar, pues cuando Katherine alcanzó su primer clímax, empezó a pedirme que la follara. Sin mayores complicaciones o arandelas empezamos, allí, en la posee del misionero. Katherine me agarraba por las nalgas mientras que me pedía que la follara cada vez más duro.

Así lo hice, la penetré a fondo y la sacudí fuertemente con cada uno de mis movimientos. La besaba por el cuello y ocasionalmente mordía sus labios. Ella se limitaba a dejarse llevar por mis movimientos mientras me arañaba la espalda.

Luego le di vuelta, ella quedó boca abajo tendida sobre la cama. Volví a penetrarla por su hermosa y rosadita concha, que a esa altura de la noche lucía y se sentía totalmente empapada.

En esa posición empezamos muy despacio y poco a poco fuimos incrementando el ritmo. Ella fue levantándose hasta quedar apoyada en sus rodillas y en sus manos, es decir, hasta quedar en la tradicional posición de perrito o en cuatro.

A mí me encantaba follarla en esta posición, pues a pesar de que sus nalgas eran pequeñas, en esta posición se veían prominentes, espectaculares. También me encantaba ver en alta definición la forma en que mi pene entraba y salía por su tierna vagina. Pero lo que más me gustaba de follarla en esta posición era el hecho de poder ver su ojete, haciéndome “ojitos” para que lo penetrara.

Se la saqué y dirigí mi pene hacia el agujero de su culo. Ella se sorprendió, apretó las nalgas y dio un par de pasitos hacia adelante; giro su cara y me miró con asombro, no pronunció palabra.

Yo busqué tranquilizarla, le pedí que se animara a hacerlo pues yo iría muy despacito, “incluso traje lubricante”, le dije tratando de convencerla.
Ella cedió, aunque me dijo que si no le gustaba, yo debía parar. Acepté e inmediatamente empecé a echarle el lubricante. Luego le metí mi dedo índice y posteriormente se sumó el dedo corazón. Viendo que no hubo mayor molestia, saqué mis dedos, tomé mi pene entre mi mano y lo dirigí a su ano. Empecé a enterrarlo lentamente. Al comienzo ella permaneció en silencio, no demostró gusto ni fastidio, solo agachó su cabeza y permaneció estática mientras mi pene se hundía lentamente en su ojete. Pero cuando ya iba adentro aproximadamente la mitad, soltó su primer gemido.

Yo lo introducía gradualmente. A medida que ingresaba un poco más, lo sacaba y repetía el proceso hasta hundir un poco más. Finalmente llegó el momento en que lo tuvo todo adentro. Ella se agarraba fuertemente de las cobijas. Luego dejó caer la parte alta de su torso y su cabeza sobre la cama, de modo que su culo permanecía en alto, pero el resto de su cuerpo se apoyaba en el colchón.

Poco a poco empecé a incrementar el ritmo. Noté como mi pene fue untándose un poco de mierda, pero no me importó, mi excitación superaba cualquier sensación de asco.

Ella mordía las cobijas y la almohada, y yo juraba para mis adentros que le encantaba. Así que decidí de nuevo incrementar un poco el ritmo, pero ahí fue cuando todo cambio.

Vi cómo se le escurría una lágrima, así que decidí detenerme, con mi pene aún dentro de su culo, para preguntarle “¿Te gusta?’”. Ella, sin duda alguna dijo “no, sácamelo”.

Así lo hice, limpie sus lágrimas y acaricie sus mejillas. Le pedí perdón, pues mi objetivo nunca fue ese. Ella lo entendió y no me hizo reproche alguno. Fue al baño, se lavó un poco y volvió para continuar la faena de sexo convencional.

La besé y a modo de disculpa le ofrecí hacerle sexo oral de nuevo. Ella, ni corta ni perezosa accedió. Así que de nuevo hundí mi cara en su vagina y pasé otro rato con su clítoris entre mi boca.

Ella lo disfrutaba, pero esta vez en silencio. Agarraba mi cabeza para hundirla y restregarla contra su vagina. Luego, al sentirse nuevamente al borde del orgasmo, me pidió que la penetrara.

Cumplí sus deseos, cabalgué de nuevo entre sus piernas, frente a frente, cara a cara. También disfrutaba mucho de hacerlo así con ella, pues podía ver su hermoso rostro a la vez que la cogía. Y en ese polvo descubrí algo esencial para la relación de pareja que hasta ahora emprendíamos. Katherine disfrutaba más del sexo en silencio, pues siempre que era así, terminaba con alguna sorpresa. Primero fue con el charquito de fluidos en el piso. Esta vez fue con un espasmo incontrolable de sus piernas, pues con un nuevo orgasmo de su parte, llegó esta reacción.

A mí me pareció bastante curioso, también excitante, debo aceptarlo, pues ver esa reacción involuntaria de su cuerpo solo revelaba su fragilidad y el disfrute inocultable.

Pero a pesar de que este había sido un polvo largo, yo aún no había llegado al orgasmo, mientras que ella lo había alcanzado en varias ocasiones. Ella decidió que me lo iba a provocar con una buena mamada.

Así fue, con sus ojitos seductores mirándome a medida que introducía mi pene con más vehemencia entre su boca, deslizando sus sensuales labios sobre mi miembro que sin control estalló de placer al interior de sus fauces. En ese entonces ella sentía un poco de asco por cosas como esta, pero luego fue afinando sus dotes de viciosilla y se convirtió en una tragaleche de tiempo completo.


Capítulo VIII: Adrenalina de sábado


Como casi todas las relaciones, la nuestra fue maravillosa en un comienzo. Pero el paso del tiempo es devastador. Empiezan los celos, los reproches, las pataletas, los intentos de dominación del uno sobre el otro. Bien decía Confucio “los años son escobas que nos van barriendo hacia la fosa”. Yo sabía que iba a ser así, y aún no entendía por qué había aceptado empezar un noviazgo con Katherine. Pero lo hecho, hecho está. Pensaba para mis adentros, “echaremos 50 polvos buenos y desaparecerá la magia”...

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Capítulo VIII: Adrenalina de sábado

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Como casi todas las relaciones, la nuestra fue maravillosa en un comienzo. Pero el paso del tiempo es devastador. Empiezan los celos, los reproches, las pataletas, los intentos de dominación del uno sobre el otro. Bien decía Confucio “los años son escobas que nos van barriendo hacia la fosa”. Yo sabía que iba a ser así, y aún no entendía por qué había aceptado empezar un noviazgo con Katherine. Pero lo hecho, hecho está. Pensaba para mis adentros, “echaremos 50 polvos buenos y desaparecerá la magia”.


Seguramente el hartazgo iba a ser mutuo para el momento en que llegase, pero aún faltaba tiempo para eso, así que no quedaba más que disfrutar y vivir la experiencia.

Para mí el comienzo de nuestra relación iba a ser más que idílico, pues además de la emoción y la satisfacción sexual que me generó Katherine, conseguí mi primer trabajo pago. Fue en una productora audiovisual, como editor de videos. Para tratarse de mí primer trabajo formal, sin contar con mayor experiencia, me pagaban bastante bien, teniendo en cuenta además que seguía siendo un estudiante universitario. Lo de editar video se me daba bien, y para ese entonces me apasionaba bastante.

Por supuesto que lo primero que hice fue buscarme mi propio apartamento, que más que un apartamento resultó siendo un piso en alquiler. Un piso en una bonita casa en un barrio céntrico de la ciudad.

Contar con mi propio sitio me permitió tener más privacidad con Katherine. Ya no debíamos recurrir a moteles, ni fornicar en su apartamento sabiendo que sus hermanas y hermano podían escucharnos.

Para Katherine fue en gran medida beneficioso, pues le quedaba relativamente cerca de su universidad, así que me visitaba con mayor frecuencia, prácticamente a diario.

Yo había sido igualmente quien la introdujo en el mundo de los porros, en el cual se metió de cabeza una vez que yo conseguí este piso. Allí fumábamos sin que nadie nos fuera a reprochar.

Claro que el hecho de trabajar y estudiar al mismo tiempo, redujo en gran medida la cantidad de tiempo libre que tenía. Pero de todas formas era un sacrificio que valía la pena.

El barrio donde quedaba mi piso también era ideal para mí. A pesar de ser una zona residencial de construcciones bajas (ninguna superaba los cuatro pisos), contaba con bastante comercio, tenía bastantes zonas verdes, incluida una pista de skate; un par de bares, y facilidades para conseguir transporte.

Lamentablemente algunas veces los estereotipos tienen algo de verdad, y bien dicen por ahí que las pistas de skate vienen con mariguaneros incluidos. Yo no patino, ni monto tabla, pero si consumo hierba, por lo que me adapté e hice amigos rápidamente en el lugar.

Uno de ellos fue Pedro, que indirectamente hizo que yo tuviera uno de los más memorables polvos con Katherine entre esos 50 que estipulé podríamos tener.

Ocurrió una tarde de sábado que ella estaba en mi piso. Yo tenía algo de trabajo acumulado así que me senté a editar mientras ella dormía. Esa tarde Pedro fue a visitarme. Él, además de fumar marihuana, era un apasionado por tocar trompeta. Como sabía que en mi piso nadie le iba a reprochar, iba para ensayar tranquilamente.

Esa tarde generó algo de molestia, pues con su estrepitoso instrumento cortó el sueño de Katherine; que valga aclarar que cuando dormía lucía dulce y tierna, me hacía pensar que realmente estaba enamorado de ella.

De todas formas ella se levantó y no armó mayor drama por esto. De hecho, se ofreció a ir a comprar algo para tomar entre los tres. Yo debía trabajar, así que en un comienzo me negué a beber, pero entre los dos me convencieron para tomarnos aunque sea un par de cervezas.

Pedro, además de fumar hierba, era un amante del perico(cocaína). Yo no, pues siempre se me ha hecho que es la perdición, la puerta de entrada al infierno. Sin embargo, cuando alguien más la consume no puedo prohibírselo. Además, Pedro no se alteraba mucho cuando consumía, se alteraba era cuando se le acababa.

Esa tarde se le acabó y entró en desespero. Empezó a llamar a su dealer para que le vendiera un poco. Cuando concretó el encuentro, nos pidió que le acompañáramos. Iríamos en su auto, así que accedimos.

Su dealer vivía en Kennedy, una localidad en el suroccidente de la ciudad, no muy retirada de donde estábamos, por lo que sería un viaje relativamente rápido. Finalmente no tanto, pues los sábados esta ciudades intransitable, especialmente en la tarde.

El dealer vivía en una especie de conjunto que no era cerrado. Era una pequeña ciudadela, un conjunto de edificios, pero no había ninguna reja o algún tipo de seguridad a la entrada de la urbanización; solo un grupo de edificios construidos en forma de u, mientras que el centro era un espacio para parquear vehículos.

Pedro estacionó el carro, nos dijo que trataría de no demorarse, se bajó del vehículo y se fue, despareciendo de nuestra vista al entrar en una de las torres.

Para ese momento yo estaba sentado en el puesto del copiloto, mientras que Katherine venía en el asiento de atrás.



- ¿Me vas a dejar aquí solita?
- No, ya me paso para atrás

En un comienzo ella se recostó en mis piernas mientas yo acariciaba su pelo. Empezó a contarme del hartazgo que tenía de vivir con sus hermanos, especialmente con Diana, que. al ser la mayor de todos, actuaba como si fuera su madre. “Es insoportable”, decía Katherine, mientras yo trataba de ponerle atención, pues el colocón de los porros que nos habíamos fumado antes todavía no se me pasaba.

“Menos mal que te tengo a ti”, dijo antes de levantarse bruscamente y empezar a besarme. Yo correspondí el beso, incluso busque que fuera algo romántico tomando su mejilla suavemente. Pensé que era lo que buscaba, pero me equivoqué.

- Quiero que me lo hagas aquí
- ¡Estás loca! Es de día, pasa mucha gente. Pedro vuelve en cualquier momento
- No me salgas con pretextos llenos de cagaleras. Va a ser uno rapidito, tengo muchas ganas
- Dale...

Realmente fue un polvo muy corto. Lo sé porque mientras que lo hicimos sonaron apenas dos canciones, es más, una ya iba a la mitad cuando empezamos a follar, así que fue canción y media.

La canción que sonaba cuando empezamos a culear era Bad Boys, de Bob Marley, y la segunda fue Mi vida(Live) de Manu Chao. No lo olvidaré, pues amenizaron uno de los polvos más especiales que echamos Katherine y yo.

Esa vez Katherine llevaba una falda de jean, así que no hubo mayor complicación para follarla, fue cuestión de subirla un poco, correr su ropa interior hacia aun costado y listo.


La calentura que Katherine tenía ese día era de alto calibre, pues fue ella quien impuso el ritmo de la cabalgata. Yo me limitaba a agarrarla fuertemente de las nalgas, ocasionalmente a sentir sus pequeños senos por sobre su camisa, y especialmente besarla.

No puedo negar que sentía un gran nerviosismo por lo que hacíamos, así que tomando de las caderas a Katherine, empecé a guiar sus movimientos para que fueran cada vez más fuertes y provocar mi orgasmo lo más pronto posible.

El polvo quizá no tuvo nada espectacular, pues ni siquiera pude verla desnuda, ni sentir su piel en la mayoría de su cuerpo, mucho menos disfrutar el sabor de su fluidos, pero seguramente la alta dosis de adrenalina que me generó fue lo que me dejó tan marcado.

Cuando sentí que iba a terminar se lo hice saber, pero esta vez ella hizo caso omiso y me pidió acabar en ella. “luego compramos la pastillita del día después”, dijo en medio de su calentura.

Yo terminé y ella lo notó, pero más allá de eso aprovechó el extratiempo de dureza de mi pene para seguir montada, empezó a besarme y me sentenció. “Cuando volvamos a casa vamos a rematar, así que aprovecha para recuperarte”.

Ella me desmontó, se hizo a un lado y se recostó en el asiento. Estaba colorada y acalorada, su pelo un tanto desordenado; los vidrios se habían empañado, aunque no tanto como muestran en las películas.

Pedro volvió unos diez minutos después. El polvo había terminado hace un buen tiempo, pero nuestra apariencia era delatora.

- Se la pasaron bien por lo que veo chicos...
- ¿Por qué lo dices Pedrito?
- Hombre, el carro apesta a sexo. Además que tienen unas caritas… ¿No me lo habrán manchado?
- No Pedro ¿Cómo se te ocurre?

Nos miramos con Katherine y creo que ambos sentimos algo de vergüenza, pero lo que reinó fue el silencio. “Parce, pasate aquí adelante que no quiero parecer su chofer”, dijo Pedro mientras me miraba.


Pedro nos llevó de vuelta a casa, tomó su trompeta y se fue. Ahora teníamos pista libre para continuar lo que habíamos empezado en la tarde. Yo ya había recuperado fuerzas, por lo que estaba ansioso por repetir. Me había olvidado que tenía trabajo atrasado, lo único que me importaba a esa hora era echar un polvo tan maravilloso como el vivido unas horas atrás.

- Hazme un… ¿Cómo es que le llamas?¿Cunnilingus?
- A tus órdenes…

Baje su falda de un jalón. Quedó allí de pie, tan vulnerable, tapada apenas por su tanguita y su camisa. Quizá algo sorprendida por la brutalidad con la que le saqué la falda.

Luego le saqué la tanga, normalmente; no todo tenía que tener esa dosis de agresividad. Le pedí que se mantuviese en pie mientras yo me agachaba para darle sexo oral.

Recuerdo que esa vez jugué quizá de más con mis dedos, pues yo era mucho de usar la lengua, los labios y los dientes, pero poco los dedos, ya que mis manos habitualmente se ocupaban acariciando el resto de su cuerpo. Sin embargo, esa noche tenía ganas de “jugar al ginecólogo”, quería explorar un poco con mis manos.


Ella lo disfrutó, pero estoy seguro de que no tanto como en anteriores ocasiones. De todas formas, con la pareja debes ir probando, y eso fue lo que hice. De hecho, creo que se pegó un buen susto cuando dirigí uno de mis dedos hacia su culo, otra vez volvió a aparecer ese gesto de apretar nalgas. Yo solo me reí y le dije “no te preocupes, quería ver cómo reaccionabas, pero sé que no te gusta”.

Y así como ella había sido la encargada de dominar la situación en el polvo de la tarde, ahora era mi turno.


Una vez que terminé la sesión de sexo oral, me puse en pie y rápidamente la empujé contra la pared. Empecé a besarla, levante sus piernas, les agarré entre mis brazos, como enganchándolas, como si se tratara de alzar canastos, y la penetré. Lo hice lentamente, pues ahora no teníamos apuro alguno.

Ella dejó escapar sus primeros jadeos, luego empezó a besarme. Todo esto pasó en la sala de la casa, a oscuras, pues creo que la calentura que traíamos no nos dio tiempo para más.

Como era habitual en ella, su vagina estaba empapada, y poco a poco mi zona pélvica fue quedando igual dado el constante contacto con la suya.

No sé si la humedad hace que el sonido de los cuerpos al chocar sea más intenso, tal vez es solo mi imaginación; lo cierto es que ese sonido tan característico del sexo estaba presente.

“Naciste para hacer el amor”, le dije antes de darle un largo beso mientras seguíamos follando allí de pie. Quería que este polvo fuera muy largo, pero alzarla, así fuera apoyado por la pared, fue mermando la energía en mis brazos. Tuvimos que cambiar de posición. La acosté sobre un sofá y sin mucho rodeo volví a penetrarla.

A esta altura del coito sus gemidos eran continuos y sonoros, y solo se vieron interrumpidos para decirme:

- ¡Chúpame las tetas!
- ¿Cuáles?
- ¡Imbécil!
- No te enojes, son tetitas y son las más hermosas que he conocido

Levanté su camisa y cual neonato me apasioné besando, lamiendo y chupando esos pequeños pero tiernos senos. Ella por ratos me agarraba fuertemente de la espalda y por ratos me arañaba. No sé por qué, pero eso me excitaba sobremanera, tanto así que me hizo llegar al orgasmo. De nuevo me corrí dentro de ella. Sin remordimiento alguno, pues de todas formas al otro día iríamos a comprar la píldora del día después.
Con todo el malestar que eso conlleva y el consecuente cariño que un novio debe dar a su chica en esas circunstancias.

El domingo fue ciertamente tortuoso, Katherine estaba de muy mal carácter por los síntomas que le provocó la pastilla. Yo debía alternar entre cuidarla y trabajar, pues los videos que había dejado pendientes el día anterior, no se iban a editar solos.

Capítulo IX: La noche de los lechazos

El amor que sentía por Katherine crecía inversamente proporcional a mi relación de amistad con Camilo, que había ido enfriándose. Antes solía contarme los detalles del sexo con la novia de turno, me mostraba las fotos que ellas le enviaban, y hasta se animaba a fantasear con tríos e invitarme a alguno de ellos. Pero ahora, todo era diferente. Yo tampoco le daba mayores detalles de mi relación, evidentemente porque iba a ser demasiado incómodo contarle lo que hacía con su hermana, especialmente el gusto que estaba desarrollando por correrme en ella...

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Capítulo IX: La noche de los lechazos
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El amor que sentía por Katherine crecía inversamente proporcional a mi relación de amistad con Camilo, que había ido enfriándose. Antes solía contarme los detalles del sexo con la novia de turno, me mostraba las fotos que ellas le enviaban, y hasta se animaba a fantasear con tríos e invitarme a alguno de ellos. Pero ahora, todo era diferente. Yo tampoco le daba mayores detalles de mi relación, evidentemente porque iba a ser demasiado incómodo contarle lo que hacía con su hermana, especialmente el gusto que estaba desarrollando por correrme en ella.


No era cuestión de infortunio o de falta de precaución, era una conducta premeditada, pues desde esa tarde del polvo en el auto de Pedro había desarrollado un gran morbo por dejarle colgando mi esperma en sus paredes vaginales, me excitaba tanto como echársela en la cara. Ella prefería más esta última opción, pues le evitaba hacer uso de la píldora del día después y los horribles malestares que estas le desataban.

De todas formas Katherine y yo íbamos a aprender la lección del uso abusivo de la píldora del día después. Lo íbamos a aprender de la manera más tortuosa posible: una falla.

Recuerdo que la noche de la debacle o “noche de los lechazos” fue en el último de los feriados de junio de ese año. Katherine me invitó a un paseo con algunos de sus compañeros universitarios, plan al que no solo no le vi problema, sino que me causó cierto entusiasmo, pues era una época de demasiado estrés para mí, ya que al contar con menos días laborales en la semana (hay tres feriados en junio en este país), la carga se acumulaba. Era la ocasión ideal para descansar, para dispersar un poco la mente, y para compartir con Katherine, quien para ese entonces me tenía completamente cautivado.

Esa vez viajamos la noche del viernes en el auto de Edwin, uno de los compañeros de clase de Katherine. Íbamos con él, su novia. En otro auto iba un muchacho llamado Juan y otras dos chicas. Nuestro destino era Melgar, un pequeño municipio a unas dos horas de Bogotá. Allí llegaríamos a la finca de Juan.

Fue nada más llegar para empezar a consumir licor en los alrededores de la piscina y en esta misma. Tanto la novia de Edwin como las otras dos chicas que iban con nosotros eran atractivas, por lo menos merecían un buen recorrido con la vista de arriba a abajo. Aunque no podía excederme en apreciaciones, pues Katherine estaba conmigo y de perderme contemplando a alguna de estas chicas, seguramente lo notaría y vendría una discusión.

Esa noche, la del viernes, Katherine se embriagó rápidamente, y yo no tuve más opción que alzarla, y llevarla a dormir. Me quedé junto a ella, me sentía agotado por el viaje y ciertamente porque también había consumido una buena cantidad de licor, así que decidí que era hora de dormir.

Al siguiente día fue un poco más de lo mismo, conversaciones, anécdotas, risas y licor en la piscina. Para mí, ver a toda hora a estas chicas en vestido de baño fue motivo suficiente para estar deseoso a cada instante. Katherine iba a pagar por ello, pues mi calentura era total. Entrada la noche le propuse a Katherine fumar un porro, pero como no lo quería compartir con los demás, le dije que fuéramos al respaldo de la casa.

Nos fuimos a este sitio oscuro y abandonado mientras escuchábamos las voces, las risas y los gritos de los compañeros de Katherine, que continuaban divirtiéndose en la piscina. Encendimos el porro y charlamos un poco mientras lo fumamos. Todo estaba tan oscuro que le propuse a Katherine que lo hiciéramos allí. No había cama, ni colchón, ni luz; solo el piso mugriento y el deseo de fornicar el uno con el otro. Como antes estábamos en la piscina, íbamos ligeros de ropa: la pantaloneta en mi caso y el bikini en el caso de ella. Eso facilitó muchos las cosas, pues fue cuestión de correrlo hacia un costado para penetrarla. Lo hicimos allí, de pie, recostados contra una pared, viéndonos a la cara.

La luz era casi inexistente en esta zona, pero suficiente como para apreciar el lindo rostro de Katherine. Sus sensuales labios rosas que se apretaban en el uno con el otro para sofocar cualquier gemido o ruido y sus grandes ojos oscuros, que clavaban su mirada en los míos en búsqueda de complicidad.

Los dos buscábamos ser silenciosos, pero no lo lográbamos del todo cuando nuestros cuerpos chocaban. Poco a poco eso iba importándonos cada vez menos. Llegó un momento en el que no tuvimos reparo en hacer el ruido que nos fuera necesario. Al fin y al cabo, el sexo seguramente estaba entre los planes de todos los que fuimos a este paseo. Ser descubiertos no nos importó mucho, pues estaba lo suficientemente oscuro como para que alguien pudiese apreciar más de la cuenta.

En esta ocasión no hubo chance para el sexo oral, tan apetecido por ese entonces por mi viciosa novia. El polvo fue relativamente largo, unos 15 minutos calculo yo, pero no nos dimos la oportunidad de variar de posición. Solo lo hicimos allí, recostados contra esa pared, siendo mis empellones cada vez más fuertes.

Para hacerlos aún más intensos, agarré a Katherine de las caderas y empecé a sacudirla fuertemente contra mí, como si su cuerpo fuera un juguetito diseñado para hacerme una paja. Tanto me entusiasmé que la descarga no tardó en llegar. Fue brutal dado que yo llevaba cerca de tres semanas sin sexo o masturbación. Inicialmente ella se molestó por haberme corrido en ella, pero entendiendo que no había opción diferente a recurrir a la tan bendita píldora del día después, omitió la molestia que le había generado mi exceso de confianza. De hecho lo superó rápidamente, pues con solo volver a la piscina con los demás, olvidó el malestar que tenía conmigo.

Pero para mí ese polvo fue solo un abrebocas, estaba desatado y ahora solo quería más. No hallaba el momento de echar otro polvo, claro que debía controlarme, pues había que compartir con los demás, todavía más cuando eres un invitado.

Claro que llegó un momento en el que yo consideré suficiente el tiempo de esparcimiento y diversión con todo el grupo, entendía que había llegado el momento de la privacidad y la pasión con mi novia. Pero ella parecía estar divirtiéndose con todos los demás, no quería presionarla, así que empecé a insinuarme con el mayor disimulo que me fue posible.

Estábamos sentados en círculo al interior de la piscina, obviamente yo estaba junto a Katherine. Aproveché para empezar a tocar sus piernas bajo el agua, asumiendo que nadie se daba cuenta de lo que hacía, aunque era evidente que si lo hacía, así como seguramente también se habían dado cuenta de que minutos atrás habíamos follado en la parte trasera de la casa.

Era delicado al hacerlo, mi objetivo era excitarle, y sabía que debía ser muy paciente para hacerlo. Deslizaba mi mano por sus piernas lentamente. Ocasionalmente por su zona púbica, aunque por encima de su bikini. Claro que a lo que más tiempo dediqué fue a la entrepierna, no solo porque sabía que iba a obtener el resultado deseado, sino porque a mí también me calentaba sobremanera acariciar la cara interna de sus muslos.

No tardé mucho en lograr mi objetivo. Katherine explicó a sus amigos estar cansada, me tomó de la mano y me condujo a la habitación. Era evidente que ninguno le había creído, que seguramente todos sabían que íbamos a follar, pero, ¿Qué más da? Ni a mí ni a ella nos importaba lo que ellos pensaran o creyeran, solo teníamos en mente complacer nuestros instintos más básicos.

“Ahora si me vas a recompensar con el cunnilingus que me quedaste debiendo”, dijo Katherine apenas cerró la puerta de la habitación. Yo la acosté sobre la cama, le saqué la parte baja de su bikini y de nuevo me puse cara a cara con su vagina. Antes de empezar a meter mano, dedique un buen rato a besar y acariciar su entrepierna, al fin y al cabo entendía que allí estaba la clave para empezar una buena sesión de sexo oral con Katherine.

Para ese entonces el sexo oral era casi tan habitual como darle un beso. Conocía casi que a la perfección lo que le gustaba y lo que no, el ritmo que debía llevar, cuando utilizar mis dedos, cuando acariciar superficialmente su vagina con la palma de mi mano, cuándo y cómo utilizar mi lengua. Me sentía todo un artista del sexo oral, por lo menos así me hacía sentir ella, pues lo disfrutaba más de la cuenta. Incluso llegué a popularizar mi perspectiva sobre el sexo oral entre mis conocidos: “Si no bajas al pozo, otro viene y se te toma el agua”, les decía a mis amigos para hacerles notar mi fascinación sobre esta práctica.

Supongo que la ingesta de alcohol hizo que Katherine estuviera un poco más desinhibida. Generalmente era una chica de poco ruido durante el sexo, pero esa vez, solo con el sexo oral levantó la casa a punta de gemidos. Su coño se humedeció rápidamente, como era habitual en ella; sus fluidos empezaron a correr por la cara interna de sus muslos, con los que a su vez apretaba mi cabeza ocasionalmente.

Fue una extensa sesión de sexo oral, pues me sentía en deuda con ella porque en el primer polvo de la noche no se había dado la oportunidad para complacerla como se debe. De todas formas no me incomodaba hacerlo ya que era una chica bastante aseada en su zona íntima, generalmente depilada e incluso perfumada; además del placer delirante que ya he mencionado le ocasionaba el transitar de mi lengua por su coño.

“Házmelo, fóllame ya”, dijo ella al interrumpir la sesión de sexo oral tomándome del pelo y levantando mi cabeza. Yo, ni corto ni perezoso, introduje mi pene en ella. Siempre, después de estas sesiones de caricias, besos y lengüetazos en su zona íntima, era todo un placer follarla, pues se humedecía tanto que mi pene se deslizaba en ella con especial facilidad.

Empecé con un movimiento de cadera lento pero profundo, mirándola constantemente a los ojos y comiéndole la boca ocasionalmente. A esa altura de la noche Katherine conservaba la parte alta de su bikini. Tanta era mi excitación que no me dio tiempo para quitárselo, me limité a bajarlo, dejando al descubierto sus pequeños pero hermosos senos. Para ese momento estábamos follando en la clásica posición del misionero, pero eso iba a terminar rápidamente, ya que ella pidió parar para hacerme una mamada.

Yo disfrutaba totalmente de ver su carita mientras metía mi pene entre su boca, pero en ese momento solo quería follarla, así que no duró mucho su mamada.

La puse de rodillas sobre la cama y empecé a penetrarla en cuatro, tomándola fuertemente de las caderas y embistiéndola con fuerza. Ocasionalmente la tomaba de los hombros para jalarla contra mí y hacer más profunda y contundente la penetración.

“Agárrame de las caderas, como ahorita”, me pidió ella en momentos en los que la tomaba por los hombros. Así que deslicé mis manos hasta llegar a sus caderas no sin antes dejar marcas de mis uñas en su espalda. Claro que se trató de algo muy leve, además de que su piel era sensible y seguramente estaba un poco más vulnerable luego de tantas horas en la piscina.

La agarré nuevamente de las caderas, con firmeza y buscando guiar sus movimientos para que la penetración fuera cada vez más fuerte. También aprovechaba la posición de mis pulgares para separar levemente sus nalgas, de modo que hacía más notorio, más visible su pequeño ojete, ese que alguna vez penetré pero que no fue de su agrado.

Nunca había sido agresivo con Katherine, pues ella, por su apariencia débil, delicada y todavía con rasgos de niña; me producía ternura más que cualquier otra cosa. Pero esa noche no sé qué pasó, pero en medio del furor, empecé a cachetear sus nalgas. Ella no dijo nada, evidentemente lo disfrutó, pues una vez que yo paré de azotar sus nalgas, ella misma las golpeó, como invitándome a seguir. No pasó mucho tiempo para que sus blancas y tiernas nalguitas se pusieran coloradas. Al verlas tan rojas, detuve los cachetazos.


A esa altura de la noche ella ya no tenía reparo alguno en gemir, ya no le importaba que sus amigos pudiesen escucharnos, solo le interesaba disfrutar del momento.

Katherine sintió el agotamiento de estar en esa posición y me pidió retomar la posición del misionero, que para ella era la de menor esfuerzo. Yo accedí, pues al estar en cuatro me perdía de la oportunidad de disfrutar de sus gestos. Así que sin perder tiempo le di vuelta, la acosté y la volví a penetrar.

Mientras volvía a introducir mi pene en ella, la besaba y acariciaba la cara externa de sus piernas. Por ratos me alejaba un poco, sin dejar de penetrarla, con el ánimo de contemplar su cuerpo y no solo su cara; con la intención de ver como mi pene se deslizaba entre su delgado y frágil cuerpo. También para tener la oportunidad de ver, tocar y acariciar su abdomen; que estaba muy bien concebido: plano, lo suficientemente tonificado para lucir sexy, sin llegar a la exagerada tonificación.

Empecé a arañar suavemente su abdomen mientras mis manos subían hacia sus senos, los cuales se sacudían bruscamente con cada empellón que le daba. Los tomé entre mis manos y jugué por un rato con sus pequeños pezones, que en ese instante estaban duros y deseosos de ser acariciados. Luego apreté sus pequeños senos, creo que como nunca antes lo había hecho, pues no era mi gran pasión hacerlo, sin embargo, esa noche sentí un fuerte deseo por tomarlos y estrujarlos entre mis manos. La mirada cómplice de Katherine también contribuyó a que lo hiciera.

Estuvimos follando en esa posición por largo rato. No puedo decir cuánto pues no lo sé, no lo contabilicé. Solo sé que llegó un momento en que mis brazos estaban completamente agotados, por lo que dejé caer mi cuerpo sobre el de Katherine. De todas formas, continué follándola, aunque sin el exquisito placer de ver su rostro. Pero eso se equiparó al dejar mi cara al lado de la suya, pues escuché con mayor intensidad su agitada respiración, sus ricos gemidos, que esa noche estuvieron más presentes que nunca; a la vez que me permitía sentir mucho más su cuerpo sudando, así como los acelerados latidos de su corazón.

Ella me abrazó, tanto con brazos y piernas. Los movimientos quizá se dificultaron, pero su humedad siguió en aumento. El saber de su excitación y el entender que ella estaba viviendo un nuevo orgasmo, hizo que yo llegara al mío. Y como previamente me había corrido en ella, esta vez tampoco tendría reparo o remordimiento alguno en hacerlo. La besé mientras alcanzaba el éxtasis, y aún después de haber alcanzado el orgasmo, continué besándola.

Su orgasmo no terminó con el mío, sino que se prolongó durante unos segundos más, tanto así que una vez que se la saqué, ella siguió suspirando levemente, y su cuerpo fue víctima de unos pequeños pero incontrolables espasmos. Las sábanas de la cama también estaban mojadas, en cierta medida por el sudor, y en cierto grado por los fluidos que Katherine dejó escapar durante el coito.

Mientras recuperaba el aliento me quedé arrodillado allí en la cama, viendo a Katherine aún acostada, que miraba hacia el techo mientras el semen escurría de su vagina.

Una vez que se recompuso, me pidió no vestirme, pues su deseo era que durmiéramos abrazados y desnudos. Yo accedí, pues también me apetecía que fuese así. Sin embargo, eso me iba a jugar en contra.
Pasaron unas horas, yo desperté en la madrugada, concretamente a las tres de la mañana. Y al encontrarme desnudo, abrazado a Katherine, en medio de la oscuridad, no pude evitar excitarme. Empecé a besarla suavemente por el cuello, pero no iban a ser mis besos los encargados de despertarla sino me erección contra sus nalgas.

- Hagámoslo otra vez, le susurré al oído
- Dale
- Pero vamos a hacerlo en la piscina
- No, en la piscina no, que me puede dar una infección
- Bueno, entonces al borde de la piscina
- ¿Y si nos ven?
- Esa es la idea, tentar al peligro. No nos van a ver…

Nos vestimos como si realmente fuéramos a entrar a la piscina, por si alguien llegaba, le diríamos que habíamos ido a echar un chapuzón de madrugada. Salimos de la habitación tratando de ser lo más sigilosos que pudimos, nos movimos en medio de la oscuridad hasta que por fin llegamos a la zona de la piscina.

Empezamos a besarnos y luego yo me tumbé en el suelo. Ella corrió su bikini hacia un costado y guió mi pene hacia su interior. Empezó a moverse lentamente sobre mí. Yo la dejaba llevar toda la iniciativa, quería disfrutar de verla imponer el ritmo.

Pero la tentación me venció más temprano que tarde y fue ahí cuando lancé mis manos hacia sus tetitas. Las acaricié inicialmente por sobre su bikini, y luego metí mis manos bajo este. Ella me miraba fijamente a la cara a medida que incrementaba el ritmo de sus movimientos.

La agarré de las caderas para sacudirla con más fuerza sobre mí, pero ella me dio una cachetada e inmediatamente me tomó de las manos, las dirigió por sobre mi cabeza y allí las mantuvo. Katherine deseaba tener completo dominio de la situación y yo se lo permití. Al fin y al cabo, lo estaba haciendo a la perfección. Sus movimientos su fueron tornando cada vez más contundentes, cada vez más frenéticos.

Poco a poco fue dejando escapar uno que otro gemido, aunque trataba de reprimirse para que nadie nos fuera a encontrar follando ahí. Su vagina rápidamente se humedeció, lo que facilitó sus bruscos movimientos sobre mí.
Pero rápidamente su condición física le iba a vencer, cediéndome la oportunidad de tener la iniciativa. Yo me puse en pie, la tomé de una mano y la llevé hacia una zona de árboles que había en inmediaciones de la piscina. La apoyé contra uno de estos, y la penetré por detrás, por su vagina, pero por detrás.

El tronco del árbol era grueso y parecía sólido, así que no dudé al momento de incrementar la intensidad de los movimientos. La tomaba por el abdomen, como con una especie de abrazo bajo; lo acariciaba y poco apoco deslizaba una de mis manos hacia su vagina, para jugar con su clítoris entre mis dedos a la vez que la penetraba.

Eso tuvo un alto costo, pues Katherine empezó a dejar escapar unos gemidos cada vez más fuertes. Pero a mí no me importó, pues disfrutaba con su excitación, con su placer y con sus ganas de gozar.



Ocasionalmente daba vuelta a su cara para besarla, aunque la mayor parte del tiempo lo que vi fueron sus redonditas e indefensas nalgas rebotando contra mi humanidad.

A esa altura de la noche el cansancio me estaba pasando factura, las piernas me temblaban del agotamiento e incluso llegó un momento en que sentí un calambrazo en el posterior de uno de mis muslos. Eso me llevó a concentrarme en terminar lo antes posible, pues ya estaba en las últimas. No dudé en ningún momento en volver a dejarle el coño lleno de semen a mi tierna novia, que esa noche había recibido más esperma que en cualquier otro momento de su vida.

Cuando se la saqué, ella se quedó recostada un par de segundos contra el tronco del árbol, dándome la oportunidad de ver mi semen correr pierna abajo por su humanidad.

Rápidamente y ya sin temor alguno, nos dirigimos de nuevo a la habitación para por fin descansar. Al otro día teníamos que ir a la zona urbana del municipio para comprar una píldora del día después. Claro que al día siguiente lo postergamos, pues estas pastillas tienen efecto durante las 72 horas siguientes, y entendimos que consumirla en medio del paseo solo lo arruinaría. Así que esperamos a volver a Bogotá para comprarla y para que Katherine la tomara. Desafortunadamente para nosotros, la píldora iba a fallar, y de ese modo nuestras vidas iban a cambiar drásticamente.

Fue una noticia que tardó en llegar, especialmente para mí. La pastilla entre sus diversos efectos tiene el desajuste de los periodos menstruales, por lo que un retraso no tiene que ser necesariamente un motivo de preocupación. Claro que no debería ser así, un retraso ha de ser motivo de alarma siempre, bajo cualquier contexto.

Durante el primer mes de retraso Katherine no quiso alarmarse, lo tomó como una situación normal, pero los días fueron pasando y su preocupación creciendo. Al final decidió hacerse una prueba de embarazo casera, consiguiendo un resultado positivo. Durante todo ese tiempo yo desconocí la situación, y fue ese día, el de la prueba casera, cuando por primera vez me enteré de lo que ocurría.

Luego recurrimos a un examen más fiable, confirmando lo que tanto temíamos. De todas formas, no había marcha atrás. Katherine nunca contempló el aborto como alternativa, por lo que las cartas estaban echadas. El siguiente paso era contárselo a su familia.

Capítulo X: La joya de la corona


La noticia no cayó bien entre su familia ya que Katherine era una chica joven, que tendría que interrumpir sus estudios y que dar un giro de 180 grados a su vida. Yo estaba a punto de terminar mis estudios, pero eso no aseguraba que fuera a conseguir un gran trabajo. El que tenía hasta entonces no me daba para mantener un hogar, por lo que tendría que empezar a buscar otro...


La continuación de esta historia en https://relatoscalientesyalgomas.**.../hermanitas-de-sangre-y-leche-capitulo-x.html

 
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