Mae, qué despiche se armó anoche en La Fortuna de Bagaces. A veces uno piensa que en los pueblos de Guana la vara es más tranquila, que la gente vive a otro ritmo, pero vieras que no. La crónica de sucesos de ayer parece sacada de un guion de película de acción, y de las malas. Cuatro tipos decidieron que era una excelente idea llegar en dos motos a asaltar un supermercado, así, a plena luz del día, como si estuvieran pidiendo un gallo pinto. La cuestión es que esta vez, el plan no les salió tan a cachete como pensaban.
Imagínense la escena: son las seis de la tarde, la gente está haciendo las compras para el fin de semana, y de la nada se meten estos maes con armas de fuego a sembrar el pánico. Se llevaron un montón de plata, guaro y cigarros, el kit básico del ladrón sin mucha imaginación. Pero aquí es donde la historia da un giro. Apenas salieron del local, se toparon de frente con una patrulla de la Fuerza Pública. Diay, como dicen por ahí: ¡qué sal! Se armó un corre que te pillo con balacera incluida. Los sospechosos, al verse acorralados, tiraron las motos y se metieron a puro charral a ver si la pegaban.
Hay que decirlo, la Fuerza Pública se puso las pilas. No es cualquier cosa meterse a un matorral a oscuras a perseguir a gente armada. Al final del brete, lograron echarle el guante a dos de los presuntos asaltantes, unos fulanos apellidados Alvarado y López. Les decomisaron parte de lo robado y hasta una de las armas, así que el plan se les fue al traste por completo. Los otros dos parece que se esfumaron, pero con el OIJ ya encima de la investigación, ojalá no tarden en caer. No hay nada más frustrante que estos casos queden a medias.
Pero la vara no termina ahí, y esta es la parte que de verdad pone a pensar. Mientras la policía hacía su trabajo, un grupo de vecinos, hartos de la situación, decidió tomar la justicia por sus propias manos. ¿Y qué hicieron? Le prendieron fuego a las dos motocicletas que los asaltantes abandonaron. Las convirtieron en una fogata de la indignación en media calle. Es una imagen potentísima: por un lado, demuestra que la gente está hasta la coronilla de la delincuencia; por otro, nos pone a cuestionar hasta qué punto es correcto responder con más violencia. Es un síntoma claro de que la paciencia se está acabando.
Al final, este despiche en Bagaces nos deja con un sabor amargo. Es la crónica de un asalto más, sí, pero también es el reflejo de una comunidad que ya no está dispuesta a quedarse de brazos cruzados. La captura de dos sospechosos es una buena noticia, pero el hecho de que la gente sienta la necesidad de quemar la evidencia en la calle es una alerta roja. ¿Estamos viendo casos aislados de frustración o es el inicio de una tendencia más peligrosa en las zonas rurales? ¿Ustedes qué piensan, maes? ¿Se justifica la reacción de los vecinos o se pasaron de la raya?
Imagínense la escena: son las seis de la tarde, la gente está haciendo las compras para el fin de semana, y de la nada se meten estos maes con armas de fuego a sembrar el pánico. Se llevaron un montón de plata, guaro y cigarros, el kit básico del ladrón sin mucha imaginación. Pero aquí es donde la historia da un giro. Apenas salieron del local, se toparon de frente con una patrulla de la Fuerza Pública. Diay, como dicen por ahí: ¡qué sal! Se armó un corre que te pillo con balacera incluida. Los sospechosos, al verse acorralados, tiraron las motos y se metieron a puro charral a ver si la pegaban.
Hay que decirlo, la Fuerza Pública se puso las pilas. No es cualquier cosa meterse a un matorral a oscuras a perseguir a gente armada. Al final del brete, lograron echarle el guante a dos de los presuntos asaltantes, unos fulanos apellidados Alvarado y López. Les decomisaron parte de lo robado y hasta una de las armas, así que el plan se les fue al traste por completo. Los otros dos parece que se esfumaron, pero con el OIJ ya encima de la investigación, ojalá no tarden en caer. No hay nada más frustrante que estos casos queden a medias.
Pero la vara no termina ahí, y esta es la parte que de verdad pone a pensar. Mientras la policía hacía su trabajo, un grupo de vecinos, hartos de la situación, decidió tomar la justicia por sus propias manos. ¿Y qué hicieron? Le prendieron fuego a las dos motocicletas que los asaltantes abandonaron. Las convirtieron en una fogata de la indignación en media calle. Es una imagen potentísima: por un lado, demuestra que la gente está hasta la coronilla de la delincuencia; por otro, nos pone a cuestionar hasta qué punto es correcto responder con más violencia. Es un síntoma claro de que la paciencia se está acabando.
Al final, este despiche en Bagaces nos deja con un sabor amargo. Es la crónica de un asalto más, sí, pero también es el reflejo de una comunidad que ya no está dispuesta a quedarse de brazos cruzados. La captura de dos sospechosos es una buena noticia, pero el hecho de que la gente sienta la necesidad de quemar la evidencia en la calle es una alerta roja. ¿Estamos viendo casos aislados de frustración o es el inicio de una tendencia más peligrosa en las zonas rurales? ¿Ustedes qué piensan, maes? ¿Se justifica la reacción de los vecinos o se pasaron de la raya?