Maes, ¿se acuerdan de la vara del famoso “sueño americano”? Diay, parece que la película se dio vuelta y ahora la están pasando al revés, en una versión de terror y sin subtítulos. Resulta que las Defensorías de Derechos Humanos de aquí, de Colombia y de Panamá, acaban de soltar un informe que deja claro el despiche monumental que se está viviendo en nuestras fronteras. Ya no es solo la gente que intenta subir hacia el norte; ahora tenemos una oleada masiva de migrantes regresando al sur, más quebrados, más golpeados y más desesperados que nunca. Y el camino de vuelta, lejos de ser un alivio, es otro infierno.
Y uno se pregunta, ¿qué carajos pasó para que se armara este caos? La respuesta es una mezcla bien fea de políticas de mano dura y un efecto dominó que nadie quiso ver venir. Según el informe, las nuevas restricciones en el Darién y todo el circo antiinmigrante de la era Trump lograron reducir el flujo sur-norte en un increíble 97%. ¡Un éxito! dirán algunos. Pero ese “éxito” lo que hizo fue crear un tapón humano que reventó hacia el otro lado. Más de 14,000 personas, la mayoría venezolanos, han tenido que devolverse desde México y EE. UU. en lo que va del año. Creyeron que lo peor ya había pasado, pero la realidad es que el juego macabro apenas empezaba de nuevo, y esta vez, en modo experto.
Aquí es donde la vara se pone realmente color de hormiga. El informe es un catálogo de horrores. El Darién, esa selva que se convirtió en sinónimo de muerte y sufrimiento en el viaje de ida, ahora es un filtro infernal también de vuelta. Más del 86% de los que regresan reportan haber sufrido abusos ahí mismo. Hablamos de extorsiones, golpizas, detenciones ilegales y, lo más grave, violencia sexual. Los testimonios son brutales, especialmente en el tramo de Guatemala y México. Como si la vida no les hubiera pegado ya suficiente, el camino de regreso se convierte en una repetición de los traumas. ¡Qué torta! Salir de un infierno para meterse de cabeza en otro, pero con los bolsillos vacíos y la esperanza hecha pedazos. Francamente, hay que estar muy salado.
Y si usted cree que al salir de la selva la pesadilla termina, ¡diay no! Se topan con otro muro: el de la indiferencia y la explotación. El informe denuncia que no hay albergues suficientes, que la atención en salud mental es un chiste y que la xenofobia les respira en la nuca. Y en medio de ese vacío, ¿quiénes hacen su agosto? Las redes de trata de personas, por supuesto. Estos criminales han montado un “negocio” de traslados de vuelta, cobrando unos $260 por llevar a la gente desde Costa Rica hasta Panamá o Colombia. Se aprovechan de la desesperación de gente que queda varada por semanas, tratando de conseguir plata, exponiéndose a todo tipo de abusos. A las Defensorías les queda un brete titánico, porque no solo luchan contra la necesidad, sino contra mafias bien organizadas.
Al final, este informe es una bofetada de realidad. Esta vara, maes, no es un titular de un periódico lejano ni un problema de "otros países". Está pasando aquí, en nuestro patio trasero, y somos parte del corredor de este desastre humanitario. La migración no es un grifo que se cierra y ya; es un río de personas con historias, y cuando se le pone un dique, el agua busca salir por otro lado, inundando y destruyendo todo a su paso. La pregunta que nos deja este informe es incómoda y directa: más allá de señalar a Trump o a los coyotes, ¿qué creen que podemos hacer nosotros, como ticos, desde nuestra esquina? ¿O es que ya nos acostumbramos a ver el despiche y simplemente cambiar de canal?
Y uno se pregunta, ¿qué carajos pasó para que se armara este caos? La respuesta es una mezcla bien fea de políticas de mano dura y un efecto dominó que nadie quiso ver venir. Según el informe, las nuevas restricciones en el Darién y todo el circo antiinmigrante de la era Trump lograron reducir el flujo sur-norte en un increíble 97%. ¡Un éxito! dirán algunos. Pero ese “éxito” lo que hizo fue crear un tapón humano que reventó hacia el otro lado. Más de 14,000 personas, la mayoría venezolanos, han tenido que devolverse desde México y EE. UU. en lo que va del año. Creyeron que lo peor ya había pasado, pero la realidad es que el juego macabro apenas empezaba de nuevo, y esta vez, en modo experto.
Aquí es donde la vara se pone realmente color de hormiga. El informe es un catálogo de horrores. El Darién, esa selva que se convirtió en sinónimo de muerte y sufrimiento en el viaje de ida, ahora es un filtro infernal también de vuelta. Más del 86% de los que regresan reportan haber sufrido abusos ahí mismo. Hablamos de extorsiones, golpizas, detenciones ilegales y, lo más grave, violencia sexual. Los testimonios son brutales, especialmente en el tramo de Guatemala y México. Como si la vida no les hubiera pegado ya suficiente, el camino de regreso se convierte en una repetición de los traumas. ¡Qué torta! Salir de un infierno para meterse de cabeza en otro, pero con los bolsillos vacíos y la esperanza hecha pedazos. Francamente, hay que estar muy salado.
Y si usted cree que al salir de la selva la pesadilla termina, ¡diay no! Se topan con otro muro: el de la indiferencia y la explotación. El informe denuncia que no hay albergues suficientes, que la atención en salud mental es un chiste y que la xenofobia les respira en la nuca. Y en medio de ese vacío, ¿quiénes hacen su agosto? Las redes de trata de personas, por supuesto. Estos criminales han montado un “negocio” de traslados de vuelta, cobrando unos $260 por llevar a la gente desde Costa Rica hasta Panamá o Colombia. Se aprovechan de la desesperación de gente que queda varada por semanas, tratando de conseguir plata, exponiéndose a todo tipo de abusos. A las Defensorías les queda un brete titánico, porque no solo luchan contra la necesidad, sino contra mafias bien organizadas.
Al final, este informe es una bofetada de realidad. Esta vara, maes, no es un titular de un periódico lejano ni un problema de "otros países". Está pasando aquí, en nuestro patio trasero, y somos parte del corredor de este desastre humanitario. La migración no es un grifo que se cierra y ya; es un río de personas con historias, y cuando se le pone un dique, el agua busca salir por otro lado, inundando y destruyendo todo a su paso. La pregunta que nos deja este informe es incómoda y directa: más allá de señalar a Trump o a los coyotes, ¿qué creen que podemos hacer nosotros, como ticos, desde nuestra esquina? ¿O es que ya nos acostumbramos a ver el despiche y simplemente cambiar de canal?