Maes, ¿se acuerdan del despiche que se armó hace unos meses entre el mega proyecto de Bahía Papagayo y un par de creadores de contenido que tenían las redes sociales echando chispas? Bueno, parece que ya podemos guardar las palomitas, porque oficialmente salió humo blanco. Al final, la vara no terminó en una guerra campal en tribunales que durara años, sino con un acuerdo que, para sorpresa de muchos, suena bastante maduro y deja un par de lecciones que valen oro.
Para los que andan un poco perdidos en la novela, el resumen es este: los comunicadores Lily Cabezas y Javier Adelfang, que tienen su gente en redes, empezaron a compartir información que ponía al proyecto de Bahía Papagayo y a Enjoy Hotels en una posición, digamos, incómoda. La empresa, como era de esperarse, pegó el grito en el cielo. Jalaron para la vía legal, argumentando que se les estaba manchando la imagen y la reputación con datos que, según ellos, no eran ciertos. Aquí es donde la cosa se puso color de hormiga: por un lado, la libertad de expresión a tope; por el otro, el derecho de una empresa a proteger su nombre. Un pleito clásico de la era digital.
Pero aquí viene lo tuanis de la historia. En lugar de seguir gastando plata en abogados y haciendo el show más grande, las partes decidieron hacer algo revolucionario en estos tiempos de polarización: sentarse a hablar. Según el comunicado que soltaron, en la conversación salió que mucha de la información que los comunicadores compartieron venía de “terceros” o de búsquedas rápidas en redes. O sea, el clásico “me lo contaron” o “lo vi en un post”, sin la confirmación directa con la fuente primaria. Honestamente, es una torta que cualquiera se puede jalar en el calor del momento, pero lo que importa es que ambas partes lo reconocieron. Se dieron cuenta de que el teléfono chocho digital había hecho de las suyas y que un diálogo directo habría evitado todo el enredo.
Y aquí es donde la vara se pone interesante más allá del chisme del momento. Tanto la empresa como los creadores de contenido recalcaron en su acuerdo que la libertad de expresión es un pilar sagrado de nuestra democracia, pero que viene con un chunche pegado llamado “responsabilidad”. No es solo tirar la piedra y esconder la mano. Hay que verificar, contrastar y, si uno se jala una torta, tener la madurez para aceptarlo y corregir. Del otro lado, para una corporación del tamaño de Enjoy Hotels, también es una lección: el diálogo directo, sin tanto brinco y amenaza legal, a veces es el camino más rápido y efectivo para apagar un incendio mediático. Demuestra que escuchar también es parte del brete.
Al final del día, este brete cierra con un mensaje que está a cachete: la comunicación es una avenida de dos vías y el respeto no debería ser negociable, venga de donde venga. Enjoy Hotels reafirmó su supuesto compromiso con la sostenibilidad y el ambiente en Guanacaste (la hablada de siempre, pero ahora seguro con más ojos encima), y los influencers se llevan un aprendizaje valiosísimo sobre el poder y la responsabilidad que tienen en sus manos. Un final inesperadamente adulto para un despiche que empezó, como tantos otros, en el terreno volátil de un feed de Instagram. Maes, ¿qué opinan ustedes? ¿Creen que este tipo de acuerdos “pacíficos” son el futuro para resolver estos pleitos entre empresas gigantes y la gente con un megáfono digital? ¿O es pura estrategia para que la cosa no pase a más? ¡Los leo en los comentarios!
Para los que andan un poco perdidos en la novela, el resumen es este: los comunicadores Lily Cabezas y Javier Adelfang, que tienen su gente en redes, empezaron a compartir información que ponía al proyecto de Bahía Papagayo y a Enjoy Hotels en una posición, digamos, incómoda. La empresa, como era de esperarse, pegó el grito en el cielo. Jalaron para la vía legal, argumentando que se les estaba manchando la imagen y la reputación con datos que, según ellos, no eran ciertos. Aquí es donde la cosa se puso color de hormiga: por un lado, la libertad de expresión a tope; por el otro, el derecho de una empresa a proteger su nombre. Un pleito clásico de la era digital.
Pero aquí viene lo tuanis de la historia. En lugar de seguir gastando plata en abogados y haciendo el show más grande, las partes decidieron hacer algo revolucionario en estos tiempos de polarización: sentarse a hablar. Según el comunicado que soltaron, en la conversación salió que mucha de la información que los comunicadores compartieron venía de “terceros” o de búsquedas rápidas en redes. O sea, el clásico “me lo contaron” o “lo vi en un post”, sin la confirmación directa con la fuente primaria. Honestamente, es una torta que cualquiera se puede jalar en el calor del momento, pero lo que importa es que ambas partes lo reconocieron. Se dieron cuenta de que el teléfono chocho digital había hecho de las suyas y que un diálogo directo habría evitado todo el enredo.
Y aquí es donde la vara se pone interesante más allá del chisme del momento. Tanto la empresa como los creadores de contenido recalcaron en su acuerdo que la libertad de expresión es un pilar sagrado de nuestra democracia, pero que viene con un chunche pegado llamado “responsabilidad”. No es solo tirar la piedra y esconder la mano. Hay que verificar, contrastar y, si uno se jala una torta, tener la madurez para aceptarlo y corregir. Del otro lado, para una corporación del tamaño de Enjoy Hotels, también es una lección: el diálogo directo, sin tanto brinco y amenaza legal, a veces es el camino más rápido y efectivo para apagar un incendio mediático. Demuestra que escuchar también es parte del brete.
Al final del día, este brete cierra con un mensaje que está a cachete: la comunicación es una avenida de dos vías y el respeto no debería ser negociable, venga de donde venga. Enjoy Hotels reafirmó su supuesto compromiso con la sostenibilidad y el ambiente en Guanacaste (la hablada de siempre, pero ahora seguro con más ojos encima), y los influencers se llevan un aprendizaje valiosísimo sobre el poder y la responsabilidad que tienen en sus manos. Un final inesperadamente adulto para un despiche que empezó, como tantos otros, en el terreno volátil de un feed de Instagram. Maes, ¿qué opinan ustedes? ¿Creen que este tipo de acuerdos “pacíficos” son el futuro para resolver estos pleitos entre empresas gigantes y la gente con un megáfono digital? ¿O es pura estrategia para que la cosa no pase a más? ¡Los leo en los comentarios!