Levanten la mano los que estaban con el cafecito de la mañana, listos para empezar el sábado, y de repente sintieron que el piso les hacía un remix inesperado. Pues sí, maes, la vara es que la tierra decidió que a las 8:28 a.m. era buena hora para recordarnos quién manda. Cartago nos acaba de recetar el despertador más efectivo que existe: un buen temblor que se sintió en prácticamente toda la GAM y más allá. No fue de esos que uno duda si fue un mareo o el camión del gas; este se sintió clarito, un solo golpe seco y corto que a más de uno le reinició el sistema.
Apenas uno recupera el aliento, los compas del OVSICORI ya están en todas, confirmando lo que el cuerpo ya sabía. Oficialmente, fue un sismo de magnitud 3.6, con epicentro a un poquito más de un kilómetro de Avance de Cartago. Ahora, yo sé que un 3.6 suena a casi nada, a una cosquilla geológica. Pero aquí viene el detalle clave: tuvo una profundidad de apenas 7 kilómetros. Para los que no somos sismólogos, eso se traduce en que fue súper superficial. Por eso se sintió como si un camión sin frenos pasara por debajo de la sala: fue un sacudidón directo a la vena, sin filtros. Un recordatorio de que en este país, el suelo que pisamos tiene más vida que la agenda social de un diputado.
Y claro, lo que sigue es casi un deporte nacional. En menos de lo que canta un yigüirro, las redes sociales explotan. Primero, la oleada de los “¿Tembló?”, seguido por el batallón de los “¡Sí, durísimo en Heredia!” y los inevitables “En chepe no sentí nada, estaba en el baño”. Luego llegan los memes, que ya a estas alturas deben estar circulando por todos los chats de WhatsApp. Es un ritual: el susto, la confirmación en Twitter (nuestro OVSICORI popular) y finalmente, la chota. Diay, es parte del folclor digital tico. Nos reímos para no llorar, o simplemente porque después del susto, no queda más que hacer un chiste sobre el brinco que pegó el gato.
Más allá del vacilón, estos eventos siempre son una llamada de atención. Vivimos sobre un rompecabezas de placas tectónicas que de vez en cuando deciden reacomodarse sin pedir permiso. Porque sí, ¡qué sal que nos toque movernos con la Tierra de vez en cuando!, pero es la realidad con la que crecimos. Nos obliga a pensar en esa famosa mochila de emergencia que, seamos honestos, la mitad del país tiene guardada desde el terremoto de Cinchona y no la ha vuelto a revisar. ¿Todavía servirán esas galletas? ¿El agua no se habrá vencido? Ese chunche que todos tenemos por ahí cogiendo polvo es, en momentos como el de hoy, nuestro recordatorio de que la prevención no es una vara de una sola vez.
Al final, por suerte, todo quedó en un buen susto mañanero, una anécdota para contar y la excusa perfecta para servirse otro cafecito, esta vez “con piquete” para calmar los nervios. Fue un recordatorio de que la naturaleza es impredecible y que, en Costa Rica, hasta la calma del sábado por la mañana puede venir con un poquito de adrenalina. Sirve para mantenernos alertas, para revisar si el chunche de la cocina está bien puesto y, sobre todo, para unirnos en ese sentimiento colectivo de “¡Uff, mae, qué susto!”.
Y a ustedes, maes, ¿dónde los agarró el meneón? ¿Estaban en medio brete, con el pinto en la mesa o todavía roncando? ¡Cuenten el chisme!
Apenas uno recupera el aliento, los compas del OVSICORI ya están en todas, confirmando lo que el cuerpo ya sabía. Oficialmente, fue un sismo de magnitud 3.6, con epicentro a un poquito más de un kilómetro de Avance de Cartago. Ahora, yo sé que un 3.6 suena a casi nada, a una cosquilla geológica. Pero aquí viene el detalle clave: tuvo una profundidad de apenas 7 kilómetros. Para los que no somos sismólogos, eso se traduce en que fue súper superficial. Por eso se sintió como si un camión sin frenos pasara por debajo de la sala: fue un sacudidón directo a la vena, sin filtros. Un recordatorio de que en este país, el suelo que pisamos tiene más vida que la agenda social de un diputado.
Y claro, lo que sigue es casi un deporte nacional. En menos de lo que canta un yigüirro, las redes sociales explotan. Primero, la oleada de los “¿Tembló?”, seguido por el batallón de los “¡Sí, durísimo en Heredia!” y los inevitables “En chepe no sentí nada, estaba en el baño”. Luego llegan los memes, que ya a estas alturas deben estar circulando por todos los chats de WhatsApp. Es un ritual: el susto, la confirmación en Twitter (nuestro OVSICORI popular) y finalmente, la chota. Diay, es parte del folclor digital tico. Nos reímos para no llorar, o simplemente porque después del susto, no queda más que hacer un chiste sobre el brinco que pegó el gato.
Más allá del vacilón, estos eventos siempre son una llamada de atención. Vivimos sobre un rompecabezas de placas tectónicas que de vez en cuando deciden reacomodarse sin pedir permiso. Porque sí, ¡qué sal que nos toque movernos con la Tierra de vez en cuando!, pero es la realidad con la que crecimos. Nos obliga a pensar en esa famosa mochila de emergencia que, seamos honestos, la mitad del país tiene guardada desde el terremoto de Cinchona y no la ha vuelto a revisar. ¿Todavía servirán esas galletas? ¿El agua no se habrá vencido? Ese chunche que todos tenemos por ahí cogiendo polvo es, en momentos como el de hoy, nuestro recordatorio de que la prevención no es una vara de una sola vez.
Al final, por suerte, todo quedó en un buen susto mañanero, una anécdota para contar y la excusa perfecta para servirse otro cafecito, esta vez “con piquete” para calmar los nervios. Fue un recordatorio de que la naturaleza es impredecible y que, en Costa Rica, hasta la calma del sábado por la mañana puede venir con un poquito de adrenalina. Sirve para mantenernos alertas, para revisar si el chunche de la cocina está bien puesto y, sobre todo, para unirnos en ese sentimiento colectivo de “¡Uff, mae, qué susto!”.
Y a ustedes, maes, ¿dónde los agarró el meneón? ¿Estaban en medio brete, con el pinto en la mesa o todavía roncando? ¡Cuenten el chisme!