Maes, hoy nos recetaron una dosis de realidad que cuesta tragar. Salió el décimo Informe del Estado de la Educación y, para no andar con rodeos, confirmó lo que ya todos nos olíamos en el aire: la vara está fea. Fea con F de “francamente, qué torta nos estamos jalando como país”. El informe, presentado por la gente del CONARE, no se guardó nada y básicamente nos dijo que estamos metidos en un hueco educativo histórico, una mezcla tóxica de problemas viejos que nunca arreglamos, un “apagón” que dejó a un montón de güilas atrás y una gestión que parece más un capítulo de comedia de errores que una política de Estado. ¡Qué despiche!
Lo más duro es que esto no es nuevo. Los mismos cargas que hacen el informe llevan años cantándola: en 2019 dijeron que la educación estaba atrapada, en 2021 nos hablaron del famoso “apagón educativo” y el año pasado de una “educación de segunda clase”. Diay, parece que nadie en el poder les para bola. Y para ponerle la cereza a este pastel amargo, ahí están los resultados de las pruebas PISA en mate: caímos en picada, de 402 a 385 puntos. O sea, no solo no estamos mejorando, sino que cada vez nos cuesta más la tabla del dos. Estamos compitiendo en la liga del descenso de la educación latinoamericana, y eso, maes, sí que da agüevazón.
Pero, ¿cómo llegamos a este punto? El informe es clarísimo y señala cinco jugadas maestras que se jaló el MEP para empeorar lo que ya estaba mal. Primero, la inestabilidad con los planes para que los estudiantes se pusieran al día; cambiaron de estrategia más veces que uno de chema, dejando a los profes con las manos atadas y sin herramientas. Segundo, le jalaron la cadena a toda la estrategia digital: adiós compus para los güilas, adiós a la Red del Bicentenario y, para rematar, rompieron el convenio con la Fundación Omar Dengo. Una movida que mandó la informática educativa directo y sin escalas al traste. A eso súmenle que se volaron el programa de afectividad y sexualidad sin un plan B coherente, el eterno pleito por la plata de las U públicas (el FEES) y el descontrol para que universidades de afuera abran aquí como si fueran pulperías.
Por suerte, el informe no es solo para llorar sobre la leche derramada. La gente que hizo este brete también puso sobre la mesa seis rutas de acción urgentes, que suenan a puro sentido común: meterle más plata a la educación, enfocarse en los estudiantes más vulnerables, evaluar de verdad para saber dónde estamos parados, fortalecer la rectoría del MEP (o sea, que alguien tome el timón con firmeza), darle más pelota a la gestión local y asegurar que los que llegan a la U, se gradúen. A raíz de todo esto, la gente de la UNA salió a pedir lo que parece ser la única salida lógica: un acuerdo nacional. Una de esas varas que suenan bonitas, pero que ojalá no se queden en el papel.
Al final, este chunche nos salpica a todos. No es un tema solo del MEP, del gobierno de turno o de los profes. Es el futuro del país el que está en juego. La idea de un “acuerdo nacional” que vaya más allá de los cuatro años de un gobierno es la única luz que se ve al final del túnel. Uno que nos involucre a todos: al Estado, las universidades, las empresas, y lo más importante, a las familias. Porque si seguimos parchando el barco mientras se hunde, no va a haber futuro que salvar. La pregunta del millón es: ¿Cómo salimos de este hueco? ¿Es pura hablada lo del 'acuerdo nacional' o de verdad se puede hacer algo desde la calle, desde la casa, desde donde sea que estemos? ¿Qué harían ustedes si tuvieran la batuta?
Lo más duro es que esto no es nuevo. Los mismos cargas que hacen el informe llevan años cantándola: en 2019 dijeron que la educación estaba atrapada, en 2021 nos hablaron del famoso “apagón educativo” y el año pasado de una “educación de segunda clase”. Diay, parece que nadie en el poder les para bola. Y para ponerle la cereza a este pastel amargo, ahí están los resultados de las pruebas PISA en mate: caímos en picada, de 402 a 385 puntos. O sea, no solo no estamos mejorando, sino que cada vez nos cuesta más la tabla del dos. Estamos compitiendo en la liga del descenso de la educación latinoamericana, y eso, maes, sí que da agüevazón.
Pero, ¿cómo llegamos a este punto? El informe es clarísimo y señala cinco jugadas maestras que se jaló el MEP para empeorar lo que ya estaba mal. Primero, la inestabilidad con los planes para que los estudiantes se pusieran al día; cambiaron de estrategia más veces que uno de chema, dejando a los profes con las manos atadas y sin herramientas. Segundo, le jalaron la cadena a toda la estrategia digital: adiós compus para los güilas, adiós a la Red del Bicentenario y, para rematar, rompieron el convenio con la Fundación Omar Dengo. Una movida que mandó la informática educativa directo y sin escalas al traste. A eso súmenle que se volaron el programa de afectividad y sexualidad sin un plan B coherente, el eterno pleito por la plata de las U públicas (el FEES) y el descontrol para que universidades de afuera abran aquí como si fueran pulperías.
Por suerte, el informe no es solo para llorar sobre la leche derramada. La gente que hizo este brete también puso sobre la mesa seis rutas de acción urgentes, que suenan a puro sentido común: meterle más plata a la educación, enfocarse en los estudiantes más vulnerables, evaluar de verdad para saber dónde estamos parados, fortalecer la rectoría del MEP (o sea, que alguien tome el timón con firmeza), darle más pelota a la gestión local y asegurar que los que llegan a la U, se gradúen. A raíz de todo esto, la gente de la UNA salió a pedir lo que parece ser la única salida lógica: un acuerdo nacional. Una de esas varas que suenan bonitas, pero que ojalá no se queden en el papel.
Al final, este chunche nos salpica a todos. No es un tema solo del MEP, del gobierno de turno o de los profes. Es el futuro del país el que está en juego. La idea de un “acuerdo nacional” que vaya más allá de los cuatro años de un gobierno es la única luz que se ve al final del túnel. Uno que nos involucre a todos: al Estado, las universidades, las empresas, y lo más importante, a las familias. Porque si seguimos parchando el barco mientras se hunde, no va a haber futuro que salvar. La pregunta del millón es: ¿Cómo salimos de este hueco? ¿Es pura hablada lo del 'acuerdo nacional' o de verdad se puede hacer algo desde la calle, desde la casa, desde donde sea que estemos? ¿Qué harían ustedes si tuvieran la batuta?