Diay, maes. Hay noticias que uno lee y simplemente piensa: ¡qué torta! Y esta es una de esas. Imagínense el cuadro: un güila de 17 años, probablemente uno que uno veía todos los días en los pasillos, resulta ser el principal sospechoso de haberse “ido de compras” al laboratorio de cómputo de su propio colegio. No estamos hablando de que se llevó un mouse o un cable; la vara es que el OIJ calcula el churuco en más de 4 millones de colones. ¡Cuatro melones! Con esa plata se monta un buen café internet o se paga un año de U. Pero no, al parecer el plan era otro, y ahora la tortilla se le viró por completo.
Lo que me deja con el ojo cuadrado es que esto no fue un impulso de un día. Según la investigación de la Sección Juvenil del OIJ, que por cierto se puso las pilas y resolvió el caso en un par de toques, el estudiante venía ejecutando los robos desde junio. ¡Desde junio! O sea, el mae llegaba a clases, saludaba a los profes, se sentaba en el pupitre y, cuando nadie veía, se iba guardando chunches que no eran de él. La denuncia se puso el lunes 25 de agosto y para el jueves 28 ya el OIJ le estaba cayendo con dos allanamientos en Moravia, uno en La Trinidad y otro en Ipís. No se anduvieron por las ramas; le cayeron a la casa, lo detuvieron y recuperaron el equipo. Vaya brete se consiguió el carajillo.
Y aquí es donde la vara se pone más densa. Durante el operativo, además de las computadoras y demás chereques, le decomisaron celulares. Y todos sabemos lo que eso significa: ahí es donde probablemente está todo el arroz con mango. ¿Para quién era el equipo? ¿Lo estaba vendiendo? ¿Tenía compinches? Esas son las preguntas que ahora tiene que responderle al Ministerio Público. El mae no solo se jaló una torta monumental al robar, sino que lo hizo en el lugar donde se supone que uno va a formarse, a hacer compas, a construir un futuro. Es como morder la mano que te está dando de comer, pero en este caso, es desconectar el disco duro que te está educando.
Este despiche va más allá del valor económico, que ya de por sí es un golpe durísimo para cualquier colegio público o privado. Lo que de verdad se va al traste con una noticia así es la confianza. ¿Cómo se sienten ahora los otros estudiantes? ¿Y los profesores? Uno siempre piensa que el peligro está afuera de los muros del cole, no sentado en la misma aula. Es una sal terrible para la institución y para la comunidad, porque se rompe esa idea de que el colegio es un lugar seguro, un santuario. Ahora van a tener que empezar a poner más candados, más cámaras, y a vernos todos con cara de sospechosos. Qué mala nota, de verdad.
Al final, el sospechoso ya fue presentado ante las autoridades y serán ellos quienes definan su futuro legal, que por ser menor de edad tiene otro tratamiento. Pero el daño ya está hecho. Queda un colegio con un hueco de 4 millones y una cicatriz de confianza que va a costar mucho sanar. La historia es un recordatorio amargo de que los problemas más grandes a veces no vienen de afuera, sino que se cocinan en el mismo lugar que llamamos nuestro segundo hogar. La pregunta que queda en el aire es profunda y nos toca a todos. Maes, más allá del castigo para este güila, ¿qué creen que falló aquí? ¿Fue la familia, el colegio, la sociedad, o simplemente una mala decisión personal que se salió de control?
Lo que me deja con el ojo cuadrado es que esto no fue un impulso de un día. Según la investigación de la Sección Juvenil del OIJ, que por cierto se puso las pilas y resolvió el caso en un par de toques, el estudiante venía ejecutando los robos desde junio. ¡Desde junio! O sea, el mae llegaba a clases, saludaba a los profes, se sentaba en el pupitre y, cuando nadie veía, se iba guardando chunches que no eran de él. La denuncia se puso el lunes 25 de agosto y para el jueves 28 ya el OIJ le estaba cayendo con dos allanamientos en Moravia, uno en La Trinidad y otro en Ipís. No se anduvieron por las ramas; le cayeron a la casa, lo detuvieron y recuperaron el equipo. Vaya brete se consiguió el carajillo.
Y aquí es donde la vara se pone más densa. Durante el operativo, además de las computadoras y demás chereques, le decomisaron celulares. Y todos sabemos lo que eso significa: ahí es donde probablemente está todo el arroz con mango. ¿Para quién era el equipo? ¿Lo estaba vendiendo? ¿Tenía compinches? Esas son las preguntas que ahora tiene que responderle al Ministerio Público. El mae no solo se jaló una torta monumental al robar, sino que lo hizo en el lugar donde se supone que uno va a formarse, a hacer compas, a construir un futuro. Es como morder la mano que te está dando de comer, pero en este caso, es desconectar el disco duro que te está educando.
Este despiche va más allá del valor económico, que ya de por sí es un golpe durísimo para cualquier colegio público o privado. Lo que de verdad se va al traste con una noticia así es la confianza. ¿Cómo se sienten ahora los otros estudiantes? ¿Y los profesores? Uno siempre piensa que el peligro está afuera de los muros del cole, no sentado en la misma aula. Es una sal terrible para la institución y para la comunidad, porque se rompe esa idea de que el colegio es un lugar seguro, un santuario. Ahora van a tener que empezar a poner más candados, más cámaras, y a vernos todos con cara de sospechosos. Qué mala nota, de verdad.
Al final, el sospechoso ya fue presentado ante las autoridades y serán ellos quienes definan su futuro legal, que por ser menor de edad tiene otro tratamiento. Pero el daño ya está hecho. Queda un colegio con un hueco de 4 millones y una cicatriz de confianza que va a costar mucho sanar. La historia es un recordatorio amargo de que los problemas más grandes a veces no vienen de afuera, sino que se cocinan en el mismo lugar que llamamos nuestro segundo hogar. La pregunta que queda en el aire es profunda y nos toca a todos. Maes, más allá del castigo para este güila, ¿qué creen que falló aquí? ¿Fue la familia, el colegio, la sociedad, o simplemente una mala decisión personal que se salió de control?