Mae, hay que empezar diciendo las cosas como son: ocho años. Ocho años es un montón de tiempo. Es casi toda la primaria de un güila. Y ese fue el tiempo que más de 500 estudiantes de Cariari de Pococí tuvieron que esperar, pulseándola en aulas improvisadas y en un campamento que, seamos honestos, era más un parche que una solución. Pero como dicen, no hay mal que dure cien años, y esta vara por fin llegó a su final. La espera terminó y, la verdad, ¡qué chiva lo que lograron! Finalmente, esos estudiantes tienen una escuela de verdad, una que se ve y se siente como un lugar para aprender en el siglo XXI.
Recordemos un toque el despiche anterior. Desde el 2017, la comunidad educativa de Cariari estaba en un limbo. Imagínense lo que es para un carajillo tener que ir a clases en salones provisionales, donde seguro el calor pegaba durísimo y las condiciones no eran las ideales ni para concentrarse ni para sentirse motivado. Esa era la realidad. Una de esas tortas del sistema que se alargan tanto que uno llega a pensar que se les olvidó el proyecto. Era una deuda gigante con la gente de barrios como La Guaria, Las Orquídeas, El Corral y todos los demás que mandan a sus hijos ahí. Diay, por dicha alguien se acordó y le metió el hombro para sacar el brete.
Ahora la vara es otra, y ¡qué nivel de cambio! Estamos hablando de tres edificios de dos pisos, con todo nuevo de paquete. La inversión fue de casi ¢2.900 millones, que se dice rápido, pero se ve en cada rincón. Aulas espaciosas para primaria y preescolar, un comedor equipado como tiene que ser, biblioteca, y aquí es donde la cosa se pone aún mejor: áreas para materias especiales que antes seguro eran un sueño. Laboratorios de robótica y formación tecnológica, talleres de artes industriales y música… ¡qué carga! Esto ya no es solo darles un techo, es darles las herramientas para que compitan y se desarrollen. La infraestructura quedó a cachete, con pasos cubiertos (¡clave para los baldazos de Limón!), tapias, seguridad y todo el chunche.
Y claro, como en todo estreno, no podía faltar la foto y la declaración. El ministro de Educación, Leonardo Sánchez, dijo que el MEP sigue firme en su compromiso de crear espacios adecuados y que esto es una prioridad. Bonitas palabras, y esta vez, por lo menos en Pococí, respaldadas con un brete de verdad que se puede ver y tocar. Porque al final, esto no es solo un edificio; es un cambio de vida para güilas de un montón de barrios que ahora sí van a tener las mismas oportunidades que los de otras zonas del país. Es un mensaje claro de que, aunque a veces dure una eternidad, la inversión en educación es el único camino.
Ver una noticia así, honestamente, le alegra a uno el día. Es una prueba de que cuando se quiere, se puede. Se acabó el calvario para esos 500 estudiantes y sus familias, y empieza una nueva etapa llena de posibilidades. Ojalá este sea el estándar y no la excepción. Ojalá la voluntad que se vio aquí se replique en cada rincón del país que lo necesita. Ahora, la pregunta del millón para el foro: Sabiendo que esta escuela se logró después de casi una década, ¿qué otras comunidades conocen ustedes que están pegadas en una espera similar? ¿Dónde más urge que el MEP se ponga las pilas así?
Recordemos un toque el despiche anterior. Desde el 2017, la comunidad educativa de Cariari estaba en un limbo. Imagínense lo que es para un carajillo tener que ir a clases en salones provisionales, donde seguro el calor pegaba durísimo y las condiciones no eran las ideales ni para concentrarse ni para sentirse motivado. Esa era la realidad. Una de esas tortas del sistema que se alargan tanto que uno llega a pensar que se les olvidó el proyecto. Era una deuda gigante con la gente de barrios como La Guaria, Las Orquídeas, El Corral y todos los demás que mandan a sus hijos ahí. Diay, por dicha alguien se acordó y le metió el hombro para sacar el brete.
Ahora la vara es otra, y ¡qué nivel de cambio! Estamos hablando de tres edificios de dos pisos, con todo nuevo de paquete. La inversión fue de casi ¢2.900 millones, que se dice rápido, pero se ve en cada rincón. Aulas espaciosas para primaria y preescolar, un comedor equipado como tiene que ser, biblioteca, y aquí es donde la cosa se pone aún mejor: áreas para materias especiales que antes seguro eran un sueño. Laboratorios de robótica y formación tecnológica, talleres de artes industriales y música… ¡qué carga! Esto ya no es solo darles un techo, es darles las herramientas para que compitan y se desarrollen. La infraestructura quedó a cachete, con pasos cubiertos (¡clave para los baldazos de Limón!), tapias, seguridad y todo el chunche.
Y claro, como en todo estreno, no podía faltar la foto y la declaración. El ministro de Educación, Leonardo Sánchez, dijo que el MEP sigue firme en su compromiso de crear espacios adecuados y que esto es una prioridad. Bonitas palabras, y esta vez, por lo menos en Pococí, respaldadas con un brete de verdad que se puede ver y tocar. Porque al final, esto no es solo un edificio; es un cambio de vida para güilas de un montón de barrios que ahora sí van a tener las mismas oportunidades que los de otras zonas del país. Es un mensaje claro de que, aunque a veces dure una eternidad, la inversión en educación es el único camino.
Ver una noticia así, honestamente, le alegra a uno el día. Es una prueba de que cuando se quiere, se puede. Se acabó el calvario para esos 500 estudiantes y sus familias, y empieza una nueva etapa llena de posibilidades. Ojalá este sea el estándar y no la excepción. Ojalá la voluntad que se vio aquí se replique en cada rincón del país que lo necesita. Ahora, la pregunta del millón para el foro: Sabiendo que esta escuela se logró después de casi una década, ¿qué otras comunidades conocen ustedes que están pegadas en una espera similar? ¿Dónde más urge que el MEP se ponga las pilas así?