Diay, maes, seamos honestos. Cada vez que anuncian el Simulacro Nacional, a uno se le viene a la mente la imagen de la oficina entera saliendo a medio gas, esperando a que suene la alarma para jalar a tomarse un cafecito. Pero este año, la vara fue diferente. Viendo los números y las imágenes, parece que por fin nos estamos tomando en serio que vivimos en un país donde la tierra tiembla, los volcanes se enojan y los ríos se crecen. Ver que más de 1.4 millones de personas se movilizaron es, sin paja, algo impresionante. ¡Qué nivel de organización y de consciencia!
Lo que me pareció más tuanis de esta sétima edición es que la CNE y toda la gente del Sistema Nacional de Gestión del Riesgo se salieron del molde. No fue el típico simulacro de "suena la alarma de terremoto, salgan en filita y ya". ¡Para nada! Esta vez el brete fue multiplicar las amenazas. Mae, hubo evacuaciones por erupción en el Poás con todo y turistas (esas fotos están a cachete), por tsunami en Puerto Jiménez, por inundación en Cañas y hasta por incendios forestales en Nicoya. Es un recordatorio de que aquí el peligro no viene de un solo lado; estamos expuestos a un menú completo de desastres y más vale saber cómo reaccionar a cada uno.
Y aquí es donde la cosa se pone todavía más interesante: el papel de los güilas. Más de medio millón de estudiantes de escuelas y coles participaron, y las autoridades del MEP y la CNE se fueron a ver la evacuación al Liceo María Auxiliadora. El ministro de Educación, Leonardo Sánchez, dijo una frase que me quedó sonando: "Los centros educativos, luego del hogar deben ser el segundo espacio seguro de los estudiantes". Y tiene toda la razón. Si esta cultura de prevención se siembra desde chiquititos, hay más chance de que de adultos no seamos los típicos necios que se quedan grabando el río crecido en lugar de ponerse a salvo.
Pero ojo, que la movida en educación no se queda solo en simulacros. Echando un ojo a las noticias del MEP, se nota que andan en varias varas. Mientras unos se preparaban para un deslave, en otras escuelas andaban sembrando árboles para embellecer la institución. En Palmares, el mismo Ministro, que fue exalumno, llegó a celebrar los 30 años del Nocturno. Y para que vean que no todo es prepararse para que el mundo se caiga, también están implementando proyectos de robótica para güilas con alto potencial y hasta graduando a carajillos de coles técnicos en inglés. Son pequeñas noticias que, sumadas, pintan un panorama de un sistema que, con todo y sus broncas, se está moviendo.
Al final, entre el simulacro masivo y los proyectos más pequeños, queda una sensación positiva. Parece que como país estamos entendiendo que "estar preparados" no es solo un eslogan bonito, sino una necesidad real. Desde el chiquito que aprende a evacuar su aula hasta el estudiante de CTP que se gradúa bilingüe, todo suma. La pregunta del millón, claro, es si este impulso se mantiene. Si esta consciencia que vimos en el simulacro se traduce en planes familiares reales, en mochilas de emergencia que no estén vacías y en una cultura que vaya más allá del evento de un día.
Ustedes qué dicen, maes, ¿creen que esta vez sí nos la creímos de verdad o en un mes ya se nos olvidó todo y volvemos al "ahí vemos qué hacemos"? ¡Los leo en los comentarios!
Lo que me pareció más tuanis de esta sétima edición es que la CNE y toda la gente del Sistema Nacional de Gestión del Riesgo se salieron del molde. No fue el típico simulacro de "suena la alarma de terremoto, salgan en filita y ya". ¡Para nada! Esta vez el brete fue multiplicar las amenazas. Mae, hubo evacuaciones por erupción en el Poás con todo y turistas (esas fotos están a cachete), por tsunami en Puerto Jiménez, por inundación en Cañas y hasta por incendios forestales en Nicoya. Es un recordatorio de que aquí el peligro no viene de un solo lado; estamos expuestos a un menú completo de desastres y más vale saber cómo reaccionar a cada uno.
Y aquí es donde la cosa se pone todavía más interesante: el papel de los güilas. Más de medio millón de estudiantes de escuelas y coles participaron, y las autoridades del MEP y la CNE se fueron a ver la evacuación al Liceo María Auxiliadora. El ministro de Educación, Leonardo Sánchez, dijo una frase que me quedó sonando: "Los centros educativos, luego del hogar deben ser el segundo espacio seguro de los estudiantes". Y tiene toda la razón. Si esta cultura de prevención se siembra desde chiquititos, hay más chance de que de adultos no seamos los típicos necios que se quedan grabando el río crecido en lugar de ponerse a salvo.
Pero ojo, que la movida en educación no se queda solo en simulacros. Echando un ojo a las noticias del MEP, se nota que andan en varias varas. Mientras unos se preparaban para un deslave, en otras escuelas andaban sembrando árboles para embellecer la institución. En Palmares, el mismo Ministro, que fue exalumno, llegó a celebrar los 30 años del Nocturno. Y para que vean que no todo es prepararse para que el mundo se caiga, también están implementando proyectos de robótica para güilas con alto potencial y hasta graduando a carajillos de coles técnicos en inglés. Son pequeñas noticias que, sumadas, pintan un panorama de un sistema que, con todo y sus broncas, se está moviendo.
Al final, entre el simulacro masivo y los proyectos más pequeños, queda una sensación positiva. Parece que como país estamos entendiendo que "estar preparados" no es solo un eslogan bonito, sino una necesidad real. Desde el chiquito que aprende a evacuar su aula hasta el estudiante de CTP que se gradúa bilingüe, todo suma. La pregunta del millón, claro, es si este impulso se mantiene. Si esta consciencia que vimos en el simulacro se traduce en planes familiares reales, en mochilas de emergencia que no estén vacías y en una cultura que vaya más allá del evento de un día.
Ustedes qué dicen, maes, ¿creen que esta vez sí nos la creímos de verdad o en un mes ya se nos olvidó todo y volvemos al "ahí vemos qué hacemos"? ¡Los leo en los comentarios!