Maes, ¿se acuerdan de la vara con el Darién? Que era un flujo imparable, que las cifras no paraban de subir y que la crisis nos iba a reventar en la cara. Bueno, agárrense, porque parece que la tortilla se viró de una forma salvaje y ahora el problema tiene otro nombre: migración inversa. Y sí, es el despiche que se imaginan. Resulta que las Defensorías del Pueblo de acá, de Panamá y de Colombia, soltaron un bombazo: en lo que va del 2025, más de 14,000 personas han sido devueltas desde México y Estados Unidos. Catorce mil. Lean ese número otra vez. Mientras tanto, el paso por el Darién bajó un 97%. Uno pensaría que es una buena noticia, pero no, esto es solo cambiar un problema por otro que quizás es hasta peor.
Diay, ¿y por qué está pasando esto? El informe que sacaron con ayuda de la ONU lo deja clarísimo. No es que la gente de pronto se arrepintió y dijo “uy, qué ganas de devolverme”. La vara es que casi a la mitad (un 49%) simplemente les fue imposible entrar a Gringolandia, y a otro 46% los rebotaron por los cambios en las políticas migratorias. Básicamente, el Tío Sam cambió las reglas del juego a media partida y dejó a miles varados. A eso súmenle que un 34% se quedó sin un cinco para seguir y, para rematar, un 27% tuvo que devolverse por la violencia que vivieron en el camino. O sea, el sueño americano se les fue al traste antes de poder comprar el tiquete de la lotería.
Y aquí es donde la cosa se pone color de hormiga, porque este viaje de vuelta no es un paseo por el parque. La misión de las Defensorías documentó un catálogo de horrores que parece sacado de una película de terror. Estamos hablando de secuestros, extorsiones y, lo más grave, violencia sexual, especialmente contra mujeres y niñas. Todo el trayecto está controlado por redes de crimen organizado que vieron en la desesperación un negocio redondo. Para que se hagan una idea, estos maes cobran hasta 280 dólares por un "paseíto" en una panga insegura. Es un peaje macabro donde la gente paga con lo poco que tiene, y a veces con su propia integridad, para regresar a un punto de partida que ya habían dejado atrás por la misma desesperación.
¡Qué torta! Porque esto nos deja a nosotros, y a toda la región, en una posición increíblemente complicada. Ya no se trata solo de gestionar el paso de gente hacia el norte, que de por sí era un brete titánico. Ahora tenemos que lidiar con un flujo masivo de personas en sentido contrario: gente sin plata, sin recursos, muchos traumados por la violencia y con los sueños completamente hechos pedazos. Son miles de personas que necesitan ayuda humanitaria urgente, y los sistemas de nuestros países, seamos honestos, apenas si daban abasto con la crisis original. Es un efecto dominó que amenaza con colapsar los ya frágiles servicios de acogida y atención.
Al final, esta vara demuestra que poner muros más altos y políticas más duras no soluciona la raíz del problema. Solo crea nuevas formas de sufrimiento y alimenta a las redes de tráfico de personas. La gente no deja de migrar, simplemente se estrella contra una pared y rebota, generando una nueva crisis en el proceso. La pregunta del millón es qué hacemos ahora. No es un asunto que se arregle con un comunicado de prensa o una reunión bonita. Es una crisis humana que nos está explotando en la cara, de nuevo. Así que, maes, les tiro la bola a ustedes: con este despiche de la migración inversa, ¿cuál creen que es la jugada para Costa Rica? ¿Estamos preparados para esto?
Diay, ¿y por qué está pasando esto? El informe que sacaron con ayuda de la ONU lo deja clarísimo. No es que la gente de pronto se arrepintió y dijo “uy, qué ganas de devolverme”. La vara es que casi a la mitad (un 49%) simplemente les fue imposible entrar a Gringolandia, y a otro 46% los rebotaron por los cambios en las políticas migratorias. Básicamente, el Tío Sam cambió las reglas del juego a media partida y dejó a miles varados. A eso súmenle que un 34% se quedó sin un cinco para seguir y, para rematar, un 27% tuvo que devolverse por la violencia que vivieron en el camino. O sea, el sueño americano se les fue al traste antes de poder comprar el tiquete de la lotería.
Y aquí es donde la cosa se pone color de hormiga, porque este viaje de vuelta no es un paseo por el parque. La misión de las Defensorías documentó un catálogo de horrores que parece sacado de una película de terror. Estamos hablando de secuestros, extorsiones y, lo más grave, violencia sexual, especialmente contra mujeres y niñas. Todo el trayecto está controlado por redes de crimen organizado que vieron en la desesperación un negocio redondo. Para que se hagan una idea, estos maes cobran hasta 280 dólares por un "paseíto" en una panga insegura. Es un peaje macabro donde la gente paga con lo poco que tiene, y a veces con su propia integridad, para regresar a un punto de partida que ya habían dejado atrás por la misma desesperación.
¡Qué torta! Porque esto nos deja a nosotros, y a toda la región, en una posición increíblemente complicada. Ya no se trata solo de gestionar el paso de gente hacia el norte, que de por sí era un brete titánico. Ahora tenemos que lidiar con un flujo masivo de personas en sentido contrario: gente sin plata, sin recursos, muchos traumados por la violencia y con los sueños completamente hechos pedazos. Son miles de personas que necesitan ayuda humanitaria urgente, y los sistemas de nuestros países, seamos honestos, apenas si daban abasto con la crisis original. Es un efecto dominó que amenaza con colapsar los ya frágiles servicios de acogida y atención.
Al final, esta vara demuestra que poner muros más altos y políticas más duras no soluciona la raíz del problema. Solo crea nuevas formas de sufrimiento y alimenta a las redes de tráfico de personas. La gente no deja de migrar, simplemente se estrella contra una pared y rebota, generando una nueva crisis en el proceso. La pregunta del millón es qué hacemos ahora. No es un asunto que se arregle con un comunicado de prensa o una reunión bonita. Es una crisis humana que nos está explotando en la cara, de nuevo. Así que, maes, les tiro la bola a ustedes: con este despiche de la migración inversa, ¿cuál creen que es la jugada para Costa Rica? ¿Estamos preparados para esto?