Maes, en serio, a veces uno se ahoga en un vaso de agua. Nos quejamos porque el internet está lento, porque el bus no pasa o porque se nos acabó el aguacate para la tostada. Y diay, mientras uno está en ese drama del primer mundo, hay gente como doña Josefina Esquivel que, a sus 81 años, está reescribiendo su propia historia con un lápiz y un cuaderno, demostrando que la garra no tiene fecha de vencimiento. La noticia es sencilla pero potentísima: después de toda una vida sin poder leer, decidió que ya era hora y se metió a la escuela nocturna. Así de simple y así de gigante.
Imagínense el nivel de determinación. A una edad en la que la mayoría de la gente ya está pensando en descansar y contar las historias de su vida, doña Josefina decidió que le faltaba un capítulo clave por vivir. Cursa cuarto grado en Alajuelita, dos veces por semana, y según cuenta, está feliz de la vida. ¿La razón? La que mueve montañas: la independencia. Estaba cansada de tener que pedirle a sus nietas que le leyeran cualquier cosa. Su frase es de enmarcar: "¡Nombre! Yo voy a ir a la escuela, tal vez aprenda algo". ¡Qué tuanis la actitud! No es una vara de "voy a ver si puedo", es un "ahí voy, y punto". Y por si fuera poco, le agarró el gusto a los números. La señora es un estuche de monerías.
Pero para entender por qué esto es tan increíble, hay que echar el cassette para atrás. La vida de doña Josefina no fue un paseo por el parque. Creció en la zona sur, en medio de la nada, donde la escuela más cercana estaba a horas de camino y con peligros de verdad, no de los que uno se inventa. Habla de tigres y otros animales. Mientras los chiquillos de ahora tienen que esquivar carros para ir a la escuela, ella tenía que pensar en no convertirse en el almuerzo de un felino. Desde los ocho años, su brete era vender verduras en Golfito para ayudar en la casa, mientras su papá, digamos que, tenía otras prioridades. Su infancia, como ella misma dice, fue "trágica".
Y aquí es donde la historia pega más fuerte. Esa niña que nunca tuvo la oportunidad, que creció trabajando la tierra y caminando por un Golfito que conocía casa por casa, guardó ese anhelo por décadas. Vio a sus propios hijos estudiar, apoyados por su esposo, y ella, calladita, esperando su momento. Y su momento llegó hace cuatro años. No la mandó nadie, no fue por obligación. Fue porque le dio la gana. Porque esa espinita de las letras seguía ahí, y decidió que ya era hora de sacársela. Su mensaje a los jóvenes es una cachetada de realidad: "Estudien todo lo que puedan ahora que tienen la oportunidad... nada más es tener ganas". Y tiene toda la razón del mundo.
Al final, la vara con doña Josefina es que nos recuerda algo fundamental que a menudo olvidamos: las ganas lo son todo. No importa la edad, ni las excusas, ni el pasado difícil. Cuando la voluntad es de acero, no hay "peros" que valgan. Ella no solo está aprendiendo a juntar sílabas; nos está enseñando sobre resiliencia, sobre sueños postergados y sobre el poder de una decisión. Doña Josefina es una carga, un ejemplo viviente de que el único tiempo perdido es el que se gasta pensando en que ya es muy tarde. ¡Qué nivel de señora!
Maes, y ahora les pregunto a ustedes: Más allá de lo tuanis de la historia, ¿qué otras figuras así, sin tanta bulla pero con una garra increíble, conocen ustedes en sus comunidades? Esas personas que son un ejemplo andante y que merecen que les echemos flores.
Imagínense el nivel de determinación. A una edad en la que la mayoría de la gente ya está pensando en descansar y contar las historias de su vida, doña Josefina decidió que le faltaba un capítulo clave por vivir. Cursa cuarto grado en Alajuelita, dos veces por semana, y según cuenta, está feliz de la vida. ¿La razón? La que mueve montañas: la independencia. Estaba cansada de tener que pedirle a sus nietas que le leyeran cualquier cosa. Su frase es de enmarcar: "¡Nombre! Yo voy a ir a la escuela, tal vez aprenda algo". ¡Qué tuanis la actitud! No es una vara de "voy a ver si puedo", es un "ahí voy, y punto". Y por si fuera poco, le agarró el gusto a los números. La señora es un estuche de monerías.
Pero para entender por qué esto es tan increíble, hay que echar el cassette para atrás. La vida de doña Josefina no fue un paseo por el parque. Creció en la zona sur, en medio de la nada, donde la escuela más cercana estaba a horas de camino y con peligros de verdad, no de los que uno se inventa. Habla de tigres y otros animales. Mientras los chiquillos de ahora tienen que esquivar carros para ir a la escuela, ella tenía que pensar en no convertirse en el almuerzo de un felino. Desde los ocho años, su brete era vender verduras en Golfito para ayudar en la casa, mientras su papá, digamos que, tenía otras prioridades. Su infancia, como ella misma dice, fue "trágica".
Y aquí es donde la historia pega más fuerte. Esa niña que nunca tuvo la oportunidad, que creció trabajando la tierra y caminando por un Golfito que conocía casa por casa, guardó ese anhelo por décadas. Vio a sus propios hijos estudiar, apoyados por su esposo, y ella, calladita, esperando su momento. Y su momento llegó hace cuatro años. No la mandó nadie, no fue por obligación. Fue porque le dio la gana. Porque esa espinita de las letras seguía ahí, y decidió que ya era hora de sacársela. Su mensaje a los jóvenes es una cachetada de realidad: "Estudien todo lo que puedan ahora que tienen la oportunidad... nada más es tener ganas". Y tiene toda la razón del mundo.
Al final, la vara con doña Josefina es que nos recuerda algo fundamental que a menudo olvidamos: las ganas lo son todo. No importa la edad, ni las excusas, ni el pasado difícil. Cuando la voluntad es de acero, no hay "peros" que valgan. Ella no solo está aprendiendo a juntar sílabas; nos está enseñando sobre resiliencia, sobre sueños postergados y sobre el poder de una decisión. Doña Josefina es una carga, un ejemplo viviente de que el único tiempo perdido es el que se gasta pensando en que ya es muy tarde. ¡Qué nivel de señora!
Maes, y ahora les pregunto a ustedes: Más allá de lo tuanis de la historia, ¿qué otras figuras así, sin tanta bulla pero con una garra increíble, conocen ustedes en sus comunidades? Esas personas que son un ejemplo andante y que merecen que les echemos flores.