Maes, sentémonos un toquecito porque hay que hablar de una vara seria. Acaba de salir el décimo informe del Estado de la Educación y, para no andarnos con rodeos, es un absoluto desastre. La coordinadora, Isabel Román, lo dijo sin pelos en la lengua: estamos "normalizando la pobreza de los aprendizajes". O sea, nos estamos acostumbrando a que los güilas salgan del cole sin saber lo básico. ¡Qué despiche más monumental!
Diay, ¿y cómo llegamos a este punto? Según el informe, es un "complejo cóctel". Por un lado, ya traíamos problemas estructurales, las huelgas y la pandemia nos golpearon durísimo. Pero la cereza del pastel ha sido una "gestión errática y sin norte" de la administración actual. Román habla de decisiones improvisadas, sin sustento técnico y sin rendición de cuentas. El mejor ejemplo de esta torta fue el numerito de la exministra Müller y su famosa "Ruta de la Educación". Primero era "viva y dinámica", luego confesó que "me la inventé yo" y al final remató con un descarado "sí existe, solo no me dio la gana publicarla". En serio, con ese nivel de planificación, ¿qué podíamos esperar?
Pero el asunto se pone peor cuando hablamos de plata. El informe lo califica como la "víctima silenciosa de los ajustes fiscales", con la inversión más baja en 40 años. ¡Cuarenta años! Mientras el resto del mundo le metía plata a la educación para recuperarse de la pandemia, aquí se decidió que era la primera cabeza que había que cortar. Se botó a la basura el plan de nivelación que había dejado el gobierno anterior y no se propuso nada a cambio. Básicamente, se jalaron la torta de desmontar lo poco que había sin tener un plan B. Todo se fue al traste por pleitos ideológicos y decisiones a la libre.
Las consecuencias de este relajo son para llorar. Chiquillos que terminan secundaria con la capacidad de lectura y mate de un niño de 10 años. Pruebas estandarizadas que la misma Román califica como de "mala calidad", que al final del día solo maquillan la realidad con notas de promoción infladas. Mientras tanto, el sector empresarial pega el grito al cielo porque la gente no llega preparada para el brete. Los que están pagando los platos rotos de este desorden son miles de estudiantes cuyo futuro se está comprometiendo. Francamente, los pobres güilas están salados.
Ahora, la pregunta del millón es: ¿y ahora qué? Román dice que ya no se puede "llorar sobre la leche derramada" y que toca "reconstruir". Pero agárrense: si empezamos a invertir bien a partir del 2026, nos tomaría entre 11 y 18 años volver a los niveles del 2017. Casi dos décadas para reparar el daño de unos pocos años. El informe es una llamada de atención para la campaña electoral que se viene. Todos los candidatos dirán que la educación es prioridad, pero como dice el dicho, otra cosa es con guitarra. Maes, seamos honestos: ¿Creen que algún partido político de verdad tiene la voluntad para "ponerle el cascabel al gato" o vamos a seguir en este ciclo de borrón y cuenta nueva cada cuatro años?
Diay, ¿y cómo llegamos a este punto? Según el informe, es un "complejo cóctel". Por un lado, ya traíamos problemas estructurales, las huelgas y la pandemia nos golpearon durísimo. Pero la cereza del pastel ha sido una "gestión errática y sin norte" de la administración actual. Román habla de decisiones improvisadas, sin sustento técnico y sin rendición de cuentas. El mejor ejemplo de esta torta fue el numerito de la exministra Müller y su famosa "Ruta de la Educación". Primero era "viva y dinámica", luego confesó que "me la inventé yo" y al final remató con un descarado "sí existe, solo no me dio la gana publicarla". En serio, con ese nivel de planificación, ¿qué podíamos esperar?
Pero el asunto se pone peor cuando hablamos de plata. El informe lo califica como la "víctima silenciosa de los ajustes fiscales", con la inversión más baja en 40 años. ¡Cuarenta años! Mientras el resto del mundo le metía plata a la educación para recuperarse de la pandemia, aquí se decidió que era la primera cabeza que había que cortar. Se botó a la basura el plan de nivelación que había dejado el gobierno anterior y no se propuso nada a cambio. Básicamente, se jalaron la torta de desmontar lo poco que había sin tener un plan B. Todo se fue al traste por pleitos ideológicos y decisiones a la libre.
Las consecuencias de este relajo son para llorar. Chiquillos que terminan secundaria con la capacidad de lectura y mate de un niño de 10 años. Pruebas estandarizadas que la misma Román califica como de "mala calidad", que al final del día solo maquillan la realidad con notas de promoción infladas. Mientras tanto, el sector empresarial pega el grito al cielo porque la gente no llega preparada para el brete. Los que están pagando los platos rotos de este desorden son miles de estudiantes cuyo futuro se está comprometiendo. Francamente, los pobres güilas están salados.
Ahora, la pregunta del millón es: ¿y ahora qué? Román dice que ya no se puede "llorar sobre la leche derramada" y que toca "reconstruir". Pero agárrense: si empezamos a invertir bien a partir del 2026, nos tomaría entre 11 y 18 años volver a los niveles del 2017. Casi dos décadas para reparar el daño de unos pocos años. El informe es una llamada de atención para la campaña electoral que se viene. Todos los candidatos dirán que la educación es prioridad, pero como dice el dicho, otra cosa es con guitarra. Maes, seamos honestos: ¿Creen que algún partido político de verdad tiene la voluntad para "ponerle el cascabel al gato" o vamos a seguir en este ciclo de borrón y cuenta nueva cada cuatro años?