Diay, maes, seamos honestos. ¿A quién no le ha pasado? Vas saliendo para el brete, medio dormido, y te topás un mapache revisando la basura del vecino con una agilidad que ya quisiera el mejor ladrón de Talamanca. O peor, te despiertan en la madrugada los pizotes haciendo un escándalo en el techo. Al principio era hasta vacilón, una historia para contar en el almuerzo, pero la vara es que esto ya dejó de ser una anécdota para convertirse en un problema serio, uno que se nos está saliendo de las manos y que podría terminar en un verdadero despiche sanitario.
Y no es pura hablada mía. Me puse a investigar el tema y conversé con Mario Baldi, un veterinario que la sabe toda en enfermedades tropicales allá en la UNA. El mae me confirmó lo que ya todos sospechamos: la llegada de fauna silvestre a las ciudades no es una moda, es una tendencia que lleva más de 15 años creciendo sin parar. Ya no hablamos solo de zarigüeyas (los famosos "zorros pelones"), sino de coyotes campantes por Escazú y hasta venados dándose una vuelta por zonas residenciales. El problema es que estos nuevos vecinos no vienen solos; traen consigo el riesgo de enfermedades que se pueden pasar a nuestras mascotas o, peor aún, a nosotros.
Aquí es donde la historia da un giro inesperado. Uno pensaría que la culpa es nuestra, que estamos invadiendo su hábitat con tanto condominio y centro comercial. Pero según Baldi, la realidad es más compleja. Resulta que en los últimos 30 años, el país se ha puesto las pilas y la cobertura boscosa ha aumentado un 25%. ¡Un éxito, en teoría! El problema es que mientras el bosque crecía por un lado, nuestras ciudades crecieron hacia adentro, creando un ecosistema urbano súper denso. No es que los estemos echando, es que hemos creado un paraíso para ellos: un bufé libre de basura, sin depredadores y con miles de escondites en cielos rasos y lotes baldíos.
Claro, no todos los animales son iguales. Hay especies que no aguantan el trote de la ciudad y se van para el monte. Pero hay otros, como los mapaches y los pizotes, que son unos cargas para la adaptación. Estos bichos son los "generalistas", los que comen casi cualquier chunche, aprenden rápido y no le hacen asco a nada. Se dieron cuenta de que es más fácil abrir una bolsa de basura que cazar en el bosque. Esta habilidad impresionante es la que aumenta el contacto con los humanos y, por ende, el riesgo. Porque un mapache puede parecer muy tierno, pero también puede ser portador de parásitos o enfermedades como la rabia. Y nadie quiere jalarse una torta de esas por querer tomarle una foto bonita para Instagram.
Entonces, ¿qué hacemos? ¿Sacamos los rifles? ¡Jamás! La solución, según el experto, es mucho más simple y lógica: dejar de ser tan alcahuetas. Hay que meternos en la jupa que no son mascotas, son animales salvajes. La regla de oro es no alimentarlos. ¡Nunca! Ni las sobras, ni comida para el perro, nada. Segundo, a asegurar el chante. Tapar huecos en los techos, no dejar comida de mascotas afuera y, por el amor de un Cristo, ponerle un buen seguro o hasta un candado a los basureros. Se trata de hacerles la vida en la ciudad menos atractiva, de que el "restaurante" urbano cierre sus puertas. Es nuestra responsabilidad entender que ellos ya son parte de la dinámica de la ciudad, y aprender a convivir sin ponernos en riesgo.
Pero bueno, esa es la teoría. Ahora les pregunto a ustedes, maes del foro: ¿Les ha tocado lidiar con estos nuevos vecinos? ¿Tienen alguna historia de terror con un mapache ladrón o un pizote destructor? ¿Creen que esto es algo que cada uno debe resolver en su casa o las municipalidades deberían tomar cartas en el asunto? ¡Suéltenlo todo en los comentarios!
Y no es pura hablada mía. Me puse a investigar el tema y conversé con Mario Baldi, un veterinario que la sabe toda en enfermedades tropicales allá en la UNA. El mae me confirmó lo que ya todos sospechamos: la llegada de fauna silvestre a las ciudades no es una moda, es una tendencia que lleva más de 15 años creciendo sin parar. Ya no hablamos solo de zarigüeyas (los famosos "zorros pelones"), sino de coyotes campantes por Escazú y hasta venados dándose una vuelta por zonas residenciales. El problema es que estos nuevos vecinos no vienen solos; traen consigo el riesgo de enfermedades que se pueden pasar a nuestras mascotas o, peor aún, a nosotros.
Aquí es donde la historia da un giro inesperado. Uno pensaría que la culpa es nuestra, que estamos invadiendo su hábitat con tanto condominio y centro comercial. Pero según Baldi, la realidad es más compleja. Resulta que en los últimos 30 años, el país se ha puesto las pilas y la cobertura boscosa ha aumentado un 25%. ¡Un éxito, en teoría! El problema es que mientras el bosque crecía por un lado, nuestras ciudades crecieron hacia adentro, creando un ecosistema urbano súper denso. No es que los estemos echando, es que hemos creado un paraíso para ellos: un bufé libre de basura, sin depredadores y con miles de escondites en cielos rasos y lotes baldíos.
Claro, no todos los animales son iguales. Hay especies que no aguantan el trote de la ciudad y se van para el monte. Pero hay otros, como los mapaches y los pizotes, que son unos cargas para la adaptación. Estos bichos son los "generalistas", los que comen casi cualquier chunche, aprenden rápido y no le hacen asco a nada. Se dieron cuenta de que es más fácil abrir una bolsa de basura que cazar en el bosque. Esta habilidad impresionante es la que aumenta el contacto con los humanos y, por ende, el riesgo. Porque un mapache puede parecer muy tierno, pero también puede ser portador de parásitos o enfermedades como la rabia. Y nadie quiere jalarse una torta de esas por querer tomarle una foto bonita para Instagram.
Entonces, ¿qué hacemos? ¿Sacamos los rifles? ¡Jamás! La solución, según el experto, es mucho más simple y lógica: dejar de ser tan alcahuetas. Hay que meternos en la jupa que no son mascotas, son animales salvajes. La regla de oro es no alimentarlos. ¡Nunca! Ni las sobras, ni comida para el perro, nada. Segundo, a asegurar el chante. Tapar huecos en los techos, no dejar comida de mascotas afuera y, por el amor de un Cristo, ponerle un buen seguro o hasta un candado a los basureros. Se trata de hacerles la vida en la ciudad menos atractiva, de que el "restaurante" urbano cierre sus puertas. Es nuestra responsabilidad entender que ellos ya son parte de la dinámica de la ciudad, y aprender a convivir sin ponernos en riesgo.
Pero bueno, esa es la teoría. Ahora les pregunto a ustedes, maes del foro: ¿Les ha tocado lidiar con estos nuevos vecinos? ¿Tienen alguna historia de terror con un mapache ladrón o un pizote destructor? ¿Creen que esto es algo que cada uno debe resolver en su casa o las municipalidades deberían tomar cartas en el asunto? ¡Suéltenlo todo en los comentarios!